La temporada electoral comienza en México

Segunda parte: la bancarrota política del tercer intento de Andrés Manuel López Obrador

por Don Knowland
24 febrero 2018

Esta es la segunda parte de esta serie; la primera parte salió este jueves .

Respondiendo al repudio general contra las candidaturas del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y del Partido de Acción Nacional (PAN), dirigentes ligados a los grupos de poder mexicanos ahora atacan Andrés Manuel López Obrador (AMLO), candidato presidencial del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA). Lo pintan el exalcalde de la ciudad de México como una amenaza izquierdista a la estabilidad de la nación.

Dice Ricardo Anaya Cortés, candidato del PAN, “estamos de acuerdo que necesitamos un cambio de régimen, y no un reemplazamiento de autocracias. Que sea claro: Ni a través de la continuidad del PRI ni a través de la restauración autoritaria, concentrador de poder, unipersonal y caudillista que representa a Morena”.

Andrés Manuel López Obrador (Crédito: El Heraldo de San Luis Potosí)

Anaya alude solapadamente que hubo momentos en que López Obrador manifestó admiración hacia Hugo Chávez y Fidel Castro, sugiriendo que AMLO se convertirá en un “caudillo” autocrático y que administrará a México mal, tal como Chávez lo hizo con Venezuela.

López Obrador rechaza esa propaganda tan borrada por el uso e insiste que a él no lucha ni por dinero ni por el poder: “lucho por ideales; lucho por principios; aunque parezca raro”, declara.

Dirigentes tales como Javier Lozano, quien hasta hace poco había sido testaferro del PAN y que ahora coordina el mensaje de Meade (candidato del PRI), alegan que Rusia se entromete en las elecciones a través del Internet para favorecer a AMLO. Estos ataques son tan endebles que Eduardo Sánchez, portavoz del presidente, tuvo que admitir que no tenían fundamento. Para nada detiene eso a Lozano, quien argumenta que la mera acusación de intervención rusa hará que Estados Unidos se fije más en México, como consecuencia de la histeria antirrusa que existe en EUA.

En diciembre, H. R. McMaster, consejero de seguridad nacional estadounidense también sugirió que Rusia había iniciado un proyecto para “ejercer influencia sobre las elecciones presidenciales mexicanas del 2018 y crear divisiones”. Enrique Ochoa Reza, presidente del PRI también menciona, sin evidencia alguna, de “intereses rusos y venezolanos” que apoyan la campaña de López Obrador.

John F. Kelly, el jefe de gabinete de la Casa Blanca, cuando todavía era secretario de Seguridad Interna para EUA, anunció que “un presidente izquierdista en México… no será bueno ni para Estados Unidos ni para México”.

A pesar de esas calumnias, dado el historial del PRI, PAN y PRD no sorprende a nadie que López Obrador, que como candidato del PRD en 2006 perdió el balotaje presidencial a causa de un tremendo fraude, ha mantenido una ventaja consistente en las encuestas, a veces de dos dígitos y registrándose tan alto como 38 por ciento.

Si gana AMLO, aumentaría la probabilidad de una intervención del imperialismo yanqui en los asuntos mexicanos; aunque en verdad este candidato no representa ningún peligro al orden capitalista en México. Al igual que Bernie Sanders, López es un político burgués al frente de un partido burgués. De ser necesario, la clase de poder mexicana lo usará para frenar la revolución, a la manera del gobierno de Syriza en Grecia.

Componen la coalición electoral de AMLO, apodada “Juntos haremos historia”, MORENA, El Partido de Trabajo (PT) y el Partido Encuentro Social (PES). Este último es un partido de derecha, compuesto mayormente de cristianos evangélicos, que rechaza los derechos de los homosexuales, el matrimonio homosexual, y el derecho al aborto.

El programa de la coalición se basa en un anémico reformismo nacionalista, que no pasa de demagogia populista.

Por ejemplo, López Obrador hace promesa insincera de dar marcha atrás a las reformas energéticas del presidente Peña Nieto; construir más refinerías, dejar de importar gasolina, y proveer energía a bajo costo.

Propone una zona libre de veinte kilómetros a lo largo de los tres mil kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos, zona que incluiría todas las ciudades fronterizas de México, Como Tijuana y Ciudad Juárez. Se trata de estimular el crecimiento económico en esa región. Ese proyecto consiste de rebajas de impuestos, gasolina menos costosa, e incentivos de empleos.

Se cancelaría el impuesto al valor adquirido (IVA) de entre once y dieciséis por ciento que ahora existe en esa zona.

Ni AMLO ni el programa de MORENA hacen referencias al imperialismo, a pesar de más de cien años de opresión yanqui.

En cambio, MORENA intenta negociar mejores condiciones entre las empresas mexicanas y los capitales estadounidenses. En esto continúa las tradiciones de la burguesía mexicana anteriores a 1980. AMLO hace hincapié en que las fábricas más grandes de México son de capitales de EUA que exportan mercadería y ganancias a Estados Unidos, creando pocos empleos y pagando pocos impuestos en México. El programa oficial de MORENA propone “desarrollo comunitario” en asociación con empresas norteamericanas y más competencia interna y externa.

