El 4 de julio de Trump: alarde militarista de un sistema en crisis

8 julio 2019

El presidente estadounidense, Donald Trump, pronunció el 4 de julio, el Día de la Independencia, un discurso que esperaba que fuera una muestra de poder y grandeza militar, del dominio imperecedero e incontestable del capitalismo estadounidense, de un orden que, como lo dijo en el cierre, “nunca se desvanecerá, nunca fracasará, sino que gobernará por siempre y siempre y siempre”. En cambio, el grotesco espectáculo expuso un sistema social y político en sus últimas.

La reacción de la prensa y la élite política ha sido en gran parte favorable. Trump, según su línea, renunció al partidismo y la política. En las palabras del principal artículo el viernes en el New York Times, “utilizó el Monumento a Lincoln como el fondo para un tributo de las fuerzas armadas del país y un llamado a la unidad que ha estado en gran medida ausente de su divisiva Presidencia”.

A diferencia del “oscuro mensaje de quejas y ataques punzantes contra sus enemigos” durante su discurso de reelección el mes pasado, dice el Times, el discurso del jueves “ofreció un tono diferente y más optimista”.

Antes del discurso, las críticas a los planes de Trump por parte de los demócratas se enfocaron en preocupaciones de que “politizaría” el ejército buscando emplearlo como un instrumento en su ataque contra los demócratas y la prensa. Según esta narrativa, el ejército debe permanecer “por encima de la política” y ser “no partidista”, es decir, independientemente del Gobierno y personal en turno, las imperativas geoestratégicas del imperialismo estadounidense y los instrumentos de violencia que las defienden son intocables. Un “llamado a la unidad” sobre esta base no generó objeciones entre ningún representante de la clase gobernante pese a lo mala que fue su ejecución y toda la historia que distorsionó.

Trump presentó una narrativa que eleva al ejército a una fuerza suprema y unificadora moral y políticamente en la vida estadounidense. “Hoy, así como sucedió hace 243 años, el futuro de la libertad estadounidense descansa en los hombros de los hombres y mujeres dispuestos a defenderla”, proclamó Trump. Después de varios sobrevuelos de aeronaves que representan a las principales ramas del ejército estadounidense, concluyó: “Casi hace 250 años, un ejército voluntario de granjeros, tenderos, mercaderes herreros y milicianos arriesgo su vida y sus extremidades para asegurar la libertad y el autogobierno estadounidenses. Esta noche, hemos sido testigos del noble poder de los luchadores que continúan este legado”.

La realidad es que el militarismo estadounidense en la actualidad es el opuesto directo de las aspiraciones revolucionarias de 1776. La Declaración de Independencia, en sus reclamos de los colonos contra el rey Jorge III, incluyó la acusación de que él ha “enviado aquí bandadas de Oficiales para hostigar a nuestro pueblo… los dejan entre nosotros en tiempos de paz, Ejércitos Permanentes… [y] determinados a hacer el Ejército independiente de y superior al Poder civil”.

Durante las últimas tres décadas, Estados Unidos ha estado emprendiendo guerras continuas y cada vez más extensas, libradas tanto por republicanos como demócratas. Nadie en las cúpulas mediáticas y políticas ha llamado la atención, ni mucho menos criticado, su alabanza al ejército que “hizo descender la furia justa de EUA sobre Al Qaeda en Afganistán y expulsó a los asesinos voraces de sus cuevas. Liberaron Faluya y Mosul [en Irak] y ayudaron a liberar y obliterar el califato del Estado Islámica recientemente en Siria”.

Este registro de violencia militarista —que cobró la vida de más de un millón de personas para “liberar” solo a Irak— fue parte del mensaje de “unidad” de Trump. El intento de subyugar y conquistar las tierras de Oriente Próximo y Asia Central es una política consensuada en la clase gobernante estadounidense, como lo es la escalada de tensiones con China y Rusia que amenaza con desencadenar una Tercera Guerra Mundial.

Más allá de lo que esperan lograr él y la clase gobernante, la proclamación de Trump del dominio eterno de EUA contradice flagrantemente la realidad. Se ha comprobado que la concepción de los estrategas del imperialismo estadounidenses de que se podría detener el declive prolongado del capitalismo estadounidense por medio de la fuerza militar y que el fin de la URSS conllevaba el inicio de un “momento unipolar” no era más que una ilusión de grandeza. La serie de invasiones y guerras de conquista han dado lugar a un desastre tras otro.

