¡Manténganse fuera de Venezuela!

6 febrero 2019

En las casi dos semanas desde la siniestra farsa de la “autoinvestidura” de Juan Guaidó como el “presidente interino” designado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, el imperialismo estadounidense, con la ayuda de las principales potencias europeas, Canadá y los Gobiernos derechistas de América Latina, está cerrando el nudo para asfixiar a Venezuela.

El lunes, Alemania, Reino Unido, Francia, España y la mayoría de las otras potencias europeas se alineó tras Washington reconociendo a Guaidó, un operador político del partido de extrema derecha, Voluntad Popular, como presidente venezolano.

Pese a ser prácticamente un don nadie político en Venezuela hasta que fue instalado como presidente de la Asamblea Nacional menos de tres semanas antes del comienzo del intento de golpe respaldado por EUA, es muy bien conocido en los pasillos del Departamento de Estado y las oficinas de la CIA en Langley, Virginia, ya que ha estado siendo financiado por la rama de la agencia, la National Endowment for Democracy (NED, Fondo Nacional para la Democracia), y entrenado en los métodos de las “revoluciones de colores” de ONGs financiadas por los mismos Estados Unidos.

El apuro de las potencias europeas a proclamar a una figura no elegida como presidente legítimo de Venezuela está siendo impulsado por el temor del imperialismo europeo de quedarse excluido del barullo por el petróleo venezolano —los mayores yacimientos comprobados del planeta—, según Washington se prepara para invadir directamente el país o provocar un golpe militar que podría sumir a Venezuela en una sangrienta guerra civil.

Al apoyar un acto de explícita criminalidad por parte de Washington, los imperialistas europeos están esperando recibir el mismo cheque en blanco para sus propios crímenes en África, Oriente Próximo y más allá. Al mismo tiempo, se ven compelidos a participar activamente en el reparto de Venezuela en pro de sus propias inversiones de capital en América Latina, las cuales superan las de EUA y China. Esto se da en el contexto de que Washington está una vez más buscando reafirmar su hegemonía irrestricta en su “propio patio”.

La conspiración contra Venezuela es predatoria en todo el significado literal de la palabra. Es un saqueo rotundo. Washington ha tomado control de los activos del Gobierno venezolano en EUA, incluyendo las refinerías y la empresa de distribución Citgo, supuestamente en nombre del títere estadounidense, Guaidó. Por su parte, este títere ha anunciado públicamente a grandes rasgos un plan económico para establecer un régimen patrocinado por EUA que abriría los yacimientos petroleros estratégicos del país al control y explotación directos de los conglomerados energéticos estadounidenses.

Los oficiales estadounidenses no han escondido el hecho de que su objetivo es afianzar el control de los conglomerados energéticos estadounidenses sobre los vastos yacimientos del crudo venezolano, así como expulsar la sustancial influencia en el país de China y Rusia, las “grandes potencias” rivales contra las cuales Washington está preparando una guerra mundial. Este objetivo amenaza con convertir a América Latina en un campo de batalla para una tercera guerra mundial con armas nucleares.

Las transparentes excusas avanzadas para encubrir este ejercicio de criminalidad y saqueo consisten en que Washington está apoyando la “democracia” en Venezuela” y está interesado en proveer asistencia “humanitaria” a su población. Ninguna persona—mucho menos el propio pueblo venezolano—pueden creer tales mentiras. Este mismo Gobierno estadounidense se ha comprometido a apoyar incondicionalmente a regímenes como el del general Sisi en Egipto, quien asesinó a miles y encarceló a decenas de miles de sus oponentes, y la sanguinaria dictadura monárquica del príncipe heredero, Mohamed bin Salman, en Arabia Saudita.

La consolidación del poder en las manos de alguien como Guaidó y Voluntad Popular no dará paso a ningún florecer democrático, sino a la imposición de una dictadura derechista de la oligarquía empresarial venezolana y el Fondo Monetario Internacional, cuya primera tarea será ahogar en sangre la resistencia de los trabajadores venezolanos a la austeridad y la opresión.