Por lo general, a pesar que el programa de MORENA proyecta que el estado fomente la economía nacional, AMLO insiste que el desarrollo económico de México no requerirá aumentar los impuestos que pagan los ricos, mediante el rescate de los fondos que la corrupción se ha llevado y “actuando con austeridad” (léase: sin significativos gastos sociales o de infraestructura). AMLO dice que el país “no debe estar endeudado”. En fin, de punta a punta, se trata de un programa derechista y reaccionario.

En realidad, AMLO rechaza los intereses del proletariado cuando convoca la unidad de todas las capas sociales (mujeres y hombres, pobres y ricos, religiosos y agnósticos, siempre y cuando se hayan asociado a la endémica corrupción mexicana). Por lo tanto, el megamillonario Carlos Slim Helú, quien en un tiempo fue el hombre más rico del mundo, es bienvenido en la campaña de unidad de AMLO, por supuestamente ser un hombre de negocios “honesto”, separado de esa “mafia de poder”, traficante de “influencia” que describe AMLO.

Pero el problema de México no es la corrupción; es el capitalismo. La corrupción marcha mancornada al capitalismo; no desaparecerá sin la destrucción de ese sistema.

Para nada critica AMLO al capitalismo. En cambio, propone un “renacimiento” social en base a valores universales, cívicos, sociales y democráticos, vacías propuestas que no resuelven nada y sólo sirven para ocultar los verdaderos mecanismos de explotación capitalista.

AMLO sostiene que las clases medias “sienten un deseo profundo de liberación, de hacer que la justicia y una democracia auténtica”. En términos políticos AMLO y MORENA representan a la clase media alta, al nueve por ciento de los habitantes debajo del uno por ciento superrico. Esta clase, que incluye dirigentes sindicales, académicos y burócratas del estado, siente que su riqueza, y sus privilegios, están amenazados por las masas obreras.

En 2015 AMLO entregó las luchas de maestros y pobres en el sur de México, en rechazo de la “reforma” educacional del presidente Peña Nieto (los ataques a sus ingresos y derechos). Los presionó a negociar con oficiales federales, como Osorio Chong, que dirigían los ataques.

No sorprende que cuando las masas mexicanas se movilizaban en repudio al aumento del veinte por ciento en los precios de la gasolina —el “gasolinazo” de enero 2017— AMLO atacó a aquellos que sitiaron las refinerías y saquearon tiendas, acusándolos de dizque “estrategias fascistas”. Para AMLO, fue necesario crear “orden” contra ese “caos”. Era necesario evitar la violencia para crear un camino de cambio “pacífico y democrático”, postrándose así a la violencia de parte del Estado mexicano, de los militares y departamentos de policía, que se aceleraba.

El enfoque nacional de AMLO, ignora la esencia de treinta años de estrechas relaciones mundiales que dominan la economía de México. Esa ideología suya carece de soluciones para la crisis que aplasta a trabajadores y campesinos. Las necesidades básicas sociales y democráticas de ellos no puede resolverse bajo el dominio de ninguno de los sectores burgueses mexicanos. Los privilegios de todos estos dependen de la salvaje explotación de obreros y campesinos pobres y de los vínculos entre la burguesía nacional y el imperialismo.

Los principales partidos mexicanos, todos, participan en los negociados de compra de votos, la política, gastada con el uso, de “pan y vino”, no sólo el PRI. Bajo esas condiciones de sañosas luchas entre sectores burgueses, se puede anticipar que habrá fraude general también este año. Un artículo de diciembre 2017 del diario neoyorquino New York Times informa que el presidente actual, Peña Nieto, gastó alrededor de dos mil millones de dólares en publicidad durante el primer lustro de su presidencia; o sea que existe una montaña de dinero para trabucar las elecciones que se avecinan.

Podemos anticipar intervenciones electrónicas de las urnas, no de parte de los rusos sino de parte de los sectores burgueses en guerra entre sí. El PRI ya encaraba acusaciones de fraude general en 2017 durante la candidatura de Alfredo Mazo, primo del presidente Peña Nieto, para gobernador del Estado de México.

Posiblemente sectores dominantes de las burguesías estadounidenses y mexicanas se opongan a las anémicas propuestas reformistas de AMLO. Si embargo lo que más teme la burguesía mexicana es una explosión de repudio proveniente de las masas de la clase obrera mexicana. Por esa misma razón, no se puede descartar la probabilista de que esos mismos sectores burgueses escojan a López Obrador.

Cualquiera sea el camino que tome el actual proceso electoral mexicano, la clase obrera debe descartar toda ilusión en algún sector burgués que proteja sus intereses esenciales. Esos intereses sólo se pueden defender con la construcción de un movimiento político independiente, anclado en un programa socialista anticapitalista, que una a las clases obreras de los continentes americanos, que al fin y al cabo encaran los mismos ataques coordinados de parte de sus propias oligarquías financieras.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 22 de febrero de 2018)