Selma y la herencia del movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos

13 marzo 2015

El 8 y 9 de marzo, el presidente Barack Obama dirigió la conmemoración oficial del 50avo aniversario del Domingo de Sangre ("Bloody Sunday”). El 7 de marzo de 1965, una marcha de cientos de luchadores por los derechos civiles exigiendo el derecho al voto fue atacada y golpeada salvajemente por la policía cuando cruzaba el puente Edmund Pettus desde Selma, Alabama, en dirección a Montgomery, la capital del estado.

Toda la ceremonia de fin de semana, y el discurso de Obama, constituyen una farsa política, un ejercicio del Estado con el objeto de manipular la memoria de la sangre derramada por los que han hecho grandes sacrificios –en muchos casos, el más grande de los sacrificios— luchando por los derechos civiles para hacer venerable el actual andamiaje de corrupción. Al acontecimiento asistieron miles de personas comunes, pero la conmemoración estuvo controlada por representantes de la élite de poder, de las empresas y casas financieras, incluyendo a100 miembros del Congreso de los partidos Demócrata y Republicano. También se hizo presente el expresidente George W. Bush, quien al fin de su mandato era el más odiado en la historia de Estados Unidos.

Todo se coreografió para ocultar el significado real de Selma, del movimiento de derechos civiles, y la trayectoria de la política estadounidense durante las cinco décadas desde entonces.

La represión de ese día, del "Domingo de Sangre", fue uno de los acontecimientos principales dentro de una campaña de violencia policial para pisotear y reprimir las protestas contra el sistema de segregación racial en el sur de Estados Unidos. Los habitantes negros del sur de Estados Unidos batallaban contra leyes que legalizaban la discriminación y les negaban el derecho al voto, como la ley del impuestos para votar.

El objetivo específico del movimiento de los derechos civiles fue acabar con la discriminación racial, pero ese movimiento también era parte de una ola de conflictos sociales en los Estados Unidos durante los años 1960 y 1970. Comienza a sólo pocos lustros de la explosión de batallas que formaron los sindicatos industriales la década de 1930. Le siguen las poderosísimas huelgas obreras de los años 1960 y 1970, las rebeliones urbanas contra la discriminación y la pobreza, y el enorme movimiento de protesta popular contra la guerra de Vietnam.

El capitalismo estadounidense había entrado en una profunda crisis. El impulso subyacente del movimiento por los derechos civiles nació de las inmensas luchas sociales de la clase obrera. Las masas trabajadoras y juveniles, blancas y negras, que participaron en la lucha por los derechos civiles a cada paso partían de la perspectiva de que eran parte de un movimiento social mucho más grande, en choque contra la cruel resistencia de la clase de poder y sus testaferros políticos.

Complicando las formas de esta lucha estuvo la abstención de los sindicatos de la central sindical estadounidense (AFL-CIO), políticamente alineado al Partido Demócrata y al imperialismo estadounidense. Los del Partido Demócrata, con base en un principio en una alianza entre liberales del norte y racistas del sur, durante un período prolongado hicieron todo lo que pudieron para derrotar todos los intentos de poner fin a las leyes de segregación racial (el infame sistema “Jim Crow”). Los sindicatos evitaron tomar decisiones que hicieran peligrar su alianza política con el Partido Demócrata, incluyendo impedir de la sindicalización de los trabajadores negros del sur.

Cediendo a las convulsiones sociales, la clase de poder estadounidense a regañadientes concedió reformas legales, incluidos las de las leyes de Derechos Civiles de 1964 y de Derechos Electorales de 1965, ambas firmadas por el presidente Lyndon B. Johnson cinco meses después de Selma. También se promulgaron una serie de importantes medidas de previsión social durante este período, incluyendo Medicare (programa de salud para los ancianos) y otros programas contra la pobreza.

Esas reformas, arrancados por el pueblo de la clase de poder durante la década de 1960 marcarían el último suspiro del reformismo liberal en los Estados Unidos. En verdad, la burguesía de Estados Unidos, en reacción a la profundización de la crisis del capitalismo, venía preparada con una estrategia doble. Comenzando en la década de 1970 y en forma creciente durante la década de 1980, maquinó un asalto implacable contra la clase trabajadora. Empleos fueron destruidos, los niveles de vida fueron disminuidos, se recortaron los programas sociales.

Para el mejor cumplimiento de esta ofensiva, la clase de poder deliberadamente integró en posiciones de poder y privilegio a una pequeña minoría de la población afroestadounidense.

Martin Luther King Jr., sin salirse del Partido Demócrata, había comenzado a preocuparse cada vez más en las cuestiones de desigualdad social y guerra. En contraste, luego de su asesinato de en 1968, un sector de la corriente pro derechos civiles oficial fue reclutado al aparato del poder estatal. Esto incluyó a los líderes Andrew Young, Jesse Jackson y John Lewis (ahora un miembro del Congreso). Este último fue uno de los líderes de la marcha 1965 Selma.

Durante la campaña electoral 1968, el candidato del Partido Republicano, Richard Nixon, favoreció darle a algunos afroestadounidenses una "participación" en el sistema de lucro. Después de ser elegido presidente, Nixon inició un programa de "capitalismo negro." Decretó formar la Oficina de Empresarial de Minorías en marzo de 1969, declarando que su objetivo era "demostrar que los negros, los mexicoestadounidenses, y otros pueden participar en una economía en crecimiento siempre que exista igualdad de oportunidades tanto en la parte superior de la escalera, así como en sus peldaños más bajos".

