Cómo el WRP traicionó al trotskismo:1973-1985

36. “Mareados por el éxito” —el Sexto Congreso del WRP

Declaración del Comité Internacional de la Cuarta Internacional
21 febrero 2019

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Este es el trigésimo sexto de 43 capítulos que se publicarán diariamente. Originalmente fueron publicados como el Volumen 13, no. 1, de la revista Fourth International en el verano de 1986.

En 1985, después de un proceso prolongado de degeneración, el Workers Revolutionary Party, la sección británica del CICI, rompió en definitiva con el trotskismo. En mayo y junio de 1986, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional se reunió y realizó un exhaustivo análisis de las cuestiones teóricas, políticas e históricas involucradas en el colapso del WRP. “Cómo el WRP traicionó al trotskismo: 1973-1985” fue una labor clave en rearmar al movimiento y prepararlo para las batallas políticas en torno a la construcción de una dirección revolucionaria en la clase obrera. Estas lecciones son vitales para el desarrollo de nuevas secciones del CICI internacionalmente.

Cuando los delegados al Sexto Congreso del WRP se reunieron hacia fines del verano de 1983, pudieron celebrar los resultados que ocho angustiosos años de errores desastrosos habían traído. El partido que se había fundado solo una década antes ya estaba en su lecho de muerte política, sufriendo de un caso incurable de oportunismo que ningún líder dentro del WRP estaba dispuesto a diagnosticar, pese a todos los síntomas obvios.

El documento de perspectiva para el Sexto Congreso puso de relieve la degeneración casi insondable que el WRP y sus principales dirigentes habían sufrido. Habían llegado a una etapa tal que no solo eran incapaces de hacer un análisis político, sino que tampoco podían llevar a cabo las labores de su partido con un mínimo de honestidad. Healy, Banda y Slaughter vivían una mentira política consciente, tratando esconderles a los cuadros del partido lo que ellos sabían que era la pura verdad: que el WRP era una organización corrupta y comprometida cuyos dirigentes habían traicionado todos los principios por los cuales antes habían luchado.

El documento entero se caracterizaba por una pobreza teórica verdaderamente increíble. Casi no contenía nada que pudiera seriamente categorizarse como un análisis. Los primeros párrafos, que presentaban lo que se hacía pasar por una “perspectiva”, declaraban que:

Las contradicciones del imperialismo mundial han destrozado completa e irrevocablemente la economía capitalista mundial. Esto ha precipitado una crisis de sobreproducción y endeudamiento que está hundiendo al mundo en la recesión más devastadora de la historia y que está empujando al sistema bancario capitalista hacia un colapso inminente (Documentos y resoluciones del Sexto Congreso, pág. 17).

Lo que el documento ignoraba por completo eran las formas específicas y contradictorias de esta crisis. Tampoco hizo un análisis de la estrategia perseguida por la burguesía ni de los cambios en la política económica de las potencias imperialistas más poderosas. También ignoró todo análisis concreto de los problemas prácticos de los movimientos obreros europeos y del estadounidense. Es más, el documento solo contenía una referencia bien breve a los Estados Unidos, el centro del imperialismo mundial. Junto al “colapso inminente”, la resolución principal declaraba que “se presenta ante la clase trabajadora de las naciones capitalistas avanzadas y los países coloniales una posibilidad decisiva e inminente de luchas revolucionarias por el poder...” (ibídem, pág. 18).

La marcha del centenario de Marx en 1983

En la segunda sección sobre “La lucha por el poder”, la resolución afirmaba que:

En Reino Unido, la reelección del gobierno de Thatcher el 9 de junio acelera la crisis económica, social y política que tiene al capitalismo inglés en sus garras e intensifica enormemente la lucha de clases.

La clase trabajadora se enfrenta a un violento gobierno favorable a la guerra de clases que está utilizando su mayoría parlamentaria para arrogarse poderes absolutos y así imponer su despiadada política regresiva (ibídem).

No hubo el menor afán por explicar la relación entre la proximidad de las luchas revolucionarias por el poder y la reelección de Thatcher. ¿Por qué, si es que una situación revolucionaria existía en Inglaterra, la clase media había dado media vuelta y había apoyado a los conservadores tan masivamente? ¿Existía alguna razón económica detrás de este fenómeno?

