Trump apela a fundamentalistas y fascistas

por Patrick Martin
20 octubre 2017

La aparición del presidente Donald Trump en la ultraderechista Cumbre de Votantes de Valores el pasado viernes fue otro paso en su esfuerzo por crear un movimiento fascista fuera de las estructuras políticas existentes, dirigido tanto contra el establishment de los republicanos como de los demócratas.

Fue la tercera aparición de Trump en la asamblea anual de extremistas fundamentalistas cristianos en Washington, organizada por Tony Perkins y su Consejo de Investigación Familiar. En 2015 y 2016 Trump apareció como candidato a la designación presidencial republicana y luego como el designado. En 2017 se convirtió en el primer presidente en funciones en dirigirse al grupo, cuyas opiniones son tan extremas que incluso George W. Bush se mantuvo al margen y envió a sustitutos.

Trump no lee la Biblia (o cualquier otro libro) y sus tres matrimonios y afición por el alarde vulgar de sus hazañas sexuales lo convertirían en otras circunstancias en persona non grata ante los censores moralizadores del Consejo de Investigación Familiar y sus pensadores. Sería una figura incongruente, incluso absurda, en una convención de fundamentalistas cristianos si su propósito no fuera tan reaccionario y peligroso.

Los redactores de discursos de la Casa Blanca le dieron comentarios preparados que halagaron a la audiencia cristiana de ultraderecha y buscaron movilizarla detrás de una agenda totalmente secular de recortes de impuestos para los ricos, eliminación de regulaciones a negocios, destrucción de beneficios sociales y guerra imperialista.

Trump escupió sobre las tradiciones genuinas de libertad de religión —y de la religión— que están ligadas al ejemplo liberador de la Revolución de Estados Unidos, a favor de una presentación completamente falsa de los Padres Fundadores como fanáticos religiosos, puritanos morales y chovinistas nacionales.

“Estados Unidos es una nación de creyentes”, declaró, aunque una reciente encuesta de Pew descubrió que los ateos y los no religiosos son la sección de la población que más crece, particularmente entre la generación más joven.

El presidente agregó luego, “Esta es la herencia de Estados Unidos, un país que nunca olvida que todos somos —todos, cada uno de nosotros— creados por el mismo Dios en el Cielo”. En realidad, la Primera Enmienda a la Constitución de EE.UU. prohíbe el establecimiento de cualquier religión, hace que el gobierno sea oficialmente neutral sobre la cuestión de la existencia de un creador, y ni que hablar de los mitos de creación específicos postulados por los diversos tipos de cristianismo.

Trump rindió tributo a la “libertad religiosa”, interpretada por los fundamentalistas no como la libertad de adorar como uno elige, sino como la libertad de imponer los preceptos religiosos propios a los demás en forma de discriminación contra los gays, lesbianas y otros cuya orientación sexual o estructura familiar se considere en violación de los mandamientos bíblicos. Los asistentes a la reunión tratan a las restricciones a dichas formas de discriminación como ataques a su fe religiosa.

El corazón del discurso de Trump fue alardear que su gobierno estaba dando marcha atrás al progreso social logrado desde la década de 1950—mayor libertad sexual, igualdad de derechos para las mujeres, la erosión del fanatismo basado en la raza, etnia, lenguaje u orientación sexual. “Los Fundadores de Estados Unidos invocaron a nuestro Creador cuatro veces en la Declaración de Independencia —cuatro veces”, dijo. “Cómo han cambiado los tiempos. Pero saben qué, ahora están cambiando de nuevo. Solo recuerden eso”. El público le dio una ovación de pie.

Trump se jactó de mantener sus promesas de la campaña electoral a los grupos fundamentalistas, sobre todo con el nombramiento de Neil Gorsuch para reemplazar al archirreaccionario Antonin Scalia en la Suprema Corte de Justicia, así como con órdenes ejecutivas que socavan los derechos al aborto y el acceso a anticonceptivos para las mujeres.

También se elogió a sí mismo por promover una atmósfera de religiosidad pública a través de trivialidades como decir “Feliz Navidad” en lugar de “Felices Fiestas”. Describió tales acciones como “parar los ataques a los valores judeocristianos”, aunque la parte “judío” es una farsa. Trump tiene estrechas asociaciones con antisemitas como su ex consejero político principal, Stephen Bannon, ahora de vuelta en su posición como presidente ejecutivo de Breitbart News.

Trump guardó silencio sobre su apoyo a los supremacistas blancos que se sublevaron en Charlottesville, Virginia, hace dos meses, donde se movilizaron en defensa de los monumentos de guerra confederados. Luego de que los neo-nazis marcharon con antorchas cantando “Los judíos no nos reemplazarán”, y mataron a una manifestante antifascista, Trump declaró que había “muchas personas buenas” en las filas de los racistas.

El sábado Bannon siguió a Trump al podio del orador en la Cumbre de Votantes de Valores, donde su contribución a los “valores” cristianos fue un llamamiento apenas velado a destituir —por cualquier medio necesario— al líder de la mayoría republicana del Senado, Mitch McConnell. Describió a McConnell como el Julio César de Capitol Hill y dijo que los republicanos del Senado estaban en ebullición porque “Solo esperan saber quién será Bruto para vuestro Julio César”.

Un orador público que hiciera semejante comparación en relación al presidente Trump sería visitado por el Servicio Secreto y probablemente encerrado. Evidentemente, no se toma tan en serio la sugerencia de que el líder de la mayoría del Senado debería ser eliminado. Los buenos cristianos en la Cumbre de Votantes de Valores tampoco objetaron la sugerencia, que difícilmente era una persuasión de “poner la otra mejilla”.

Bannon también denunció a otro senador republicano, Bob Corker, de Tennessee, por sugerir que Trump no es apto para el cargo y podría llevar al país a la III Guerra Mundial. “Bob Corker destrozó al comandante en jefe de nuestras fuerzas armadas mientras tenemos hombres y mujeres jóvenes en peligro, ¿verdad?”, declaró Bannon, afirmando que esta era “la primera vez en la historia de nuestra república” que un senador “ridiculiza y se burla de un comandante en jefe cuando tenemos chicos en el campo”.

El ex consejero político de la Casa Blanca aparentemente ignora los ataques públicos a Truman, Johnson, Nixon, George W. Bush y Obama, limitando esto a la historia moderna. Todos estos presidentes fueron criticados y denunciados, merecidamente, mientras dirigían intervenciones militares extranjeras.

Bannon sugirió que cualquier senador republicano que no condene públicamente los comentarios de Corker podría enfrentar un desafío de elecciones primarias. “Ahora es una temporada de guerra contra el establishment del Partido Republicano”, dijo a la conferencia fundamentalista.

Existe una aparente división del trabajo entre Trump y su ex asesor político principal, quien dejó la Casa Blanca hace menos de dos meses. Bannon está acorralando abiertamente a los grupos de racistas, neofascistas y fundamentalistas cristianos detrás de un programa de nacionalismo y militarismo extremo, amenazando con presentar candidatos contra los derechistas republicanos “mainstream”, incluso si eso daña las perspectivas del partido de mantener el control del Congreso en las elecciones de 2018.

Mientras Bannon apunta abiertamente a McConnell, Trump combina el vilipendio ocasional, a menudo por Twitter, con el halago público, como el lunes, después de una reunión de almuerzo a puertas cerradas, cuando los dos aparecieron uno al lado del otro en las escaleras de la Casa Blanca.