El discurso fascista de Trump: un camino hacia la tercera guerra mundial

23 enero 2017

El discurso pronunciado por Donald Trump el viernes pasado en su inauguración como presidente no tiene ningún paralelo en la historia estadounidense. Fue una diatriba llena de violencia, nacionalismo y connotaciones claramente fascistas. Proclamando la ejecución de su programa “EE.UU. ante todo” (America First), Trump amenazó al resto del mundo con consecuencias graves si no le obedecen en cuestiones económicas y políticas.

Su intervención no fue ningún “discurso inaugural”, en el sentido de describir los ideales con los que gobernará e intentar darles a estos un significado universal, a pesar de lo vacío e hipócrita que sea el esfuerzo.

En pocas veces, los discursos de investidura se han convertido en referentes políticos- siendo Abraham Lincoln el más famoso de ellos. En la era moderna, en medio de la Gran Depresión, Franklin Roosevelt declaró que los estadounidenses no tienen “nada que temer, salvo al miedo mismo”.

El mensaje general de Trump el viernes fue todo lo contrario: “Nos da miedo el resto del mundo, pero debemos hacer que todo el mundo nos tema a nosotros.”

Su discurso disolvió cualquier expectativa que aún quedase de que, al asumir su cargo, aparecería una versión un poco más “presidencial” de Trump. Lo que hizo fue despotricar con un solo tono de voz: de enojo. El discurso sacudió al mundo para dejarle claro que el nuevo presidente de Estados Unidos es un megalómano fuera de control.

A diferencia de los presidentes estadounidenses que por más de un siglo han pretendido ser líderes del “mundo libre” o que han abogado por que EE.UU. participe en el desarrollo global, Trump considera que todos los otros países son enemigos económicos y los culpó por la crisis del capitalismo estadounidense. “Debemos proteger nuestras fronteras de los estragos de otros países que fabrican nuestros productos, toman nuestras empresas y destruyen nuestros empleos”, dijo.

Trump logró ganar gracias a los votos obtenidos en estados desindustrializados como Pennsylvania, Ohio, Michigan y Wisconsin, donde se aprovechó cínicamente de la devastación social en los pueblos fabriles y zonas rurales, promulgando una solución absolutamente reaccionaria y falsa: el nacionalismo económico.

Este fue el tema principal de su discurso inaugural. “Hemos enriquecido a la industria extranjera a expensas de la industria estadounidense... y gastado billones de billones de dólares en el extranjero mientras que la infraestructura nacional se ha deteriorado y caído en el abandono. Hemos enriquecido a otros países mientras la riqueza, la fortaleza y la confianza en nuestro país desaparecían tras el horizonte”, indicó Trump.

Trump resumió su postura chovinista con esta frase: “La riqueza de nuestra clase media ha sido arrancada de sus hogares y luego redistribuida por todo el mundo”. ¡Esto no es cierto! La riqueza producida por los trabajadores ha sido efectivamente robada y “redistribuida”, pero no por trabajadores extranjeros, sino por los grandes capitalistas estadounidenses —la pequeña élite de aristócratas financieros como el mismo Trump y gran parte de su gabinete de millonarios.

La “gran mentira” de Hitler fue culpar a los judíos, en vez de los capitalistas, por las consecuencias devastadoras de la crisis del sistema capitalista que produjo la Gran Depresión de la década de 1930. La “gran mentira” de Trump señala a otro chivo expiatorio para desviar la ira social tras la crisis económica del 2008, pero es igual de reaccionario y falso.

Al igual que en Alemania en los años 30, los intentos para restablecer la grandeza geopolítica de una nación a través de la autarquía económica y la expansión militar conducen inevitablemente a la guerra. El discurso de Trump confirma la perspectiva del Partido Socialista por la Igualdad de que el crecimiento del militarismo estadounidense en el último cuarto de siglo se origina en los esfuerzos violentos de la élite gobernante estadounidense para resolver el declive económico a largo plazo de Estados Unidos.

Trump plagó su discurso con el lenguaje del fascismo, sin duda asistido por su principal asesor político, Stephen K. Bannon, el previo director del noticiero Breitbart News, un refugio para “nacionalistas blancos” —es decir, supremacistas blancos, antisemitas y neonazis.