La posición del imperialismo estadounidense es descrita precisamente por la edición más reciente de Foreign Affairs, bajo el titular “¿Qué pasó con el siglo estadounidense?”. Gideon Rose introduce el tema así: “Hace una generación, Estados Unidos estaba liderando confiadamente el mundo hacia lo que se suponía que iba a ser un nuevo milenio de paz, prosperidad, libertad y comunión. Ahora, el globo se dirige hacia la turbulencia, y Estados Unidos es una canción de Leonard Cohen; así ocurre y todos lo saben. ¿Cómo pudieron derrumbarse las cosas tan rápido?”.

Sic transit glori mundi”, concluye Rose. Así se va la gloria mundial.

No son menos ridículos los esfuerzos de Trump de engalanar los previos logros del capitalismo estadounidense, desde la invención del teléfono y el avión, a la misión de Apolo II al espacio en 1969 que llevó el primer hombre a la luna. Estados Unidos, declaró Trump, “dio origen a los musicales, las películas, las Western, la Serie Mundial, el Super Bowl, los rascacielos, los puentes colgantes, la línea de ensamble y el gran automóvil estadounidense”.

Como un golpe de realidad sobre el estado real del capitalismo estadounidense, no estaría fuera de lugar indicar aquí que los astronautas estadounidenses fueron al espacio en cohetes rusos y que el gigante de telecomunicaciones chino Huawei es el blanco de un ataque histérico estadounidense por ser líder mundial de la tecnología 5G y que la empresa de aeronaves estadounidense Boeing se enfrenta al desastre por ignorar medidas de seguridad para aumentar sus ganancias. En cuanto al “gran automóvil estadounidense”, las ciudades que alguna vez producían esos vehículos —Detroit, Flint, Toledo, Dayton— están en ruinas.

El último medio siglo del capitalismo estadounidense ha sido un periodo de degeneración presidido por una oligarquía criminal de milmillonarios empresariales y especuladores financieros. Estados Unidos tiene la mayor desigualdad social de cualquier país industrializado; su infraestructura social está en un estado de colapso y su sistema de salud y educación públicos son abismales. El índice más básico de bienestar social, la esperanza de vida, está deslizándose, principalmente por el fuerte aumento en las sobredosis de drogas y suicidios.

La generación más joven se enfrenta a un futuro de deudas permanentes, pobreza, bajos salarios y empleos temporales. Para ellos, Trump anunció, “ahora es su oportunidad para unirse al ejército y hacer una gran declaración de vida y deberían hacerlo”.

Trump incluyó en su discurso del 4 de julio los homenajes inevitables a los soldaos estadounidenses, “los héroes que defienden orgullosamente nuestra bandera”. La realidad que enfrentan los soldados estadounidenses fue expresada por la avalancha de historias sobre suicidios, depresión, violencia, adicción y males mentales en respuesta a un tuit del Ejército estadounidense que preguntaba “cómo te ha impactado tu servicio” en mayo.

La degradación política y moral de la clase gobernante estadounidense está encarnada en el actual ocupante de la Casa Blanca. La imbecilidad de Trump, la manifiesta absurdidad de esta figura autoritaria y de mentalidad fascistizante intentando invocar cualquier cosa progresista de la historia estadounidense, desde la Revolución a la Guerra Civil, o la Marcha de 1963 a Washington, es un hito del declive histórico.

Sin embargo, Trump es un síntoma de la enfermedad, no la causa. Las tres décadas de recrudecimiento de las crisis políticas, militares y financieras han llegado al punto en que todo el orden mundial que ha presidido el capitalismo estadounidense se está resquebrajando.

A esto se debe el nivel impactante de ilusiones y pretensiones en el discurso del 4 de julio de Trump. Su objetivo era convencer a todos de que ignoraran la realidad, para que la clase gobernante pudiera convencerse a sí misma de que su dominio continuará por siempre. “Nuestra nación es más fuerte hoy que nunca, es más fuerte ahora de lo que jamás ha sido”. Pero en este mismo proceso, tales declaraciones son lo contrario. Los alardes, centrados en la exaltación de la violencia militar, no revelan fuerza, sino debilidad.

La clase gobernante siente que las paredes le cierran el paso desde todo flanco. El mayor peligro no proviene desde el exterior, sino desde adentro de Estados Unidos. Siente su aislamiento extremo, la bancarrota de sus instituciones políticas. Ve el crecimiento de la lucha de clases y el desplazamiento hacia la izquierda de los trabajadores y jóvenes como una amenaza existencial.

Esto no significa para nada que los peligros que la clase obrera enfrenta sean menores. Los Gobiernos débiles hacen cosas desesperadas: se preparan para guerras mundiales, promueven formas de gobierno fascistizantes y autoritarias, destruyen los derechos democráticos. Mientras la clase gobernante defiende furiosamente su orden social y económico caduco, la tarea de la clase obrera es derrocarlo.

(Publicado originalmente en inglés el 6 de julio de 2019)

Joseph Kishore