La escisión dentro del Partido Laborista y la formación del Partido Socialdemócrata no se evaluaron objetivamente desde el punto de vista de los cambios en las relaciones de clase. Al contrario, se le consideró de poca importancia como un plan puramente subjetivo “para negarle para siempre al Partido Laborista la oportunidad de formar otro gobierno” (ibídem).

La resolución continuaba: “Las medidas tipo estado de sitio que los conservadores han tomado significan una nueva etapa de agudización de la recesión mundial y una intensificación rápida de la lucha de clases” (ibídem, pág. 19).

Pero la verdad era que lo peor de la recesión mundial ya había pasado para 1983. La paralización que seguía azotando a la economía británica se contrastaba con la tasa de crecimiento de los Estados Unidos. Este crecimiento, sin embargo, no se caracterizaba por las inversiones productivas, sino por el aumento tan pronunciado del capital ficticio y el parasitismo financiero. Por lo tanto, el mejoramiento relativo no iba acompañado de ninguna reducción significativa de la tasa de desempleo o de la ofensiva burguesa que se había desatado contra los movimientos obreros de Norteamérica y de Europa. La escalada sin precedentes de fusiones entre las empresas capitalistas que inició en 1981, así como de las medidas que Thatcher implementó para convertir a empresas estatales en empresas privadas, reflejaba una reorganización del capital para amortiguar la caída de la tasa de ganancias con un aumento radical en la tasa de explotación de la clase trabajadora. Y todo esto mientras a la clase media se la recompensaba con ciertas ventajas financieras. Pero la resolución del WRP no hacía la menor mención de estos cambios, y mucho menos los analizaba y comprendía desde el punto de vista del desarrollo de la lucha de clases y las tácticas del partido revolucionario.

En vez de buscar lo concreto, la resolución se contentaba con permanecer en un nivel de abstracciones teóricas paupérrimas, tal como la que sigue:

No existe un solo problema al cual se enfrente la clase trabajadora —empleos, salarios, condiciones de trabajo, servicios sociales, vivienda, educación, atención médica o los derechos democráticos básicos— que se pueda mantener o defender sin la lucha revolucionaria por el poder. Esta es la realidad esencial y objetiva que surge de todas las condiciones impuestas por la crisis económica y política (ibídem).

Como perspectiva histórica, esta es una realidad, pero tal declaración, como perspectiva para guiar la práctica inmediata del partido, era insuficiente. Como Trotsky había escrito:

A cualquier idea, aunque sea correcta desde el punto de vista estratégico -revolucionario en general, se la puede convertir en una mentira y, peor aún, en una mentira reaccionaria, si no se la traduce al idioma táctico. ¿Es correcto que para destruir el desempleo y la miseria primero hay que destruir el capitalismo? Lo es. Pero solo los zoquetes más grandes concluyen de todo esto que no tenemos que luchar con toda nuestra fuerza hoy mismo contra las medidas de las que se vale el capitalismo para intensificar la miseria de los trabajadores (The Struggle Against Fascism in Germany, Merit, pág. 135).

Pero la resolución afirmaba lo siguiente: “Las ocupaciones que se lleven a cabo para prevenir la destrucción total de los muelles, las minas de carbón, las fábricas y los talleres han de respaldarse con la formación de Concejos Comunales, organizaciones de tipo soviético para establecer órganos de poder obrero” (Resolución, pág. 19).

Ya hemos examinado cómo Healy trató de hacer pasar a sus Concejos Comunales —concebidos como hijos del Estado capitalista cuyo propósito es defender a una de sus ramas— como sóviets genuinos. Pero, aparte de este fraude tan crucial, la referencia a los sóviets era pura fraseología vacía, ya que no se había establecido en términos teóricos serios la existencia de una situación revolucionaria real.

La resolución entonces trató de llenar el vacío teórico con una retórica tradicional: “El ritmo revolucionario de los sucesos llama al WRP a virar decisivamente hacia las capas más amplias de los obreros, sindicalistas y jóvenes para construir el partido, crear nuevas células y ampliar la circulación del diario News Line ” (ibídem).

