Trump y el conflicto entre Europa y EE.UU. que se avecina

23 enero 2017

La inauguración de Donald Trump como presidente de Estados Unidos supone el inicio de un deterioro sin precedentes en las relaciones entre EE.UU. y Europa establecidas en la posguerra, sobre todo entre Estados Unidos y Alemania.

El traspaso de poderes fue precedido por una entrevista de Trump con los periódicos Sunday Times de Gran Bretaña y Bild de Alemania, donde protestó airadamente contra las instituciones que han formado la base del orden europeo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Trump aplaudió la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (UE), describiendo dicha asociación como un instrumento de dominación alemana, y predijo que “otros se irán”. “Mira, la UE se formó parcialmente para vencer a los Estados Unidos en comercio. ¿De acuerdo? Por lo tanto, realmente no me importa si se separa o permanece junta, a mí no importa”, dijo Trump.

Amenazó además a la industria automotriz alemana con imponerle sanciones y culpó a la canciller alemana, Angela Merkel, de mantener una política desestabilizadora hacia los refugiados. También se opuso a las sanciones contra Rusia y declaró que la OTAN era “obsoleta”.

Ningún otro presidente en la historia ha declarado que una de sus metas sea desintegrar la Unión Europea. Trump dejó claro en la entrevista que una de sus intenciones es hacer que Gran Bretaña se oriente contra Alemania. Se solidarizó además con el Partido de la Independencia del Reino Unido (United Kingdom Independence Party; UKIP) y con otros partidos derechistas anti-UE.

La respuesta de la élite política de Europa fue uniformemente hostil. En Alemania, Merkel respondió: “Creo que nosotros los europeos tenemos nuestro destino en nuestras propias manos”. Sigmar Gabriel, un miembro de la coalición gobernante de Merkel, del Partido Socialdemócrata, insistió, “No podemos adoptar una actitud servil ahora... Al tratar con Trump, necesitamos autoconfianza alemana y una postura clara”.

El presidente francés, Francois Hollande dijo que, a partir de ahora, “la cooperación transatlántica” dependerá de los “intereses y valores” propios de Europa.

La prensa europea y los distintos grupos de reflexión o think tanks predijeron una erupción de militarismo y tensiones nacionalistas. “Si el presidente Trump cuestiona la decisión europea, los Estados miembros de la UE tendrán que considerar ampliar su autonomía estratégica potenciando la defensa colectiva en la UE”, dijo Félix Arteaga del Real Instituto Elcano de Madrid.

Judy Dempsey de Carnegie Europe aseveró que Trump podía “reavivar viejos temores sobre un cerco alemán” para fomentar que varios Estados se unan y amenacen a Alemania. “Ya que esta es la nueva perspectiva política de futuro, Europa y Alemania tienen que responder”.

En el diario inglés The Guardian, Natalie Nougayrède planteó: “Europa podría presenciar una reaparición de zonas de influencia... con los gobiernos apresurándose para proteger sus propios intereses independientemente del costo para sus vecinos y para el futuro del continente.”

La postura de “EE.UU. ante todo” de Donald Trump representan un cambio sísmico en las relaciones políticas con Europa. El Christian Science Monitor cita a John Hulsman, un especialista en relaciones transatlánticas, quien critica a las “élites europeas” por haberse “acostumbrado a líderes estadounidenses 'Wilsonianos' que no cuestionaban el dominio estadounidense del sistema de posguerra internacionalista”, y no se han podido ajustar lo suficientemente rápido a una “cosmovisión de EE.UU. 'Jacksoniana' y más nacionalista como la que promueve Trump”.

Estas tendencias más nacionalistas habían quedado en desuso hasta recientemente. La clase gobernante estadounidense reconocía que el uso desmedido de su fuerza socavaría su capacidad de ejercer una hegemonía global eficaz. Uno de los aspectos que más molesta a las agencias de inteligencia estadounidenses sobre Donald Trump y sus relaciones con el presidente ruso, Vladimir Putin, es que creen que una amenaza de agresión rusa constante es esencial para preservar el dominio que Estados Unidos ha mantenido durante mucho tiempo en Europa a través de la OTAN y la UE.

La última vez en que surgieron tensiones entre EE.UU. y Europa fue en el 2003, antes de la guerra contra Irak, cuando el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, denunció a Francia y Alemania por no apoyar a EE.UU. en Irak. Rumsfeld llamó a ambos países la “vieja Europa” y contrapuso a los Estados de Europa del Este en contra de ellos.

El 26 de enero del 2003, el World Socialist Web Site publicó una perspectiva de David North, bajo el título “¿Cómo tratar con Estados Unidos? El dilema europeo”.

