La cumbre del terror de Obama: hipocresía, fraude y engaño

5 marzo 2015

El miércoles 18 y jueves 19 de febrero el presidente Barak Obama habló en dos sesiones de una reunión cumbre sobre como “combatir el terrorismo violento”, que tomó lugar en la ciudad de Washington y a donde acudieron representantes de 65 naciones.

Insistiendo que era necesario hablar en “forma llana y honesta” sobre “las raíces” del terrorismo, las palabras del presidente estadounidense en verdad consistieron de una sarta de lugares comunes –incluyendo una cita de una tarjeta del día de los enamorados de alguien de doce años de edad. En verdad se trataba de esconder la conexión entre el terrorismo y la cadena de catástrofes derivada de más de diez años de guerras agresivas estadounidenses.

Tres días de discusiones no produjeron ninguna decisión, ningún acuerdo, ningún cambio político. Palabreo sobre inclusión religiosa alternó con absurdos consejos de cómo reconocer cuando un joven es atraído al “extremismo radical”, que parecen haber sido copiadas de algún cuaderno de la Administración de Leyes de Drogas (DEA), sobre como darse cuenta que un niño usa marihuana.

Es de suponer que el propósito de esta reunión fue afianzar los pretextos propagandísticos de la guerra de ultramar y las medidas de Estado policial dentro del país.

El presidente Obama aseguró que Estados Unidos se mantendría “intransigente en nuestra guerra a las organizaciones terroristas”; describió proyectos para continuar y expandir las intervenciones militares en Afganistán, Irak, Siria, Yemen, Somalia, Nigeria, y más allá.

Dijo que la cruzada contra el “extremismo violento” no toca sólo a los “terroristas que matan a inocentes”. También tiene por objetivo “las ideologías, el andamiaje de los extremistas –los propagandistas, los que reclutan, los que dan dinero y radicalizan, reclutan e incitan a la violencia”. Las categorías son tan amplias y tan mal definidas, que incluyen a casi todos los que rechazan las supuestas medidas “moderadas” del imperialismo yanqui.

Las contradicciones que subyacen este malabarismo propagandístico son más que chocantes. El presidente Obama dijo que la lucha al terror requiere “más democracia” y “fuerzas de seguridad y de la policía que respeten los derechos humanos y traten con dignidad a la gente”. En contraste, el gobierno de Washington tiene una estrecha alianza en la “guerra al terror” con Arabia Saudita y Egipto. El primero es una monarquía tiránica. El segundo está bajo control militar. Ambos gobiernos son notorios por sus medidas de represión, decapitaciones, y ejecuciones en masa.

Absurdamente el presidente Obama pinta al terrorismo de ser un resultado de las “ideologías chuecas” de Al Qaeda y del Estado Islámico (EI) ligadas a “ideas” equivocadas, “nociones”, y “pensamientos” entre amplios sectores del mundo islámico.

“Es una vil mentira la noción que el occidente conduce una guerra antiislámica”, insistió Obama en su discurso. La realidad es que el gobierno de Washington no escatima su agresión, y prepara aun más grandes guerras contra los no musulmanes en Europa Oriental, y el este de Asia.

Esa “noción” que menciona Obama puede haber nacido de que las gentes que viven en países que poseen las más grandes reservas de petróleo del mundo (y claves rutas de oleoductos para su extracción) son mayoritariamente musulmanas, y por ende cargan con las consecuencias trágicas de la estrategia del gobierno de Washington para establecer su hegemonía militar sobre sus territorios.

Según Obama, la guerra al terror requiere encarar la “noción” de mucha gente “que el mundo musulmán tiene reclamos históricos –algo que a veces es válido” y la opinión de muchos que “gran parte de los males del Medio Oriente tienen antecedentes en la historia de colonialismo y conspiración…”

¿Reclamos históricos? ¿A quién cree Obama engañar? Los millones de árabes no tienen que remontarse a los colonialismos francés e inglés en cuanto a reclamos. En estas más recientes décadas, el imperialismo yanqui ha arrasado con uno tras otro país de mayoría musulmana.