La resolución entonces procedió a afirmar que el objetivo principal del partido era aumentar su militancia a 5.000 para el próximo noviembre. Luego, después del colapso del WRP en octubre de 1985, el Comité Internacional averiguaría que la militancia activa del WRP nunca había pasado de las 600 personas, por lo menos durante los años ochenta. Los miles a los cuales Healy se había referido, sin que Banda ni ninguna otra persona lo contradijera, eran las “almas muertas” del WRP, que existían solo como cifras en papeles, como cierta clase de capital humano ficticio que le exigía a la verdadera y declinante militancia del WRP un incremento constante de sus contribuciones al partido. Todas las campañas para reclutar militantes no tenían como meta final el aumento físico de trabajadores dentro del partido, sino el aumento per cápita de lo que cada célula pagaba al centro de Londres. Es decir, la cifra de miembros del WRP era un número imaginario y, mientras que era inútil para determinar la fuerza real del partido, era esencial para calcular los ingresos semanales de las células al centro.

Esta charlatanería organizativa se complementaba muy bien con la charlatanería política. El documento ni siquiera trataba de examinar el trabajo del partido dentro de los sindicatos —omisión que destacó el hecho de que ninguna labor sistemática se había realizado en ese ámbito desde la escisión con Thornett. No menos significativa fue la manera en la que el WRP trató de cambiar subrepticiamente la línea del partido en cuanto a los gobiernos locales sin analizar la labor del partido respecto a ellos durante los dos años anteriores —que, a fin de cuentas, se había basado en una definición incorrecta de su carácter de clase—.

El documento proponía dos perspectivas incompatibles. Los Concejos Comunales eran una vez más igualados a los sóviets:

El Concejo Comunal será el equivalente de los sóviets que la clase trabajadora rusa formó en su lucha por el poder. Tienen la responsabilidad inmediata de defender las ocupaciones obreras, proteger los servicios sociales esenciales de cada comunidad, darles vivienda a los despojados y proteger a las localidades de ataques fascistas, racistas, y policíacos.

Se convertirán en los órganos locales, regionales y nacionales del poder obrero y servirán como base de un Gobierno Obrero Revolucionario que nacerá mediante el derrocamiento del Estado capitalista por parte de la clase trabajadora bajo la dirección del Workers Revolutionary Party (ibídem, págs. 46-47).

Pero el carácter fraudulento de esa perspectiva se reveló claramente en el párrafo siguiente: “El papel de los concejos comunales también será históricamente decisivo en la movilización contra el intento del gobierno conservador de abolir el Concejo del Gran Londres y los seis concejos metropolitanos” (ibídem).

En otras palabras, se les asignó a los sóviets, cuya creación indica la existencia del poder dual, el papel decisivo para defender los órganos del dominio burgués. ¿Por qué ha de tener alguna importancia el GLC una vez que la clase trabajadora haya roto con el Parlamento y establecido sus órganos de poder?

En realidad, este tipo de alarde ultraizquierdista encubría el oportunismo más cobarde y una perspectiva no revolucionaria. “¡Levantemos Concejos Comunales para salvar al GLC!” Es como si Lenin hubiera movilizado a los bolcheviques con al grito de guerra: “¡Construyamos los sóviets para defender al Gobierno Provisional!”.

Pero la resolución no pudo evitar contradecir los fragmentos anteriores. Por primera vez, el WRP admitía que los concejos de los condados metropolitanos eran “instrumentos de dominio de la burguesía” y concedía que la “defensa de los servicios sociales y los derechos democráticos es una cuestión de clase. Solo puede lograrse por la clase trabajadora misma, no por grupos de concejales” (ibídem, pág. 47).

Sin embargo, no se dio la menor indicación de que esta nueva conclusión era una corrección de la línea anterior o de que necesitaba una reevaluación de la labor que el partido había desempeñado y de las relaciones que se habían establecido con tipos de la calaña de Livingstone y Knight. El próximo párrafo mostraba de hecho que esta “corrección” no buscaba más que acomodarse verbalmente a la indiscutible verdad de que el GLC y los concejos de los condados formaban parte del Estado capitalista. Por lo tanto, para reconciliar la vieja práctica oportunista con una genuflexión verbal de la ortodoxia, se avanzó una fórmula nueva:

Llamamos a los Concejos bajo control laborista a que salgan de sus cámaras y se metan en las comunidades para establecer una resistencia local masiva por medio de la formación de Concejos Comunales. Al depender de las comunidades locales e iniciar la campaña por los Concejos Comunales, los concejos bajo control laborista pueden darle a la clase trabajadora nuevas formas de organización para fomentar la fuerza independiente de la clase (ibídem).

