La noche de los cristales rotos:

75 años desde la quema de sinagogas en Alemania

por Peter Schwarz
18 noviembre 2013

Este artículo apareció en alemán el 13 noviembre del 2013

Comenzando en la noche del 9 de noviembre de 1938 y en los días siguientes fueron incendiadas en Alemania más de 1,400 sinagogas. Miles de negocios de propiedad judía quedaron destruidos, casas saqueadas, personas atacadas y cementerios profanados. Unos 30,000 judíos fueron enviados a campos de concentración; alrededor de 1,500 fueron asesinados.

Los pogroms de noviembre no marcaron el comienzo de la persecución de judíos en la Alemania nazi (ésta había comenzado inmediatamente después del nombramiento de Adolf Hitler como canciller en enero de 1933), pero sí señaló la transición de discriminación a violenta persecución contra los ciudadanos judíos; violencia que culminó tres años más tarde con su exterminio sistemático.

Los nazis hicieron un gran esfuerzo en presentar el pogrom de noviembre como una explosión espontánea de ira popular en respuesta al ataque de Herschell Grünspan (Grynszpan), un joven de 17 años, contra el diplomático alemán Ernst vom Rathmayor en París el 7 Noviembre. En verdad, el pogrom se había planeado y organizado en la cúpula del Partido nazi (NSDAP, Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei) y del Estado germano.

Hitler y toda la dirección del partido Nazi se encontraban en Múnic para conmemorar el aniversario del putsch de Hitler y Ludendorff del 9 de Noviembre de 1923. Rath murió dos días después del atentado de complicaciones de sus heridas. El ministro de propaganda Joseph Goebbels no tardó en azuzar personalmente el sentimiento antisemita en un discurso radial.

Desde el día anterior la hoja nazi Völkischer Beobachter había dado la orden: "Es una condición imposible que dentro de nuestras frontera cientos de miles de judíos dominen todavía todos los centros comerciales y los lugares de entretenimiento y que, a bolsillos de "extranjeros" va a parar la plata de inquilinos alemanes, mientras que al otro lado de las fronteras alemanas, los camaradas de raza de los judíos preparan la guerra contra Alemania y su gobierno y asaltan a funcionarios alemanes".

Siguiendo el discurso de Goebbels en Múnic, la dirección de la milicia nazi SA (Sturmabteilung, sección de asalto) repartió instrucciones a las organizaciones locales del partido. Desde el Ministerio de Propaganda de Goebbels se enviaron telegramas a las autoridades correspondientes y a la Gestapo, quien a su vez instruyó a sus agentes.

Así decía un mensaje de la SA llamado "Mar del Norte": "Todas las tiendas judías se destruirán inmediatamente por hombres uniformados de la SA. ... Sinagogas judías deben ser incendiadas; hay que apoderarse de los símbolos judíos. Se prohíbe que los bomberos intervengan... El Führer dispone que la policía no intervenga. Todos los judíos deben ser desarmados. Acaben con toda la resistencia de inmediato. En todas las tiendas judías destruidas, sinagogas, etc., se requiere pegar carteles que digan así: '¡venganza por el asesinato de vom Rath! ¡Muerte al judaísmo internacional! ¡Los judíos son sordos a todo compromiso; nada de comunicarse con ellos!'".

Esa noche comenzó un terror sin precedentes contra la población judía. En un informe de un testigo de Nuremberg del historiador Jörg Wollenberg en su libro, "Nadie participó y nadie supo" (Niemand war dabei und keiner hat's gewusst), se describe el procedimiento típico :

Primero vinieron los grandes almacenes; sus ventanas fueron destrozadas con barras de fierro para que una turba las saqueara, como ya estaba dispuesto por la mafia de la SA. Luego le tocó el turno a los hogares judíos...

Muchos de los vengadores "espontáneos" llegaban equipados con pistolas y puñales, cada grupo tenía las herramientas necesarias para ultrajar y robar: hachas, martillos y palancas grandes. Hombres de las SA llevaban mochilas para el dinero, las joyas, fotografías y otros objetos de valor que tenían la expectativa de encontrar.

