Veinte años desde el bombardeo estadounidense de Yugoslavia

25 marzo 2019

El 24 de marzo habrán pasado veinte años desde que Estados Unidos y la OTAN libraron una guerra unilateral contra Yugoslavia, bombardeando Serbia y su capital, Belgrado, por 78 días seguidos. Fueron destruidas fábricas, escuelas, hospitales, así como puentes, caminos y la red eléctrica a fin de someter a la población serbia ante el dominio de los Balcanes por parte del imperialismo estadounidense y de Europa Occidental.

Los ataques aéreos mataron alrededor de 2.500 personas e hirieron a 12.500 más, según estimados serbios.

Uno de los ataques de EUA y la OTAN utilizó bombas guiadas con láser para destruir un puente ferroviario en el sur de serbia, matando al menos a 10 personas en un tren de pasajeros. Otras 21 personas fueron masacradas en un hogar de ancianos. Otro ataque deliberado para destruir la difusora de televisión RTS en Belgrado cobró la vida 16 trabajadores civiles.

De los actos más provocativos de la guerra, Estados Unidos llevó a cabo un bombardeo de la embajada china en Belgrado, matando a 3 personas. Washington afirmó que fue un “accidente”, pero Beijing y la población china percibieron correctamente que fue un acto de agresión que presagiaba una escalada de los preparativos militares estadounidenses contra China.

La operación “Noble Anvil” (Noble yunque), como fue nombrada la campaña de bombardeos, fue librada sin ninguna autorización por parte de las Naciones Unidas después de que el presidente serbio, Slobodan Milosevic, se rehusó a aceptar el llamado “Acuerdo Rambouillet”, el cual fue en realidad un ultimátum de EUA y la OTAN para exigirle a Belgrado que permitiera que las tropas de OTAN ocuparan Kosovo y tuvieran total libertad en el resto de Yugoslavia. Incluso el veterano criminal de guerra imperialista, Henry Kissinger, reconoció que el dizque acuerdo “fue una provocación, una excusa para comenzar el bombardeo”.

La guerra constituyó el capítulo final de la partición imperialista de Yugoslavia, un país que había existido desde 1918. Habiendo socavado la economía yugoslava, las principales potencias imperialistas promovieron el nacionalismo étnico —encabezado por exburócratas estalinistas yugoslavos convertidos en políticos capitalistas y comunalistas—, calentándose las manos sobre el incendio mientras empujaban a los serbios, musulmanes y croatas a masacrarse unos contra otros y utilizaban Yugoslavia como un campo de pruebas para intervenciones militares y una nueva generación de municiones supuestamente de precisión guiada.

El precursor esencial de la guerra fue la disolución de la Unión Soviética en manos de la burocracia estalinista en Moscú. Durante la Guerra Fría, Washington y sus aliados en la OTAN apoyaron la unidad de Yugoslavia como un contrapeso a la influencia de la URSS en las regiones al sur. Sin embargo, después de que la marcha de la burocracia estalinista hacia la restauración capitalista culminara en el quebrantamiento de la Unión Soviética, las potencias imperialistas lanzaron una repartición imprudente y, a fin de cuentas, catastrófica, de los Balcanes.

Alemania comenzó por reconocer la independencia de las repúblicas yugoslavas de Eslovenia y Croacia, ejercitando sus recientemente adquiridos músculos como potencia imperialista en Europa tras la reunificación de 1990. Washington se opuso en primera instancia a este paso, pero luego se incorporó a la repartición reconociendo a Bosnia-Herzegovina como una “nación” independiente que merecía su propio Estado. Esto preparó el escenario para un conflicto sangriento entre las tres poblaciones constituyentes del territorio —los musulmanes, serbios y croatas— y finalmente la intervención imperialista.

Detrás de la marcha hacia la guerra por Kosovo estaba la imperativa imperialista de subyugar Serbia, el mayor poder de la región, para así solidificar la hegemonía de EUA y la OTAN.

