La patología social de la masacre en Las Vegas

5 octubre 2017

En otro derroche de violencia brutal e impersonal, al menos 59 personas fallecieron y 527 salieron heridas cuando un festival musical al aire libre en el famoso bulevar Strip de Las Vegas, al que atendían más de 20 000 personas, se convirtió en un campo de guerra.

El presunto atacante, Stephen Paddock, utilizó múltiples armas semiautomáticas que fueron convertidas para uso automático con un accesorio conocido en inglés como “bump-stock” —disponible por sólo $40 por arma— para abrir fuego contra una multitud indefensa desde su posición elevada en el piso 32 del hotel y casino Mandalay Bay. Después del ataque, tomó su propia vida.

Paddock pudo crear un campo de fuego militar, disparando casi 100 rondas por minuto. Al ser encontrado, tenía alrededor de 20 armas, gran parte de ellas semiautomáticas y de gran potencia, junto con municiones adicionales. Los primeros minutos de disparos activaron la alarma de humo, lo que le permitió a la policía localizar a Paddock más rápido que en una búsqueda del enorme hotel de 3300 cuartos, un hecho que sugiere que el saldo de muertes y heridos pudo haber sido mucho mayor.

Aún se desconocen los motivos, y su identidad da pocas indicaciones de qué lo llevó a un acto tan sanguinario. Paddock tenía 64 años de edad, compartía un hogar acomodado con una pareja de sexo femenino y, según algunos reportes, su situación financiera era cómoda. Uno de sus hermanos lo describió como un inversor multimillonario en bienes raíces. Tenía una licencia de piloto y era dueño de dos avionetas. No se sabe de ninguna asociación religiosa ni política.

Sí tiene un historial de enfermedades mentales en su familia. El padre de Paddock, Richard Hoskins Paddock, fue un ladrón de bancos y lo llegaron a diagnosticar como psicópata. Estuvo en la lista de los más buscados por el FBI por casi una década. Sin embargo, Stephen Paddock perdió contacto con su padre desde los siete años y no hay reportes de tratamientos ni síntomas relacionados a algún desorden psicológico

Como en casi todos los tiroteos, el atacante no conocía a los que fallecerían o saldrían heridos. No existían para él como individuos. Paddock no veía a los espectadores del concierto congregados bajo él como fraternales seres humanos, sino como objetos que había que destruir. Las víctimas fueron el blanco indiscriminado del odio descontrolado e impersonal de un atacante indiferente a sus futuros y a la vida de sufrimiento que ahora les espera a sus familiares y amigos.

Claramente, este no fue el acto de una persona normal. Algún tipo de enfermedad mental, incluso si no llegó a ser diagnosticada, tuvo que ser parte del crimen de Paddock. Sin embargo, definitivamente hubo un elemento inducido socialmente en este terrible evento. La frecuencia de tales acontecimientos no puede ser explicada en términos puramente individuales ni personales. La masacre de Las Vegas es un crimen característicamente estadounidense, emergiendo de la patología social de una sociedad profundamente dañada.

¿Cuál es el contexto social de este último asesinato en masa dentro del país? Estados Unidos ha estado en guerra de forma prácticamente continua por los últimos 27 años. El gobierno estadounidense ha tratado a decenas de millones de personas en Oriente Medio, Afganistán y África como blancos de exterminio con bombas, balas y misiles de drones. La guerra ha penetrado profundamente la cultura estadounidense, siendo celebrada interminablemente en filmes, programas televisivos, música e incluso en los deportes.

Las relaciones sociales dentro de EUA, caracterizadas por el aumento de la desigualdad social en una escala mayor a la de cualquier otra época del país, ha alimentado una cultura de indiferencia e incluso desprecio hacia la vida humana.

Un detalle revelador: el día en el que la prensa se colmó de reportes sobre el peor tiroteo masivo en la historia estadounidense, el mercado bursátil continuó su constante alza, alcanzando nuevos récords para el índice bursátil Dow Jones y otros. Wall Street está celebrando en anticipación de que el Gobierno de Trump promulgue el mayor recorte fiscal para la élite corporativa y los superricos en la historia.

Los daños que ha sufrido la sociedad estadounidense por las constantes guerras y el aumento de la desigualdad social se han visto reflejados en la interminable serie de eventos como el tiroteo en Las Vegas. Con sólo el 5 por ciento de la población mundial, Estados Unidos compone el 30 por ciento de los tiroteos masivos. La magnitud de los horrores como este está incrementando: los peores cuatro tiroteos masivos, en términos de su cifra de víctimas, y seis de los siete peores, han sucedido desde el 2007.

Los comentaristas de la prensa corporativa y de los oficiales gubernamentales son incapaces de emitir más que expresiones superficiales de shock y congoja ante tales atrocidades, que ocurren con una frecuencia atroz en EUA. Pero, para el presidente Trump, incluso dichas declaraciones mecánicas son demasiado qué pedir. Sus comentarios el lunes por la mañana fueron banales y palpablemente insinceros. ¿Cómo podría tal mentiroso patológico y misógino vulgar ser tomado en serio cuando comienza con las palabras, “La Escritura nos enseña”?

En cuanto a su idiota declaración de que la matanza en Las Vegas es “el mal puro”, tal caracterización no explica nada. Ni siquiera explica a Trump mismo, quien dio un discurso hace doce semanas en la Organización de las Naciones Unidas amenazando con incinerar con armas nucleares a los 27 millones de habitantes de Corea del Norte. Incluso así, el eterno adulador de CNN describió sus declaraciones transmitidas por televisión como de un “tono perfecto”.

Trump está programado para visitar Las Vegas el miércoles, un día después de su igual de escenificada y falsa muestra de compasión que tiene preparada para Puerto Rico. Ahí, verá la devastación ocasionada por el huracán María, mientras sigue su disputa por Twitter con los funcionarios locales que se atrevieron a criticar la mal ejecutada respuesta federal a la catástrofe.

En los 16 años desde los atentados del 11 de setiembre, durante los cuales el gobierno estadounidense ha estado supuestamente librando una “guerra contra el terrorismo”, un promedio de un estadounidense cada año ha sido asesinado por un terrorista extranjero. En el mismo periodo, al menos diez mil estadounidenses han sido matados por otros estadounidenses. Los tiroteos masivos como los de Virginia Tech, Newtown, Orlando y ahora Las Vegas han matado a más estadounidenses que todos los atentados terroristas en ese periodo.

Es vital que se investiguen más las circunstancias de la tragedia en Las Vegas. Sin embargo, se puede sacar ya una conclusión: lo ocurrido el domingo por la noche afuera del hotel Mandalay Bay fue la manifestación de una seria enfermedad en la sociedad estadounidense.

Patrick Martin