Pero solo dos meses atrás el WRP había desestimado al Partido Laborista como una entidad nula. Ahora decía que los laboristas podían proveer el impulso necesario para movilizar independientemente a la clase trabajadora contra el Estado capitalista… ¡si tan solo salían de las cámaras de los concejos! No quedaba nada claro si tal convocatoria se hacía como una demanda para desenmascarar a los laboristas. Ni tampoco se podía reconciliar este llamado con lo que el WRP había repetido muchísimas veces desde 1981: que la lucha contra Thatcher requería que los concejales se quedaran en sus cámaras.

Todas las secciones del documento parecían haber sido escritas por oficinistas de cuerpos diplomáticos. El cinismo con el que los dirigentes del WRP trataban de reconciliar estas contradicciones políticas se ilustraba con alardes vacíos como el que sigue:

Todas las luchas teóricas y políticas desde ese tiempo (1938) que el CICI ha llevado a cabo contra el estalinismo, el reformismo y el revisionismo representan una gran conquista imperecedera para la clase trabajadora internacional.

Las formas de estas luchas tan decisivas —las escisiones y los debates sobre las cuestiones fundamentales del marxismo, en particular del marxismo como la teoría del conocimiento de la clase trabajadora— han preservado y profundizado la continuidad de la lucha por las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky dentro de la clase trabajadora; enseñanzas que fueron inmortalizadas por la Revolución soviética de 1917 (ibídem, págs. 20-21).

¡Qué montón de grandilocuencia vacía! El contenido político de estas frases frívolas no pesaba ni una onza. ¿A qué luchas se referían? ¿A qué enseñanzas? ¿A qué escisiones? ¿Qué debates? Todas estas perogrulladas eran presentadas a la militancia del WRP en la sección de la resolución titulada, “La crisis de dirección obrera”. Lo mejor que se podía decir de esta sección era que ilustraba la crisis que existía dentro del mismo WRP. Lo que no se podía decir era que mostraba cómo resolver este problema en Reino Unido o cualquier otra parte.

Las dos secciones que seguían —“Defender las victorias de Octubre” y “La lucha contra el estalinismo”— eran tan inservibles como la anterior; consistían en referencias abstractas a la Revolución de Octubre y a la fundación de la Cuarta Internacional. Pero de la crisis actual de la URSS y del estalinismo no se decía una sola palabra. Afganistán y Polonia ni se mencionaban. No presentaba ninguna información nueva —ni siquiera datos sobre la economía— para demostrar la necesidad de la revolución política.

A pesar de que el WRP todavía se encontraba en medio de su frenética campaña para reestablecer el control del Partido Comunista sobre el Morning Star, el documento no contenía ningún análisis de las raíces históricas y políticas de la crisis del PCGB ni de las facciones contrincantes. Lo único que se podía encontrar era una autoalabanza patética de que durante una manifestación de masas en Londres al terminarse la Marcha Popular por Empleos de 1983, “el WRP distribuyó miles de volantes reafirmando el principio [!] de que ‘El Morning Star es el diario del Partido Comunista’. El contenido de dicho volante se dirigía a miembros del Partido Comunista, así como también al movimiento obrero en general, para reafirmar la conexión histórica de nuestro partido con las grandes victorias de la Revolución Rusa encarnada en las relaciones de propiedad nacionalizada” (ibídem, pág. 40).

Ahora parecía que la continuidad histórica del movimiento trotskista en Reino Unido solo podía establecerse por medio del periodicucho estalinista.

La resolución ni siquiera abogaba por los Estados Unidos Socialistas de Europa en la sección consagrada al análisis del peligro de la guerra nuclear.

Una de las secciones más largas celebraba la marcha que se había organizado para conmemorar el centenario de la muerte de Marx.

La marcha dedicada al centenario de Marx fue sin duda una verificación [¿?] del método marxista, de la teoría abstraída dialécticamente para guiar la práctica dialéctica. Comprobó el principio sobre el cual Trotsky había hablado tantas veces: que “el marxismo es un método de análisis histórico, de orientación política y no de decisiones que se han preparado por adelantado” (ibídem, pág. 34).

Pero la marcha no tenía que ver nada con la verificación del método marxista según lo había definido Trotsky. Para empezar, Healy originalmente concibió la marcha como un modo de explotar el aniversario de Marx y así establecer conexiones con los socialdemócratas y estalinistas de Europa occidental y para resucitar el interés de varios regímenes de Oriente Próximo sobre el futuro del WRP, interés que venía decayendo por un tiempo. De ahí la razón que el lema de la marcha fuera “Solo el socialismo revolucionario de Karl Marx” —fraseología centrista clásica— para no tener que tildarse de trotskista. No había ningún eje político sobre el cual estaba centrada la marcha. Su propósito no era establecer nuevas secciones del CICI ni establecer el trotskismo como el marxismo contemporáneo. En la práctica, los que marchaban pasaban la mayor parte del tiempo tratando de obtener alojamiento y comida. No se les permitió usar parte del dinero que recaudaban para cubrir sus gastos diarios. Como resultado, a veces terminaban mendigando por las calles.

