El asesinato en Estambul

12 octubre 2018

A medida que emergen más y más detalles sobre la desaparición el 2 de octubre del reconocido periodista saudí, Jamal Khashoggi, después de que ingresó en el consulado saudí en Estambul, Turquía, se está volviendo claro que ocurrió un monstruoso crimen con serias implicancias globales.

La prensa turca ha publicado fotografías y videos documentando, el mismo día de la desaparición de Khashoggi, la llegada al aeropuerto Ataturk de un escuadrón de la muerte saudí de 15 miembros, incluyendo dos oficiales de la fuerza aérea, dos operativos de inteligencia y miembros de la guardia élite personal de la monarquía saudita. Entre ellos, según las autoridades turcas, había un experto forense, quien se reporta que iba equipado con una sierra para hueso.

Los reportes de la prensa indican que Khashoggi había visitado el consulado una semana antes buscando los documentos que necesitaba para casarse con una mujer turca. Le dijeron que volviera el 2 de octubre a la 1 p.m. Los empleados locales recibieron órdenes de tomarse la tarde libre cuando 15 asesinos estatales llegaron. Según la versión de oficiales de seguridad turcos hablando desde el anonimato, a Khashoggi se lo llevaron de la oficina del consulado, fue asesinado y su cuerpo fue descuartizado con la sierra.

Este crimen ha recibido atención global por su desfachatez y brutalidad, al igual que por la identidad de la presunta víctima. La carrera periodística de Khashoggi se había desarrollado dentro de los círculos gobernantes saudíes, contando con conexiones cercanas a algunos de los oficiales y milmillonarios más poderosos del reino. Sirvió por mucho tiempo como asesor de un director de inteligencia saudí y exembajador ante EUA, el príncipe Turki bin Faisal, y era conocido como un interlocutor entre la monarquía y la prensa y oficiales occidentales.

En septiembre de 2017, el gobernante de facto del reino, el príncipe heredero Mohammed bin Salman (MBS) —elogiado en la prensa occidental como un gran “reformador” y aplaudido por el Gobierno de Trump y la élite financiera estadounidense— inició una oleada de represión brutal, incluso contra miembros de la propia familia real, figuras empresariales prominentes y algunos periodistas. Las acciones dictatoriales fueron en gran medida ignoradas o apoyadas por los medios occidentales. El infame columnista sobre asuntos exteriores del New York Times, Thomas Friedman, quien fue recibido con una cena de gala en el palacio real en Riad, escribió en su momento que “ni un solo saudí con el que hablé aquí durante tres días expresó algo que no fuera un apoyo efusivo hacia la campaña anticorrupción”.

Khashoggi decidió evitar su encarcelamiento por medio de un autoexilio en Estados Unidos, donde le concedieron una columna en el Washington Post y había iniciado el proceso de convertirse en ciudadano estadounidense. Utilizó la columna para criticar a Mohammed bin Salman desde el punto de vista que dejaba entrever las divisiones dentro de la familia real. Su artículo más reciente fue una condena de la guerra librada por el régimen saudí contra Yemen, una intervención iniciada por MBS.

Pese a su prominencia, el Gobierno de Trump se ha mantenido reticente a llamar la atención sobre su desaparición, esperando una semana antes de hacer una declaración. Trump les comentó a reporteros en la Casa Blanca el martes que sabe “lo que todos saben, nada” respecto a lo que le sucedió al periodista. Por su parte, el secretario de Estado, Mike Pompeo, emitió una declaración solicitándole a la monarquía saudí que apoye una “investigación completa” de su propio crimen.

Sin embargo, pareciera que el Gobierno estadounidense estaba bien informado de los planes saudíes de eliminar a Khashoggi, con el Washington Post reportando que, antes de la desaparición, la inteligencia estadounidense había interceptado comunicaciones sobre oficiales saudíes que revelaban un plan para secuestrar al periodista.

Independientemente de este caso, el vicioso régimen monárquico saudí ha sido por mucho tiempo una pieza del dominio imperialista y la reacción política en todo Oriente Próximo. Estos lazos, tanto bajo Gobiernos demócratas como republicanos, han permanecido intactos mientras el régimen descabeza a oponentes políticos y perpetradores de crímenes no violentos, mandando a 150 a la espada solo en 2017.