Al mismo tiempo en que dice que su inspiración proviene de las urgentes necesidades humanitarias de comida y medicina de los venezolanos, Washington continúa dando su apoyo indispensable a la guerra cuasigenocida que ha empujado a 16 millones de yemeníes al borde de la inanición.

La farsa humanitaria está siendo puesta a máxima potencia. El lunes, Guaidó anunció que solicitaría una “gran movilización” para exigir que recibir la entrega de comida y suministros organizada por USAID y posicionada en las fronteras con Colombia y Brasil, los cuales son gobernados por los dos Gobiernos más derechistas de América Latina.

Ni siquiera se busca ocultar el hecho de que esta “ayuda” busca provocar una ruptura dentro del ejército venezolano o una confrontación en las fronteras del país para aprovechar como pretexto para una intervención militar.

La clase obrera, tanto en Venezuela como internacionalmente, debe rechazar las provocaciones imperialistas con aborrecimiento y movilizar todas sus fuerzas para defender a Venezuela contra una intervención imperialista estadounidense que busca convertir al país latinoamericano en una semicolonia.

Defender a Venezuela, un país oprimido, ante la agresión imperialista, no requiere de ninguna manera que el Gobierno de Nicolás Maduro y el legado chavista se pinten positivamente.

El Gobierno venezolano bajo Maduro, así como lo fue bajo su predecesor, Hugo Chávez, es un Gobierno burgués que defiende la propiedad privada y los intereses del capital financiero, incluso cuando la crisis capitalista mundial y las sanciones cada vez más punitivas impuestas por Washington han decimado los niveles de vida de la clase obrera venezolana. Bajo ambos, el Gobierno promovió el crecimiento de una nueva capa de la clase capitalista gobernante venezolana, la llamada boliburguesía, que se llenó los bolsillos con contratos gubernamentales, especulación financiera y corrupción.

Mientras que el Gobierno de Chávez pudo desviar una porción de los ingresos provenientes del petróleo y el boom de los precios de las materias primas para financiar cierta asistencia social a las empobrecidas masas venezolanas, el recrudecimiento de la crisis capitalista mundial y el colapso de los precios del petróleo evisceraron en gran medida estos programas. El peso completo de la crisis económica fue colocado sobre las espaldas de la clase obrera, mientras que el Gobierno dirigió su represión cada vez más contra los trabajadores que han estado luchando por sus derechos sociales y democráticos, no contra sus oponentes derechistas.

Con la burguesía venezolana incapaz de maniobrar una salida a la crisis económica y social y con los trabajadores venezolanos aún incapaces para presentar un desafío revolucionario al orden capitalista, los Gobiernos de Chávez y Maduro asumieron un carácter cada vez más bonapartistas, apoyándose, en el último análisis, en el ejército y las fuerzas de seguridad, precisamente en quienes Washington hoy busca pescar.

Son precisamente el carácter de clase y las políticas de estos Gobiernos lo que han dejado a Venezuela vulnerable a una intervención y conquista imperialistas. Maduro ha dirigido sus apelaciones a la oposición derechista y a Trump en busca de un “diálogo” y más reciente le insistió al papa que él está “al servicio de la causa de Cristo” en Venezuela.

A este Gobierno le es imposible apelar a la clase obrera. Teme armar a las masas para enfrentar una intervención imperialista. Y no tiene la intención de expropiar los sustanciales intereses capitalistas extranjeros en Venezuela, incluyendo los de Chevron y Halliburton, como represalia a las acciones predatorias del imperialismo estadounidense.

La única respuesta progresista a esta crisis cada vez más peligrosa en Venezuela es la intervención política independiente de la clase obrera, luchando por armar las masas, tomar control de la propiedad burguesa y los activos capitalistas extranjeros y colocar la gran riqueza petrolera del país bajo control popular.

Dicha lucha solo se puede librar por medio de la unidad internacional de la clase obrera. Los trabajadores de Estados Unidos, Europa y Canadá deben oponerse a la intervención imperialistas, reaccionaria y predatoria en Venezuela y luchar por unir sus luchas con aquellas de los trabajadores en Venezuela y toda América Latina contra su enemigo común, el sistema capitalista.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 5 de febrero de 2019)

Bill Van Auken