La resolución continuaba:

Para la marcha que comenzó el 12 de febrero de 1983, reunimos a 130 jóvenes, miembros de los YS [Jóvenes Socialistas] procedentes de ocho países. En sí [¿?] esto representó el eslabón histórico indisoluble [¿?] entre las luchas revolucionarias de la clase trabajadora de hoy y la filosofía revolucionaria de Karl Marx (ibídem).

Las conexiones que Healy establecía eran puramente imaginarias. Pero la declaración más delatora era la siguiente:

Las experiencias diarias de los marchantes los pusieron cara a cara con la recesión capitalista: fábricas y plantas de acero cerradas, sindicalistas y jóvenes desempleados, las preparaciones de la maquinaria estatal capitalista para la violencia (ibídem, pág. 35).

No es necesario marchar por toda Europa para verificar estos hechos. Cualquier joven que haya nacido en un país capitalista puede ver fábricas cerradas y sindicalistas desempleados cualquier día de la semana. Lo fundamental de la marcha era la política por la cual lucharon los marchantes entre los desempleados. ¿Se hicieron reuniones sobre el papel que juega el trotskismo en la lucha contra la socialdemocracia y el estalinismo? La resolución no ofrecía ninguna respuesta porque en realidad no tenía nada que reportar.

El Workers Revolutionary Party insiste en que solo uniendo la teoría y la práctica en el modo en que la marcha lo demostró se puede construir una dirigencia revolucionaria” (ibídem).

Ahí tenemos la “práctica de la cognición” de Healy en acción: enfrentar a los cuadros “cara a cara” con la recesión capitalista a través de sus experiencias “diarias” —mientras, claro, recaudaban grandes cantidades de dinero para llenar las arcas del WRP—. En vez de tratar de darle a la juventud una comprensión teórica del carácter de la sociedad de clases, Healy liquidaba el entrenamiento de los cuadros con un activismo ciego y, en cuanto a lo político se refiere, destructivo. La mayoría de los jóvenes que participaron en la marcha abandonaron las secciones del Comité Internacional tan pronto regresaron a sus países.

La sección de la resolución sobre las últimas elecciones generales no llegó en ningún momento a ser más que un reportaje de impresiones periodísticas. Le daba gran énfasis a la manera en la que los conservadores habían conducido su campaña electoral y de ahí sacaba las conclusiones más drásticas y ridículas que uno pueda imaginarse:

Durante tres semanas, los conservadores montaron una campaña costosísima por más de 15 millones de libras esterlinas. Deliberadamente taparon la crisis económica, el aumento del desempleo entre las masas y el impacto destructivo del monetarismo sobre la industria británica.

En su lugar, usaron técnicas de publicidad para crear un mundo irreal de “recuperación”, “seguridad” y “resolución”. Los periodistas conservadores de la radio, la televisión, y la prensa comercializaron a la misma Thatcher y la pintaron con colores de “invencibilidad”. Se usaron las encuestas de opinión pública no para analizar cómo pensaba el pueblo, sino para amoldar su pensamiento y para forzar a la clase media a que aceptara el thatcherismo… Toda esa actividad no fue más que un engaño electoral que reveló [¿a quién?] el fraude de las elecciones burguesas parlamentarias. Se reemplazó la tradición del voto secreto parlamentario con una coerción de las masas nunca antes vista en elecciones anteriores [¡¡!!]… [Las elecciones] revelaron la desesperación con la que Thatcher necesitaba ganarse a una mayoría parlamentaria intocable para establecer un gobierno conservador con poderes absolutos… (ibídem, pág. 41)

Parecía que el procesador de texto de Alex Mitchell estuviera descontrolado. Sin embargo, si lo que decía era verdad, ¿por qué no tomó medidas la dirigencia del WRP para movilizar a la clase obrera contra esta intimidación de las masas? O por lo menos, ¿por qué no hizo campaña para que el movimiento laborista investigara tales medidas? Pues, para decir la verdad, este impresionismo irracional formaba parte de la transición al concepto del bonapartismo conservador que llegaría a obsesionar al WRP en menos de un año.