Antes de la desaparición de Khashoggi, aproximadamente 30 periodistas saudíes han sido encarcelados o han desparecido, sin protesta alguna por parte de las potencias occidentales, con EUA en el centro de ellas vendiéndole miles de millones de dólares en armamento al reino y lucrando de su riqueza petrolera.

La conexión entre EUA y Arabia Saudita se ha vuelto aún más estrecha durante el Gobierno de Trump, quien ha buscado forjar un eje antiiraní basado en Arabia Saudita e Israel, mientras continúa y expande la asistencia estadounidense a la guerra cuasigenocida contra el pueblo yemení.

Esta relación, subrayada una vez más por la reacción oficial de Washington ante la desaparición de Khashoggi, exponen el absoluto cinismo e hipocresía de las pretensiones de defender los “derechos humanos” del imperialismo estadounidense y la falsedad de su enojo por presuntos crímenes llevados a cabo por Gobiernos que percibe como rivales estratégicos o que busca derrocar, como Rusia, China, Irán, Siria y Venezuela.

El caso de Khashoggi entraña un significado internacional más amplio, al reflejar un giro siniestro en la política global, en que tales crímenes abominables son más y más comunes y aceptados. Rememora las condiciones predominantes en los tiempos más oscuros de la década de 1930, cuando escuadrones de la muerte fascistas y estalinistas cazaban y asesinaban a socialistas y otros oponentes de Hitler y Stalin por toda Europa.

Los periodistas han sufrido las consecuencias de este cambio en la política global. El Comité para la Protección de Periodistas ha reportado 48 asesinatos de periodistas este año, un aumento del 50 por ciento en comparación con todo el 2017, al igual que otros 60 “desaparecidos” en todo el planeta.

Los asesinatos selectivos, desarrollados por los israelíes como un instrumento central de política estatal, fueron adaptados por Washington a su llamada “guerra global contra el terrorismo”, asumiendo una escala industrial. Los asesinatos, la tortura y las “rendiciones extraordinarias” comenzadas bajo Bush —por las cuales nadie nunca recibió un castigo, ni hablar de la promoción de una torturadora de cárceles clandestinas al cargo de directora de la CIA— fueron institucionalizadas bajo Obama, cuando la Casa Blanca organizaba los llamados “martes de terror” para seleccionar blancos para asesinatos de archivos y fotografías que les presentaban al presidente y sus asesores.

Las guerras de agresión estadounidenses, las cuales han cobrado millones de vidas, el asesinato rutinario de supuestos “terroristas” y el repudio completo hacia el derecho internacional como una atadura inaceptable para los intereses estadounidenses han creado un ambiente político global fétido en que crímenes como el perpetrado contra Khashoggi no son solo posibles, sino inevitables.

En cara a la agudización de las tensiones sociales y la lucha de clases a raíz de la crisis del sistema capitalista global, la política burguesa se ha desplazado hacia el autoritarismo y la derecha, expresados en la llegada al poder de Trump en Estados Unidos, el fortalecimiento de fuerzas ultraderechistas en Europa y la cercana elección de un excapitán del Ejército fascistizante en Brasil. Bajo estas condiciones, los métodos de asesinato y desapariciones para tratar con oponentes de los Gobiernos y el orden social existentes se volverán mucho más prevalentes.

El destino de Jamal Khashoggi, cuyos nexos de alto nivel aparentemente no fueron suficientes para protegerlo, debe ser tomado como una advertencia seria. Aquellos que caigan en manos del Estado en prácticamente cualquier país no pueden estar seguros de que saldrán intactos.

La única respuesta a esta amenaza —y al regreso global al fascismo y una guerra mundial— es la construcción de un movimiento revolucionario socialista de masas para unificar a la clase obrera internacional en lucha contra la desigualdad social, la dictadura y la guerra.

(Publicado originalmente en inglés el 11 de octubre de 2018)

Bill Van Auken