La guerra fue lanzada por el Gobierno demócrata del presidente Bill Clinton bajo la bandera plenamente desacreditada e hipócrita de una “intervención humanitaria” y la afirmación de que EUA y sus aliados estaban interviniendo para detener la masacre de la población étnica albana de Kosovo en manos de las fuerzas de seguridad serbias.

Washington y sus aliados imperialistas europeos, con el respaldo de una prensa capitalista totalmente servil, presentaron al líder serbio Milosevic como un nuevo “Hitler” y a todo el pueblo serbio como “nazis”, obscenamente comparando la represión en Kosovo al Holocausto.

Las afirmaciones de que habían masacrado a 100.000 albanos étnicos reportadas antes de la guerra de EUA y la OTAN fueron desmentidas. Tras la guerra, se reveló que la verdadera cifra de muertos en Kosovo antes de que comenzaran a caer bombas estadounidenses y de la OTAN se aproximaba a 2.000. La mayoría de estos asesinatos fueron perpetrados por el grupo armado separatista, Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK, por sus siglas en albanés).

El UÇK, previamente catalogado por Washington como una organización terrorista, fue elevado previo a la guerra como el único representante legítimo de la población, kosovar. Sus extensos lazos con el crimen organizado de toda Europa y con Al Qaeda fueron encubiertos mientras la CIA vertía dinero y armas en el grupo, el cual realizó bombardeos terroristas y asesinatos étnicos contra la población serbia. El UÇK, colaborando estrechamente con sus patrocinadores estadounidenses, buscó crear tanta violencia y muerte como fuera posible para allanar el camino de la intervención occidental.

Veinte años después, el extitular del UÇK, Hashim Thaçi —proclamado por Washington como “el George Washington de Kosovo”— ha encabezado una serie de Gobiernos, aún cuando el control de la economía de este mini-Estado permanece en manos de oficiales de la Unión Europea y el territorio sigue ocupado por 4,000 tropas de la OTAN, incluyendo 600 soldados estadounidenses.

Thaçi ha sido expuesto por numerosas investigaciones como el jefe de una organización criminal involucrada en tráfico de drogas y prostitución, así como en el aborrecible tráfico de órganos humanos “cultivados” en serbios capturados. Washington y la Unión Europea han intervenido repetidamente para prevenir su enjuiciamiento por crímenes de guerra y otra actividad criminal.

La intervención “humanitaria” para detener la “limpieza étnica” ha resultado en una limpieza étnica masiva, incluyendo el desplazamiento de dos terceras partes de los 120.000 romaníes y ashkalíes que vivían en Kosovo, así como de miles de serbios étnicos.

A pesar de que Kosovo es el mayor receptor per cápita de ayuda extranjera en el planeta, el mini-Estado sin litoral sigue siendo el territorio más pobre en Europa, con una tasa oficial de desempleo de 30 por ciento (55 por ciento para los jóvenes) y salarios que promedian tan solo $410 por mes. Con toda su riqueza y poderío militar, el imperialismo estadounidense y el alemán han logrado crear un Estado fallido y un Gobierno controlado por una mafia.

No ha sanado ninguna de las heridas infligidas en el antiguo Estado de Yugoslava por la intervención imperialista. Los Balcanes siguen siendo un polvorín listo para estallar en cualquier momento y detonar —como sucedió en el siglo veinte— una guerra más amplia que involucre a las principales potencias.

Una de las características más políticamente significativas de la guerra de Kosovo en 1999 fue el apoyo descarado y entusiasta a los bombardeos contra Serbia de EUA y la OTAN por los antiguos oponentes de la intervención estadounidense en Vietnam e incluso autoproclamados socialistas en Europa y EUA. Esta emergente pseudoizquierda, cuya base social yacía en las capas privilegiadas de la clase media, procedería a proveer un apoyo político crucial al imperialismo en similares operaciones “humanitarias” sangrientas de cambio de régimen que asolaron Libia y Siria.