La perspectiva de una dictadura de los conservadores era una alucinación política que ponía al desnudo el carácter totalmente pequeñoburgués de la dirigencia del WRP y su postración ante Thatcher y la burguesía. Incidentes de poca importancia que aparecían en los periódicos se convertían, en manos del WRP, en sucesos históricos de importancia mundial. Por eso, la resolución declaraba que la usurpación de poderes absolutos por parte de los conservadores se había “corroborado a los pocos días de las elecciones cuando Thatcher disolvió el Central Policy Review Unit (el llamado ‘Centro de pensamiento’) y lo reconstituyó en su propio despacho de la calle Downing [¡¡¡!!!]. Esta acción representaba un paso mayor constitucional [¡!] hacia el establecimiento de un gobierno presidencial que gobierna por medio de órdenes ejecutivas” (ibídem, págs. 41-42).

Mike Banda pronuncia discurso en la tumba de Marx en Londres al finalizar la Marcha de Marx

Así como el rey Jaime II se imaginó que podía detener la revolución burguesa con solo tirar el Gran Sello Real al río Támesis, Healy también concluyó que 300 años de democracia parlamentaria podían llegar a su fin reestructurando los cargos de unos cuantos burócratas en el número 10 de la calle Downing. Las exageradas implicaciones de las acciones de Thatcher seguían expandiéndose geométricamente:

En lugar de un gobierno basado en un gabinete y el debate parlamentario [como en los grandiosos viejos días de Baldwin, Churchill, McMillan y Heath], Thatcher y su círculo de compinches monetaristas tienen toda la intención de formar su política y de hacer sus planes legislativos con la aprobación automática del Parlamento. Así se termina el gobierno por consenso [¡¡¡!!! — à la Heath] y se inaugura [¡¡!!] una dictadura de los conservadores cuyas figuras de la trastienda de la calle Downing [ en vez de la trastienda de la calle Threadneedle ] ni se han elegido y ni le deben cuentas a nadie, porque tienen el poder y son los que en realidad hacen las leyes (ibídem, pág. 42).

Este era el lenguaje histérico de demócratas pequeñoburgueses aterrorizados que transformaban sus fobias en verdades universales. Durante la Segunda Guerra Mundial, hubo un patético grupo revisionista de inmigrantes alemanes que declararon que la victoria de Hitler había inaugurado una nueva época histórica de barbarie. Concluyeron que la perspectiva de la revolución socialista había sido borrada de la agenda histórica del futuro inmediato. Pero la Cuarta Internacional repudió esta lúgubre perspectiva. Solo Shachtman la encontró razonable. Aun así, se puede decir en defensa de estos “retrocesistas” (nombre con el que se llamaba a esta tendencia) que estaban reaccionando a las derrotas más desastrosas que el movimiento obrero había conocido en toda su historia. Pero, ¿qué se puede decir en defensa de Healy y Banda, que reaccionaban histéricamente… a la mudanza del “centro de pensamiento” de Thatcher?

Después de acabarse el Congreso y de que los delegados regresaran a sus áreas de trabajo, Healy aparentaba estar muy consternado: alguien podía leer los documentos más detalladamente y darse cuenta de la bancarrota de su contenido. A la semana, escribió un documento titulado, “Guía para poner en práctica las resoluciones adoptadas por el Sexto Congreso”, que se publicó como prefacio al folleto donde se publicaron los documentos del Congreso. Normalmente, en el movimiento trotskista, basta que los miembros del partido lean y evalúen el mérito de las resoluciones del Congreso. Estas se ponen a prueba midiéndolas contra el desarrollo objetivo de los acontecimientos políticos. Pero esta manera normal de hacer las cosas era demasiado simple para Healy… y muy peligrosa. Había que hacer que las resoluciones del WRP aparecieran más profundas. Así cualquier persona que no estuviera de acuerdo con ellas podía ser inmediatamente acusada de atacar la dialéctica y ser expulsada del partido. El “Departamento del Comité Central”, pues, produjo el siguiente galimatías:

Las cuatro resoluciones que el Sexto Congreso adoptó representan lo que el Congreso “afirmó”. En términos materialistas-dialécticos, representan ‘LO OTRO DE LO PRIMERO’ (LO OTRO DEL 6º CONGRESO). …

Del 6º Congreso surgieron decisiones (la afirmación) para unificarse con el Ser inmediato a través de la contradicción (lo afirmado). La presencia de lo afirmativo en lo negativo (la esencia absoluta) indicará el reconocimiento de los cambios que han tenido lugar desde el Congreso. Esto denota Semejanza y, a la misma vez, la Esencia Absoluta que ha de negarse en la antítesis por medio de la negación de la negación en nuestra “teoría del conocimiento”, la cual consiste del análisis “lógico” e “histórico” de los acontecimientos.

