Brennan defiende a los torturadores de la CIA

19 diciembre 2014

La conferencia de John Brennan, director de la CIA, el jueves once de diciembre fue un acontecimiento sin precedentes que representa un nueva etapa en el desmoronamiento de la democracia estadounidense y la construcción de un Estado Policial.

Que haya sido el capo de esa agencia de espionaje y no el presidente Obama quien respondiera al devastador informe del Comité de Espionaje del Senado sobre el proyecto de tortura de la CIA pone el dedo sobre quien verdaderamente manda en este Estado americano.

Brennan defendió el uso por su agencia de salvajes métodos de tortura durante el gobierno de Bush (2001-2008). Recurrió a una declaración empapada en mentiras sin hacer nada para disimular su menosprecio hacia la ley y la democracia. Para Brennan la tortura fue una reacción legítima y “patriótica” a los ataques terroristas del once de septiembre del 2001. Repitió toda la mitología oficial sobre la guerra al terror, sugiriendo que la CIA y la máquina de espionaje militar no tienen por que sujetarse a ningún limite legal.

Apoyando, de dientes para afuera, la decisión de Obama de acabar con el proyecto de métodos “interrogación más perfecta”, defendió con saña el expansivo programa del gobierno de asesinar con aviones drones. “Las fuerzas armadas han hecho cosas maravillosas con ese equipo”, dijo.

También sugirió que, si lo requirieran futuras amenazas de seguridad, se podría revivir el proyecto de torturas. Respondiendo a un periodista declaró: “Dejo que futuros dirigentes políticos determinen el momento en que haya la necesidad de garantizar la seguridad nacional si encaramos una crisis similar”.

En un momento durante su breve narración sobre los orígenes de la guerra al terror y del proyecto de tortura de la CIA, Brennan alabó a Michael Spann, el primer muerto durante la invasión de Afganistán en el 2001. Lo presentó como un ejemplo del heroísmo de la actividad paramilitar de su agencia. El loar a Spann es síntoma de la criminalidad de las medidas que defienden Brennan y el gobierno de Obama, y de los vínculos entre la guerra imperialista y la destrucción de los derechos humanos dentro del país.

Spann muere en noviembre del 2001 a causa de un levantamiento de prisioneros talibanes en la fortaleza Qala-i-Jangi en Mazar-i-Sharif. En ese entonces era el interrogador en jefe de cientos de milicianos talibanes, prisioneros en la fortaleza bajo condiciones infrahumanas.

Uno de los que Spann había interrogado y abusado fue John Walker Lindh, el miliciano talibán estadounidense, uno de 86 sobrevivientes de 800 prisioneros masacrados por las fuerzas conducidas por la CIA y aliadas a Estados Unidos y por las Fuerzas Especiales.

Según la versión grotesca y falsa que Brennan presentó, el público estadounidense exigía las medidas más brutales posibles en defensa de ataques terroristas inminentes. “El gobierno y la ciudadanía se daba cuenta de la urgencia”, dijo. ¿Cómo es, entonces, el gobierno de Bush y la CIA decidieron mantener secreto el proyecto de tortura (a pesar del choque y desorientación que resultaron de los ataques del once de septiembre y la incesante campaña de temor por la prensa y el gobierno)?

Otro de los embustes de Brennan fue negar que la CIA le había mentido al Congreso y al pueblo de Estados Unidos sobre su proyecto de interrogación. Las últimas 37 páginas del informe del Senado documentan la sarta de mentiras que el director de la CIA de entonces, Michael Hayden, dijo en una audiencia el doce de abril del 2007.

Brennan dijo, con hipocresía y fingida sinceridad, que la CIA apoyaba y había cooperado enteramente en la investigación del Comité del Senado. En verdad, tanto Brennan como Obama le pusieron vallas a la investigación. Le negaron miles de documentos, e impidieron la publicación del informe (que se completó en diciembre del 2012) durante dos años. Como si eso fuera poco, Brennan hizo que sus agentes espiaran las computadoras de los empleados del Comité, cuando éstos elaboraban la versión final del documento, cosa que es una descarada violación del principio de control legislativo y de la constitución estadounidense.

Brennan exige un control “colaborativo y constructivo”, como alternativa al informe del martes 9 de diciembre (que él llama un informe “lleno de errores” y tendencioso). Para él el informe modelo de colaboración debe ser como el descarado informe del Comité de Espionaje del Senado, sobre la existencia de armas de enorme destrucción en Iraq.