Se apoderaban de puertas de vidrio, espejos, cuadros; con sus puñales rasgaban pinturas, ropa de cama; destrozaban zapatos, ropa; hacían añicos de cuanto encontraban. En la mañana del 10 de noviembre las familias victimizadas no encontraban ni una taza, ni un cuchillo o cuchara, nada. El dinero encontrado era dinero confiscado, junco con objetos y libretas de ahorro. Peor era la saña con que trataban al hombre de casa, aún maltrataban a las mujeres presentes al igual que a los varones.

En las zonas rurales también participaron miembros de las Juventudes Hitlerianas (Hitlerjugend) en los ataques. Lo que animó a algunos espectadores a participar parcialmente fue la codicia por el botín de los pogroms. Por lo general, sin embargo, la reacción popular fue de pasividad, de horror, y de repudio.

Se sabe que fue así a través de relatos de empleados diplomáticos que vivían en Alemania, recopiladas por el Ministerio alemán de Relaciones Exteriores en conmemoración de este 75avo Aniversario, que están en exhibición en la nueva sinagoga de la calle Oranienburger en Berlín.

Los diplomáticos recogieron buena información sobre la magnitud y la brutalidad del pogrom y sobre la reacción popular. La revista Spiegel reporta que el embajador finlandés Aarne Wuorimaa informó que una expresión muy común que se escuchaba en la calle era: "Me da vergüenza ser alemán".

Informes detallados de la dirección del Partido Socialdemocrático Alemán (SPD) en el exilio (Sopade) señalaban "indignación por este vandalismo" y el rechazo que parte del público exhibía.

Ya para ese entonces el pueblo alemán había sufrido cinco años y medio de sistemática propaganda antisemita. En abril del 1933, los nazis llevaron a cabo el primer boicot nacional contra los negocios judíos. Ese mismo mes, por culpa de nuevas leyes sobre a la contratación de empleados públicos y abogados se impide a 37,000 judíos ejercer sus carreras profesionales. Dos años más tarde las leyes raciales de Nuremberg reducen a los judíos a ciudadanos de segunda clase; vedan el matrimonio y las relaciones sexuales entre los no judíos y judíos; éstos últimos son privados de sus derechos civiles y excluidos de muchas profesiones más.

Los que se oponen públicamente, sufren denuncias y persecuciones. Ya no existían partidos u organizaciones capaces de organizar la resistencia. Las únicas organizaciones que no estaban completamente controladas, las iglesias (protestantes, luterana, y católica), o bien apoyaban los pogroms o no decían nada.

Entre los que dieron su aprobación a la quema de sinagogas estuvo Martín Sasse, obispo protestante de Turingia. Utilizando una cita de Martín Lutero, cuyo cumpleaños coincide con el 10 de Noviembre, declaró que se trataba de "una amonestación de su pueblo contra los judíos".

La gerencia de la Iglesia Evangélica Luterana de Mecklenburg declaró: "No puede estar de pie la fe cristiana alemana, sin la buena y limpia lucha por la libertad de la nación alemana contra el bolchevismo mundial, judío y anticristiano; no son nada lamentables las medidas del gobierno contra los judíos en el reich (nación alemana), particularmente la confiscación de bienes judíos".

Con sus acciones contra los judíos, los nazis perseguían varios objetivos.

En primer lugar se trataba de utilizar al antisemitismo como cuña entre la clase obrera y los estratos más atrasados políticamente de la pequeña burguesía. De igual forma hoy en día se usa todo tipo de racismo. Un maestro de esta técnica era el alcalde de Viena, Karl Lueger, uno de los más importantes modelos políticos de Hitler. Con su mezcla de antisemitismo y anticapitalismo, Lueger conquistó un gran número de seguidores pequeño burgueses durante su intendencia, la cual duró desde 1897 hasta 1910 en la capital austriaca.

El antisemitismo de Hitler fue acuñado por el odio hacia el movimiento obrero socialista. El historiador Konrad Heiden ha señalado que Hitler fomentó el antisemitismo no "contra Rothschild, el capitalista, pero contra Karl Marx, el socialista". No depreciaba al movimiento obrero, por ser dirigido por judíos, sino que fomentaba el deprecio a los judíos por dirigir el movimiento obrero.