Se forma entonces una síntesis por medio de la esencia en existencia, lo cual, como resultado del análisis, las secciones de las resoluciones del Congreso que han adquirido urgencia emergen como “esencia” junto con los “cambios”. Tenemos que contraponer radicalmente a estas mismas “secciones” —que ya han cambiado en su esencia— unas contra las otras para poder determinar la esencia de los cambios que han transcurrido.

El Congreso, que procedió mediante la antítesis de la negación de la negación —que establece la síntesis—, permite que el análisis ante todo establezca con más claridad la importancia de que el carácter abstracto de las resoluciones del 6º Congreso se revele más claramente en la aprehensión del movimiento del pensamiento dialéctico (ibídem, págs. i-v).

En el WRP se había creado y santificado una especie de jerga fanática para mistificar y canonizar la política revisionista del grupito pequeñoburgués que dirigía la organización. A pesar de su excentricidad, esta grotesca perversión de la dialéctica llegó a constituir el modo esencial y consciente que Healy usó para desorientar, y por último destruir, los cuadros del WRP. Pero ya para esa época no le era ningún secreto a cierta sección bastante sustancial de la dirigencia del partido que las divagaciones incoherentes de Healy no tenían nada que ver con el marxismo. Más de año y medio había transcurrido desde que Slaughter y Banda habían expresado estar de acuerdo con la crítica desarrollada por el Workers League de la dialéctica de Healy. Pero estos siguieron defendiéndola ante los miembros, sabiendo bien que todo el propósito del esfuerzo era crear una atmósfera de tal confusión que el partido, sin que sus miembros lo notaran, se tragase una línea política derechista.

Como para hacer alarde de su propio cinismo, Banda y Slaughter respaldaron una resolución que específicamente definía Los Estudios de Healy como “parte fundamental” del adiestramiento dialéctico-materialista de los cuadros. Slaughter continuamente le brindaba su apoyo a la pandilla del Comité Político y los dos personificaban una conspiración que se había armado contra la militancia del partido. Y a esta militancia, claro, se le negaba la autoridad de poder controlar a sus líderes. En cierta ocasión, Slaughter introdujo una moción que le concedía a Healy una autoridad absoluta y supraestatutaria dentro del WRP.

Esta situación no puede atribuirse a los caprichos de un individuo. Dentro del WRP —partido que había surgido de la larga lucha por el trotskismo y que había reunido en su seno a los elementos más conscientes del proletariado británico— se libraba bajo la superficie una salvaje lucha de clases entre los elementos obreros y las capas bastante numerosas de profesionales y exestudiantes pequeñoburgueses que se habían unido al partido a finales de la década de los sesenta y a principios de la de los setenta. Healy empezó a apoyarse en este último grupo, el cual toleraba e incluso promovía sus grotescos abusos de autoridad. Le daban apoyo no solo porque les aceptaba su griterío, su histeria, y su modo de vida pequeñoburgués, sino porque, ante todo, aprobaban con entusiasmo su línea oportunista. Un catedrático universitario de la calaña de G. Pilling podía, sin ninguna explicación, desaparecerse por meses enteros y abdicar de todas sus responsabilidades políticas. Pero cuando elegía reaparecer, su asiento calentito siempre le estaba esperando en el Comité Central del WRP y hasta en el Comité Internacional, donde se dejaba usar por Healy para denunciar a los trotskistas genuinos que no conocían otra vida además del movimiento revolucionario.

Hemos dedicado bastante espacio al análisis de la resolución principal del Sexto Congreso porque esta establece que ya para 1983 el WRP había sido destruido por el oportunismo. La resolución fue la expresión de una intensa crisis dentro de la dirección del partido, que había abandonado toda lucha seria por el marxismo en la clase obrera. Ahora todo lo que se necesitaba para completar su caída en el abismo político era un empujón por parte de la clase trabajadora. Healy y sus compinches no tuvieron mucho que esperar.