El World Socialist Web Site y el Comité Internacional de la Cuarta Internacional se opusieron a esta perspectiva reaccionaria desde el principio, denunciando la ofensiva contra Yugoslavia y calificándola como una guerra imperialista cuyo objetivo era reclamar la hegemonía estadounidense sobre los Balcanes como parte de una redivisión de los territorios de Europa del Este y Asia central que quedaron dentro de un vacío político tras la disolución de la Unión Soviética.

En junio de 1999, después de que el intransigente bombardeo de Serbia obligara a Belgrado a retirar sus fuerzas de seguridad de Kosovo y abrirle la puerta a la ocupación de EUA y la OTAN, el World Socialist Web Site advirtió en una declaración de David North, el presidente del WSWS y el Partido Socialista por la Igualdad (EUA) intitulado “Después de la matanza: lecciones políticas de la guerra de los Balcanes”: “El bombardeo de Yugoslavia revela la relación esencial que existe entre el imperialismo y las naciones menores”.

Continuó: “Los análisis incriminatorios del imperialismo, escritos a principios del siglo por Hobson, Lenín, Luxemburgo y Hilferding, paracen haber sido escritos ayer. Económicamente, las naciones menores están a la merced de los bancos y organismos financieros de las grandes potencias imperialistas. Políticamente, todo intento de independizarse, acarrea el riesgo de bárbaros ataques militares. Con mayor frecuencia se les niega a los Estados menores sus derechos de soberanía nacional y se les obliga a acceder a ser ocupados por tropas extranjeras y a someterse a controles de naturaleza esencialmente colonial”.

Luego advirtió que “el culto de los proyectiles de precisión”, promovido con base en que no hubo bajas estadounidenses durante la guerra en Kosovo, hace caso omiso a las tendencias más básicas de desarrollo económico. “Pero ni esta ventaja [armamentística] ni los productos de esa industria pueden garantizar el control del mundo”, escribió. “Independientemente del grado de sofisticación de sus armas, los cimientos financieras e industriales de la preeminencia americana en el capitalismo mundial no son los que eran hace 50 años”.

Casi dos décadas después, esta prognosis ha sido confirmada. Por más de un cuarto de siglo, la élite gobernante estadounidense ha buscado mantener su dominio global por medio del empleo ininterrumpido e imprudente de su poderío militar. Esto ha resultado en una serie de fracasos, incluyendo en Afganistán, Irak, Libia y Siria —y Kosovo— que solo han servido para exacerbar la crisis del sistema global, mientras que expone las limitaciones del poder militar estadounidense.

La guerra de EUA y la OTAN en Kosovo ha sido seguida por una expansión intransigente de la OTAN hacia el este, llevando al despliegue de tropas estadounidenses en las fronteras mismas de Rusia. A pesar de recurrir de vez en cuando la carta de “intervención humanitaria”, Washington ha desechado la “guerra contra el terrorismo” como su principal pretexto para el militarismo global estadounidense, adoptando una estrategia de conflicto entre “grandes potencias”, abiertamente preparando una guerra contra las potencias nucleares de Rusia y China, y los posibles desafíos de sus ostensibles aliados en Europa y Asia.

Las políticas destructivas perseguidas por el imperialismo estadounidense están dando paso a un recrudecimiento inmenso de las tensiones sociales y la lucha de clases en todo el mundo, incluso en Kosovo, que ha sido testigo de una ola de huelgas contra las condiciones abismales de la clase obrera, como también lo ha sido Estados Unidos. Este movimiento en auge de la clase obrera internacional provee la única respuesta viable al peligro cada vez mayor de que los múltiples conflictos militares por todo el globo desencadenen una guerra mundial. La lección decisiva de la guerra en Kosovo y de lo que ha transcurrido desde entonces es la necesidad de construir un movimiento internacional, socialista y contra la guerra basado en la clase obrera.

(Publicado originalmente en inglés el 23 de marzo de 2019)

Bill Van Auken