A un año del comienzo de la crisis en Ucrania

8 diciembre 2014

El 2 de noviembre marca el primer aniversario de la reunión cumbre de la Asociación del Este donde el presidente de Ucrania Víctor Yanucovych se negó a firmar un acuerdo de la asociación con la Unión Europea. Un año más tarde Ucrania se encuentra en medio de una guerra civil que ha producido más de 4000 muertes. La OTAN está al borde de un conflicto armado con Rusia que amenaza hundir a la humanidad en una hecatombe nuclear.

¿Cómo es que esto ha ocurrido? La propaganda occidental responde a esta pregunta con cinco letras: PUTIN.

Al presidente ruso sólo le interesan “esferas de influencia” y corromper la ley internacional; hace peligrar estructura de paz en Europa y busca apoderarse no sólo de Ucrania pero también de Georgia, Moldova y los estados bálticos de acuerdo a lo que dice la canciller alemana Ángela Merkel.

Los medios de difusión bombardean propaganda 24 horas por día con el fin de convencer al público que el único malo aquí es el Kremlin que impide que Ucrania se convierta en un oasis de la democracia en Europa en un paraíso de la paz

El WSWS le tiene gran antipatía al presidente ruso. Es un nacionalista de derecha que representa los intereses de la oligarquía rusa, enemigo acérrimo de nuestra estrategia socialista e internacionalista. Pone al mundo en al revés, sin embargo, hacerlo responsable de la crisis de los últimos doce meses.

Algunas voces occidentales se oponen a esa propaganda oficial. Una de ellas es la de un profesor de ciencias políticas de la Universidad de Chicago, John L. Mearsheimer. En la edición de septiembre y octubre del periódico Foreign Affairs, escribe que Putin no es el agresor: “Estados Unidos y sus aliados cargan con la mayor parte de la responsabilidad por esta crisis. La raíz principal del alboroto es el engrandecimiento de la OTAN el elemento central de una estrategia más grande para remover a Ucrania de la órbita rusa e integrarla en el occidente”

Mearsheimer sigue: “La reacción no sorprende; Putin responde a los acontecimientos en Ucrania en la defensiva no en la ofensiva”. Dice que los Estados Unidos no toleraría que potencias distantes a enviaran fuerzas militares a ninguna parte del hemisferio occidental mucho menos a sus fronteras. Nos podemos imaginar la cólera de Washington si China se embarcara en alianzas militares e intentara envolver en ellas a Canadá y México”.

Mearsheimer apoya a la corriente neorrealista de relaciones internacionales. Ésta examina los conflictos entre estados pero no se concierne con las relaciones económicas y sociales que también tienen un papel en la crisis de Ucrania. Sin embargo él cuando él dice que Estados Unidos ha sitiado a Rusia para seguir siendo potencia, está en todo lo correcto.

La penetración de Europa del Este por la OTAN y por la UE tiene otra cara, la de transformar a Ucrania (y a Rusia) en semicolonias, reservas de mano de obra barata y de recursos primarios, mercados para sus productos y una fuente de lucro para las financieras y los bancos occidentales. Por eso necesitan un gobierno que obedezca a la OTAN y a la UE (y que reprima salvajemente a la clase obrera).

Ese era el propósito del Acuerdo de Asociación que Yanukovch rechazó hace un año, que el nuevo régimen aceptó, luego de derrocarlo.

El Acuerdo protege la propiedad de la oligarquía de Ucrania y le abre el portón a las grandes empresas y bancos occidentales, sobornando a la élite política. Para la gran mayoría no tiene nada más que le medicina griega de austeridad, recetada por el FMI (enormes recortes de gastos de previsión social, educación, salud y administración, además del cierre y privatización de muchas fábricas).

Por un tiempo Yanukovych apoyó al Acuerdo de Asociación. Eventualmente lo rechazó, por las consecuencias que tendría para su carrera política. Temía una explosión social si imponía los recortes que exige la UE sobre un país desesperadamente pobre. Por un lado, Rusia le ofrecía a Ucrania préstamos a bajo costo. Por el otro lado Europa exigía ahorros inmediatos y drásticos.