La destrucción del movimiento obrero organizado a su vez fue el requisito imprescindible para dar vía libre al antisemitismo. A diferencia de los partidos burgueses, el movimiento obrero marxista siempre combatió contra el antisemitismo con toda su energía. Los destinos de los judíos y del movimiento marxista existían mancornados.

En segundo lugar, se trataba de expropiar las riquezas de los judíos para beneficiar a la elite nazi y para financiar el rearme en preparación para la Segunda Guerra Mundial. Muchos apoyaron los pogroms porque que se enriquecieron personalmente de la arianización de la propiedad judía.

Inmediatamente después del pogrom de noviembre de 1938 el régimen nazi marginalizó por completo a los judíos de la economía alemana. A manera de expiación por "la actitud hostil del judaísmo hacia el pueblo alemán", se impusieron tasas sobre su patrimonio de mil millones de reichsmark. Todo ciudadano judío que tuviera más de 5,000 reichsmarks tenía que ceder el 20 por ciento de sus riqueza.

Estos fondos representaron una importante tajada del presupuesto del Estado, que estaba a punto de entrar en quiebra. Hermann Göring, el autor de la medida, escribió así: "Ante la situación tan crítica de las finanzas nacionales, el principal remedio es el impuesto del sobre los judíos y los millones extraídos mediante la arianización de negocios judíos".

Los judíos habían sido perseguidos por el poder de los nazis y legalmente discriminados; los pogroms de noviembre de 1938, Kristallnacht, los aislaron de toda protección legal. Las máximas autoridades pusieron a las fuerzas de seguridad y judiciales bajo órdenes de hacerse de la vista gorda a la destrucción de propiedad y de vida de las víctimas y de no perseguir a los victimarios. Por causa de su religión 30,000 judíos fueron deportados a los campos de concentración de Buchenwald, Dachau y Sachsenhausen, donde tuvieron que vivir y trabajar en condiciones infrahumanas y donde muchos fueron asesinados.

Los pogroms de noviembre fueron precursores directos del Holocausto. Con el estallido de la guerra cayeron todas las barreras al exterminio.

Luego del exterminio en masa de los judíos alemanes y europeos la guerra de exterminio prosiguió hacia el este; campaña que desde el principio tuvo el propósito de acabar con todos los dirigentes políticos e intelectuales de la Unión Soviética. El asesinato a sangre fría de seis millones de judíos fue la sima de una enorme matanza, que en Polonia, Europa del Este y la Unión Soviética, incluyó a millones de guerrilleros comunistas, intelectuales y gente común y corriente.

La responsabilidad de todo ese récord histórico de crímenes atroces no sólo le cabe a Hitler y a sus secuaces, sino a toda la élite gobernante de Alemania, que puso a Hitler al mando en medio de la crisis más profunda del capitalismo, cuando habían fracasado todos los demás mecanismos para reprimir a la clase obrera y lograr los objetivos expansionistas de la burguesía alemana.

Thyssen, Krupp, Flick y otros industriales donaron millones de dólares al partido nazi. Hindenburg, símbolo de la capa militar, nombró a Hitler canciller. Finalmente todos los partidos burgueses apoyaron la Ley Habilitante Alemana, que le dio poderes extraordinarios a Hitler, dando así a su dictadura un sello legal.

Por lo tanto, el 75avo aniversario de la Noche de Cristales Rotos no sólo es ocasión para el recuerdo, sino que también es una advertencia para el futuro. La clase gobernante ahora reacciona a la profunda crisis global del capitalismo y a la aceleración de los antagonismos de clase con la vuelta de formas autoritarias de gobierno, del racismo, y de la guerra.

La barbarie de los nazis, que culminó con el asesinato de millones de judíos y la campaña de destrucción de Europa Oriental, es la expresión más nítida de la naturaleza brutal del capitalismo. La repetición de ese gran desastre sólo se puede prevenir acabando con el capitalismo y reemplazándolo con por una sociedad socialista.