Transformó a Afganistán en una carnicería sin fin con millones de víctimas, desde el guerra muyahedín (impulsada por Estados Unidos) de los 1980. Dirigió una guerra ilegal de agresión en Irak con más de un millón de muertos. En Libia, apoyó una guerra de cambio de gobierno que destruyó la sociedad y azuzó una guerra civil que ha matado a casi doscientas mil personas y creado millones de refugiados.

Conra Irak, Libia y Siria, Estados Unidos lanzó ataques para barrer con gobiernos árabes seculares, catalizando así el crecimiento de corrientes islámicas, como Al Qaeda y Estado Islámico (EI). En Libia y Siria, directamente armó y apoyó a esas fuerzas convirtiéndolas en su ejército suplente.

De haber estado los testaferros de los gobiernos de Bush y Obama a la paga de Osama Bin Laden, no podrían haber cumplido mejor en estimular la evolución de aquellos que ahora supuestamente son el blanco de esta cumbre (hecha en Estados Unidos) contra el “extremismo violento”.

El despliegue de hipocresías, engaños y autoseducciónes en la cumbre del mes pasado no puede disimular las desastrosas consecuencias de las medidas que el gobierno de Washington ha implementado en el trajín de más de una década.

Siguiendo los pasos a la disolución de la Unión Soviética, el imperialismo de Estados Unidos se embarcó en aventuras cada vez más graves. La hipótesis era que su superioridad militar podría compensar su declive económico. Las consecuencias han sido el caos y la destrucción.

Ahora Ucrania, dividida en dos, se empantana en una guerra civil. Su economía se desmorona y se desintegran sus fuerzas armadas, cosas que amagan enredar a dos Estados nucleares, Estados Unidos y Rusia, en un choque militar. El golpe de estado, a cargo de fascistas y fomentado por el gobierno en Washington, que hace un año era considerado un golpe maestro, sólo ha creado otro desastre.

En una democracia normal, se sancionarían catástrofes mundiales como las que los dos últimos gobiernos han producido en los Estados Unidos. No sólo ocurrirían debates públicos y audiencias legislativas, sino también renuncias forzadas y procesos criminales.

En Estados Unidos no hay nada de eso. No existe ningún mecanismo para criticar a un gobierno que miente constantemente al público y a si mismo. Nadie es responsable; nadie responde.

A medida que toma forma la campaña presidencial del año que viene, los probables candidatos son Jeb Bush (Partido Republicano) cuyo hermano condujo la guerra criminal de Irak, y Hillary Clinton (Partido Demócrata). Esta última (cuando era secretaria de Estado) aplaudió el linchamiento del libio Muammar Gaddafi por milicianos islámicos. “Vinimos, vimos, murió”, dijo, ante un mar de carcajadas. No podría existir mayor medida de la naturaleza esclerótica del sistema político estadounidense.

Más allá de la Casa Blanca, del Congreso y de los dos partidos burgueses, la culpa también es de los medios de difusión, y de los catedráticos. Los primeros, con “sus expertos en terrorismo”, no cesan de producir mentiras y estupideces para justificar el belicismo de Estados Unidos. Los segundos, o están directamente enredados, o guardan silencio.

Todos los grupos de poder estadounidenses son cómplices en estos crímenes y catástrofes. Eso es un síntoma de graves crisis políticas, sociales y económicas. Éstas pesan sobre un capitalismo totalmente dedicado al enriquecimiento una pequeña minoría enfrascada en el parasitismo financiero a costillas de los trabajadores, que son la gran mayoría de la población.

Sin haber ninguna solución progresiva a estas crisis, la clase de poder estadounidense toma el camino de cada vez más carniceras aventuras bélicas, lo que amenaza con levantar la cortina al acto final del “extremismo violento”: Una tercera guerra mundial.

Bill Van Auken