El nuevo presidente declaró: “Compartimos un mismo corazón, un hogar y un destino glorioso”. Exigió “lealtad a los Estados Unidos de América”, aclamó a “los grandes hombres y mujeres de nuestras fuerzas armadas y policiales”, pidió “un nuevo orgullo nacional” y concluyó que “todos sangramos la misma sangre roja de los patriotas”.

Su espeluznante promesa de destruir el “terrorismo islámico radical, que vamos a erradicar de la faz de la tierra” será tomado legítimamente como una amenaza por la población de Oriente Medio y por todo el mundo musulmán, alrededor de 1.600 millones de personas. Trump ya había establecido que buscará prohibir su entrada a EE.UU.

Sin duda, sus amenazas serán interpretadas como una declaración de guerra no sólo en Pekín, Moscú y Teherán, sino también en Berlín, París, Londres y Tokio. Cuando dijo que “todos los países tienen el derecho a poner sus propios intereses por delante”, anunció el inicio de una lucha a muerte entre las potencias imperialistas en busca de mercados, materias primas, mano de obra barata y puntos geográficos claves. La inexorable lógica de esta orientación conduce a una guerra mundial.

Las implicaciones del programa ultranacionalista y de expansión militar de Trump para los derechos democráticos del pueblo estadounidense son verdaderamente ominosos. El presidente estadounidense representa a una oligarquía financiera despiadada que no tolerará ninguna oposición, sea extranjera o doméstica. Su llamado a construir una fortaleza estadounidense -dirigida contra cada país en el mundo- significa la represión de toda disidencia doméstica.

Es notable de que no haya hecho referencias a tradiciones democráticas, algo usual en las inauguraciones de presidentes. No rindió ningún homenaje al proceso electoral, ni apeló a las decenas de millones que no votaron por él, tampoco buscó asegurarle a los que se oponen a su presidencia que sus derechos serán respetados, ni prometió ser un presidente para “todas las personas”. Tras recibir sólo el 44 por ciento de los votos en las elecciones, no mencionó esto ni el hecho de que su rival demócrata, Hillary Clinton, obtuvo casi tres millones de votos más que él.

En cambio, Trump denunció a “un pequeño grupo en la capital de nuestra nación” identificados como “políticos” y “el establishment”, en otras palabras, todos aquellos sentados a su alrededor en el Capitolio, incluyendo a congresistas, senadores y expresidentes. Declaró que esta élite va a perder todo su poder, porque “estamos transfiriéndolo de Washington, DC, a ustedes, al pueblo”, con Trump, por supuesto, representando el “pueblo”.

Solamente se puede sacar una conclusión seria sobre el discurso de Trump: él busca desarrollar un movimiento fascista estadounidense, ofreciéndole un chivo expiatorio para acusar por los crímenes y fracasos del capitalismo, demonizando a cualquier opositor como desleal y presentándose a él mismo como la personificación de la voluntad de la población y como su única salvación ante la crisis.

Trump ha formado un gabinete de multimillonarios, ideólogos ultraderechistas y exgenerales militares que están planeando ir más allá de lo que nadie se imagina en avanzar un programa de guerra, ataques contra los derechos democráticos, contra los empleos y los niveles de vida de los trabajadores.

El Partido Demócrata no se opondrá a Trump. Sus líderes, incluyendo a Obama, escucharon tranquilamente la diatriba belicista y antidemocrática de Trump como si fuese cualquier otro discurso “normal”. Durante el período de relevo, Obama sembró complacencia sobre la próxima administración, mientras que los congresistas demócratas prometieron trabajar con Trump y acoger su tóxico y reaccionario nacionalismo económico.

Se avecinan grandes estruendos para la clase obrera. Cualquiera que sea su confusión al principio, si votaron por Clinton o Trump o se negaron a elegir entre ellos, se darán cuenta rápidamente de que este gobierno es su enemigo. El capitalismo estadounidense se ha encaminado hacia el desastre y solamente un movimiento revolucionario de la clase obrera podrá detenerlo.

Patrick Martin