North explica que las relaciones de la posguerra entre EE.UU. y Europa, de 1945 hasta 1991, “estaban enraizadas en la valoración de sus propios intereses económicos y geopolíticos esenciales dentro del contexto específico de la Guerra Fría”. Continúa: “La actitud de Estados Unidos hacia Europa era determinada por la necesidad de (1) aislar a la Unión Soviética y minimizar su influencia en Europa Occidental (‘contención’) y (2) evitar la revolución social en un momento en el que la clase obrera europea era altamente militante y estaba extremadamente politizada.

“Durante ese período, las relaciones estadounidenses hacia Europa Occidental eran realmente una excepción a la norma histórica. La tendencia más fundamental del capitalismo norteamericano, arraigada en su aparición relativamente tardía como una gran potencia imperialista, ha sido mejorar su posición geopolítica a expensas de Europa”.

Entonces luego agrega, “El colapso de la Unión Soviética alteró de manera fundamental el marco internacional en el que se basaban las relaciones diplomáticas de la posguerra. Ya Estados Unidos no tenía la necesidad de apuntalar a la burguesía europea occidental como una línea de defensa contra la Unión Soviética, mientras que se creó un vacío de poder sin la URSS que EE.UU. se propuso explotar decididamente”.

En este contexto, se refirió a la advertencia profética hecha por León Trotsky en 1928:

Durante la época de la crisis, la hegemonía de Estados Unidos se hará sentir más completa, más clara, más implacablemente que en un período de prosperidad. Estados Unidos liquidará y vencerá sus dificultades y sus perturbaciones ante todo en detrimento de Europa, y nada importa que esto ocurra en Asia, en Canadá, en América del Sur, en Australia, o en la misma Europa, o que sea por procedimientos ‘pacíficos’ o militares”.

El dilema anticipado en el 2003, ahora asume su significado pleno. Varios sectores de la burguesía estadounidense siguen oponiéndose a las arremetidas del presidente entrante contra la Unión Europea y Alemania. El secretario de Estado saliente, John Kerry, describió a la canciller Merkel como “valiente” y a las declaraciones de Trump como “inadecuadas”. No obstante, independientemente de este o aquel desacuerdo, EE.UU. está siendo propulsado por fuerzas objetivas hacia una guerra comercial y medidas proteccionistas con el fin de contrarrestar cualquier amenaza a su hegemonía mundial. Dicha trayectoria es sumamente empinada, tomando en cuenta la caída de su posición económica, los retos planteados por el surgimiento económico de China y de otras potencias rivales y la serie de desastres militares que le han acontecido desde el 2003. Este proceso torna inevitable un conflicto con Europa.

No es posible predecir detalladamente las consecuencias de este reordenamiento geoestratégico, como cuáles alianzas se formarán entre Alemania, Francia, Gran Bretaña y Rusia o el papel exacto que tomará China como un potencial contrapeso para Estados Unidos.

Pero no hay duda de que habrá una erupción de antagonismos nacionales, con el programa de Trump siendo replicado en una “Alemania ante todo”, “Gran Bretaña ante todo” y “Francia ante todo”, lo cual podría conducir a un continente europeo dividido en bloques de poder.

Los esfuerzos para una integración europea bajo el capitalismo están llegando a su fin, desatando a los demonios políticos que pretendían contener.

Las promesas de prosperidad y paz a través de la unión política y el mercado único ya se desvanecieron. En cambio, están tomando su lugar la reacción ultraderechista y los partidos de tendencia fascista en cada país. Mientras las distintas potencias europeas reiteran la necesidad de militarizarse y las tropas de la OTAN se concentran en la frontera con Rusia, lo único en lo que todas concuerdan es continuar imponiendo medidas de austeridad.

Los ataques contra la clase obrera continuarán intensificándose conforme Berlín, París y Londres le exigen un “sacrificio nacional” aún mayor para competir contra sus rivales y poder dedicar las exorbitantes sumas de dinero necesarias para rearmar el continente entero.

La burguesía ha sido incapaz de resolver la contradicción fundamental entre el carácter integrado de la economía mundial y la división del mundo en Estados nación antagónicos, Dicha contradicción basada en la propiedad privada de los medios de producción está conduciendo al mundo a una nueva guerra de repartición.

La clase obrera en Europa deberá proceder desde un entendimiento de que el período de la posguerra —en el que varias generaciones han vivido sus vidas enteras desde 1945— ha terminado. Un nuevo período de preguerra ha comenzado, Los trabajadores europeos deben asumir la responsabilidad de rechazar todo el militarismo, guerra y medidas de austeridad de parte de todas las potencias imperialistas.

Por encima de todo, deberán unir sus luchas conscientemente con las de los trabajadores en Estados Unidos y el resto del mundo. La enorme oposición obrera al gobierno de oligarcas y militares de Trump será lo que le dé el impulso más fuerte y de mayor alcance a las luchas de la clase obrera europea.

Chris Marsden