Este programa, conocido como “acción afirmativa”, promovido por un miembro del Partido Republicano, Nixon, y luego adoptado como cláusula central del programa del Partido Demócrata, tenía el propósito hacer avanzar, en las empresas, en las fuerzas armadas, municipalidades, departamentos de policía y en las universidades, una capa privilegiada que se ligaría al capitalismo estadounidense, para hacer más fácil el asalto a la clase obrera. El nacionalismo negro se convirtió en un medio ideológico para la reestructuración de la dominación de clase en base a la política de identidad racial.

¿Cuáles han sido las consecuencias de esas medidas? Si bien se terminó el sistema legal de segregación racial, la posición social de la mayoría de los trabajadores negros de hoy es peor hoy que hace 50 años. Según estadísticas oficiales, un tercio de los afroestadounidenses vive en la pobreza y el hambre. El desempleo y el subempleo son omnipresentes, en los estados del norte, igual o más que en el sur.

Nada tienen que ver estas condiciones con el racismo, aunque así lo reclamen los miembros del Partido Demócrata y sus partidarios de periferia (en los pocos momentos en que admiten la existencia de una crisis social). Derivan de la opresión de clases.

Esto es evidente en la Selma de hoy. La población de esa ciudad ha caído en pique en los últimos 50 años, mientras que el ingreso promedio es un impactante 22,418 dólares, la mitad de lo que es la por cierto una muy baja cifra media en el Estado de Alabama. Es significativo que, aún teniendo en cuenta el insultantemente bajo umbral oficial de la pobreza, el 41.9 por ciento de Selma cae por debajo de ese umbral.

Selma está dirigida por un alcalde y de un jefe de la policía, ambos afroestadounidenses. También lo son la mayoría del Concejo Municipal y de la junta escolar.

Selma no es atípica. La tasa de pobreza en la ciudad de Detroit, ciudad controlada durante décadas por una clase política predominantemente afroestadounidense (y que ha perdido casi dos tercios de su población en las últimas décadas) es aún mayor que la de Selma. La. Un proceso similar ocurre en ciudades a través los Estados Unidos.

Obama, el primer presidente de origen afroestadounidense, representa algo así como el punto cúlmine de estos procesos. Ni los embustes ni la demagogia del discurso de Obama en Selma pueden ocultar el enorme abismo de clase entre los trabajadores y jóvenes abnegados envueltos en la lucha por los derechos civiles y el gobierno que él dirige y. Aquellos lucharon por la igualdad. Éste defiende el privilegio.

En su discurso, Obama citó las palabras inmortales de la Declaración de Independencia, "Todos los hombres son creados iguales"; en verdad el gobierno de Obama existe en el contexto de una sociedad dominada por niveles de desigualdad nunca antes vistos en la historia estadounidense.

Obama se refirió a la necesidad de "honrar la valentía de estadounidenses ordinarios dispuestos a aguantar garrotes y cachiporras, gases lacrimógenos y el pisoteo de caballos", en contraste este presidente está entronizado sobre, y es parte de, una máquina militar, de espionaje, y policial de inmensa brutalidad, que conduce un reino de terror sobre jóvenes de la clase obrera de todas las razas.

Apenas la semana pasada, el gobierno de Obama anunció su decisión de no acusar, en tribunal federal, al agente de policía que mató a Michael Brown, un adolescente negro desarmado, en Ferguson, Missouri en agosto pasado. El fin de semana, otro joven desarmado fue asesinado a tiros a sangre fría por la policía en Madison, Wisconsin.

Obama comentó en su discurso que sólo un tercio, o menos, de los votantes participó en las últimas elecciones. "¿Cuál es nuestra excusa hoy para no votar?", Preguntó.

No respondió, y no podría, responder. La "excusa" es poderosísima: Años de duras experiencia le han enseñado a millones de trabajadores que no hay diferencia entre los dos partidos de las grandes empresas, tampoco entre los políticos representantes de las grandes corporaciones y casas financieras, cualquiera sea su color de piel.

Tal vez la mayor mentira de todas ese día es la afirmación de Obama, de que la misión a completar del movimiento de derechos civiles se define en términos raciales, posición con que concuerdan muchas de las organizaciones de la "izquierda" liberales que orbitan del Partido Demócrata.

En el momento de las marchas de Selma, el racismo sistemático, legitimizado por el Estado, era un factor importante de la vida política estadounidense. Aun en ese entonces, sin embargo, el racismo estaba subordinado a, y derivaba de la dominación de clases. Era manipulado para dividir los trabajadores y así impedir luchas unidas contra el sistema capitalista.

En relación a las explosivas batallas entre clases de esa época, los sindicatos, los grupos de influencia de los derechos civiles y una sarta de organizaciones de clase media se esforzaron para oscurecer las cuestiones fundamentales de clase y mantener el control de la manija del poder en manos de la burguesía y de sus representantes políticos. La cuestión fundamental era entonces la necesidad de forjar una dirección revolucionaria para unir a la clase obrera contra la causa raíz de la represión, la desigualdad y la guerra: El sistema capitalista.

Cincuenta años después, las cuestiones clasistas fundamentales resaltan aún más. Mientras que el racismo todavía existe y juega un papel en la vida estadounidense, ahora marcha brazo con brazo con la política estratégica de identidad fomentada por el Estado. Ambas tienen el mismo fin: Que los trabajadores se peleen entre sí para impedir la unidad de la clase obrera. A medida que entramos en un nuevo período de combatividad proletaria, la cuestión candente sigue siendo la de dirección política. La herencia de Selma, la misión por terminar, es desarrollar una dirección revolucionaria para cumplir con la reorganización socialista de la sociedad.

Fred Mazelis y Joseph Kishore