Para manear a Ucrania, era imprescindible organizar un golpe de estado y movilizar a los grupos fascistas. Desde temprano la manifestaciones de Maidán fueron manipuladas por grupos que contaban con el apoyo de las potencias occidentales. Victoria Nuland, asistente al Secretario de Estado yanqui, admitiría más adelante que Estados Unidos había encarrilado cinco mil millones de dólares hacia esos grupos, empezando en 1991.

Al principio sólo unos pocos miles se volcaron a la calle. No existían evidencias de apoyo entusiasta hacia la UE. Todo lo contrario. Los sondeos de opinión pública indicaban que la población estaba dividida en dos. Un treinta o cuarenta por ciento apoyaba a la UE. Una similar proporción apoyaba integrarse a Rusia.

Las caras públicas de las manifestaciones eren bien conocidas: Arseniy Yatsenyuk, en representación de la Revolución Naranja (apoyada por Estados Unidos) del 2004; Vitaly Klitschko, quien vivía en Alemania y era un boxeador profesional vinculado de cerca con la Fundación Konrad Adenauer de la Unión Democrática Cristiana (UDC) y Oleh Tyahnybok, führer del partido fascista Svoboda. Figuras políticas de los países miembros de la OTAN se mezclaban abiertamente con los manifestantes, cosa que es un repudio a todas las normas diplomáticas.

Ante el rechazo de Yanukovych a las demandas de los manifestantes, grupos armados derechistas se pusieran a la cabeza de los acontecimientos de Maidán. Los fascistas de Svodoba desplegaron sus partidarios desde sus baluartes en el oeste del país. De pronto, como si de la nada, surgió el Sector Derecha (alianza de neonazis y de paramilitares). Las batallas se hicieron más bárbaras, francotiradores mataron a muchas personas. Hasta hoy no se sabe si éstos estaban con el gobierno o si eran provocadores de parte de los oposicionistas.

El 21 de febrero, Yanukovych aceptó la creación de un gobierno interino y la elecciones prontas. Bajo amenaza de las milicias de derecha, huyó del país esa misma noche. Al día siguiente sus enemigos se hicieron del poder en Kiev. Los medios de difusión occidentales y a los grupos de seudoizquierda se encargaron de pintar de “revolución democrática” a este golpe de estado organizado por las potencias occidentales y llevado acabo por pandillas fascistas.

La ascensión al poder de los ultranacionalistas de Kiev detonó pánico y temor, particularmente en Ucrania del este, donde viven muchos ruso parlantes. Apoyada por el Kremlin, Crimea se declaró independiente y se unió a la Federación Rusa. Separatistas prorrusos se apoderaron de Donetsk y de Lugansk y han estado haciendo guerra contra el gobierno central desde entonces.

Mientras tanto Estados Unidos y Alemania han usado esta crisis (que ellos mismos causaron), para aumentar las presiones militares y económicas sobre Rusia. La OTAN ha enviado tropas a Europa oriental, aumentado los vuelos de espionaje, sanciones económicas contra Rusia y cortado el acceso en ese país a las casas de finanzas internacionales.

Al investigar las causas reales de esta escalada peligrosa y de la amenaza de guerra, es necesario fijarse los gobiernos de Washington y Berlín, antes del Kremlin. Las potencias imperialistas responden a la crisis del capitalismo mundial y a las tensiones crecientes con guerra y dictadura. Lo mismo hicieron durante la primera mitad del siglo pasado.

Lo que pasa en Ferguson (Estados Unidos) demuestra que la sociedad estadounidense está al borde de un precipicio social. Lo mismo ocurre en Europa, donde ola tras ola de medidas de austeridad imponen pobreza y desocupación. Las élites de poder reaccionan con belicismo en el exterior (para lograr nuevas zonas de influencia, mercados y recursos naturales), complementado éste por el estado, con sus mayores medidas de espionaje interno y con una bárbara máquina de represión.

Contra esa transformación el único camino es la construcción de un movimiento socialista internacional del proletariado no sólo contra la guerra sino con la causa raíz de ésta, el capitalismo.

Peter Schwartz