Para Brennan las prácticas abusivas en el proyecto de tortura fueron de unas pocas personas que se excedieron y cruzaron la línea marcada por el gobierno de Bush. Insiste que la “la más grande mayoría” de los interrogadores de la CIA actuaron bien: “Repasando las crónicas, caigo en cuenta que se trata de un grupo de empleados que intentaban cumplir como se debe”.

Brennan también rechaza la conclusión del Comité del Senado que no se extrajo útil información de los torturados. Declaró que se “salvaron vidas”.

También se hizo eco de la línea de la Casa Blanca: Que ninguno de los oficiales de alto rango que ordenaron y supervisaron el proyecto de tortura sea sometido a procesos legales (gente como el presidente Bush, el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de defensa Donald Rumsfeld, los directores de la CIA George Tenet, Porter Goss, y Michael Hayden, entre otros). En esto Brennan es uno de los interesados, ya que el era asistente al director de la CIA cuando el proyecto de tortura ocurría.

Brennan demanda que el “debate” sobre la tortura sea “dejado de lado” para mejor enfocar en “cuestiones que son de relevancia para las actuales amenazas a la seguridad nacional”.

Con todo su desprecio del derecho del pueblo a información, Brennan se negó a responderle seriamente a un periodista que le preguntó directamente si apoyaba le publicación de informe del Senado. Simplemente dijo: “Creo que ha habido más que suficiente transparencia en los dos últimos días. Creo que se ha ido demasiado lejos”.

Brennan y todos los que ahora rechazan en público el informe del Senado y defienden el proyecto de tortura de la CIA, reciben palmadas en la sus espaldas del gobierno de Obama, que repite en cada ocasión que se le presente su confianza en Brennan y su rechazo de lanzar investigaciones criminales aún después de haber salido a la luz (con el informe del Senado) la lista de delitos cometidos. También se sienten alentados por la indecisión de los críticos liberales del proyecto de tortura.

La senadora Dianne Feinstein (Partido Demócrata, PD), la presidenta del Comité de Espionaje, se rebajo a clamar sobre las palabras de Brennan en Twitter. Después publicó una servil declaración loando a Brennan por demostrar que “la conducción de la CIA está dispuesta a prevenir que esto ocurra otra vez, algo importante”.

En verdad los grupos políticos que critican la CIA todos aceptan el argumento básico de la “guerra al terror” que sirve de justificación política e ideológica para el armamentismo en el extranjero y la militarización de la sociedad interna.

Un editorial del diario neoyorquino New York Times ejemplifica la sumisa línea de supuestos grupos liberales. Ese comentario se llama “Vuelve la oscuridad después del informe sobre la tortura de la CIA” (Dark Again After Report on CIA Torture). Luego de alabar a Feinstein y a los miembros del PD en el Comité de Espionaje, por resistir la presión de la CIA y de Obama y publicar su informe, el editorial sigue: “Desgraciadamente, esa es toda la información que aparecerá. En los Estados Unidos de después del once de septiembre, casi nada se hace público sobre la seguridad nacional, las tradiciones democráticas y un gobierno de leyes. Tampoco existe justicia y no se hace responsable a nadie”. Es una enfermedad de los dos partidos.

En cuanto a la conferencia de prensa de Brennan, el Times escribe “El señor Brennan dejo en claro que no esta interesado en más discusiones… Desgraciadamente, seguramente se saldrá con la suya”.

Efectivamente, para los medios de difusión las palabras de Brennan del jueves fueron una orden que de eso ya no se habla. La noticia desapareció casi por completo de las primeras planas de los diarios y de los noticieros de televisión.

La clase obrera no puede permitir que los autores criminales de torturas sigan impunes. No se trata sólo de crímenes en el extranjero. Sí no se rechazan los argumentos a favor de la eficiencia de las torturas, ¿en que queda entonces la octava enmienda a la Constitución de Estados Unidos que prohíbe castigos crueles e inusuales en Estados Unidos?

La conspiración criminal parcialmente delineada en el informe del Senado está dirigida al proletariado estadounidense tanto o más que a todas las víctimas del imperialismo internacional. No se la puede frenar, hincándose de rodillas a las instituciones de un Estado criminal. Sólo la puede frenar un movimiento político y revolucionario de la clase obrera independiente.

Barry Grey