Había una vez… en Hollywood:

El conformismo inconformista de Quentin Tarantino

por Joanne Laurier
24 agosto 2019

Escrita y dirigida por Quentin Tarantino

Había una vez… en Hollywood, de Quentin Tarantino, reimagina la ciudad de Los Ángeles de finales de los años 60 y la desintegración del sistema de estudios tradicional. La novena película del director culmina con una versión contrafactual del infame asesinato, en agosto de 1969, de Sharon Tate y cuatro de sus invitados en la casa que ella tenía con su esposo, el cineasta Roman Polanski. Los asesinatos fueron cometidos por miembros de la llamada Familia Manson, una comuna sectaria que vivía en un rancho abandonado, con mucho consumo de drogas, liderada por Charles Manson (1934-2017).

Había una vez… en Hollywood

A diferencia de trabajos anteriores de Tarantino que juegan deliberadamente con hechos y condiciones apremiantes, como las recientes “piezas de época” Bastardos sin gloria (2009), Django sin cadenas (2012) y Los 8 más odiados (2015), la nueva película del director se regodea con los detalles cotidianos de la época en el sur de California. Con una particular atención a la música popular, el filme también reproduce de manera autoconsciente avisos comerciales, autocines, bares y restaurantes, autos e interiores de casas. A pesar de esta superficie cuidadosamente construida, Había una vez exhibe, empero, el subjetivismo y la falta de seriedad que son marca de fábrica de Tarantino, y dice pocas cosas significativas sobre la sociedad estadounidense en la década de 1960.

En el filme, Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) es una estrella de televisión de programas western cuya carrera está en decadencia. Alcohólico, él confía mucho en su amigo y doble de riesgo Cliff Booth (Brad Pitt) como chofer y empleado general. Los vecinos de Rick, que viven a su lado en la calle Cielo Drive, en Benedict Canyon—una zona al oeste de Hollywood, en las montañas de Santa Mónica—son los Polanski (Rafał Zawierucha y Margot Robbie), quienes personifican el éxito y la celebridad que Rick envidia.

Leonardo DiCaprio y Brad Pitt en Había una vez… en Hollywood

Dalton es en general una persona poco notable pero amigable, cuyo hogar y estilo de vida reflejan el hecho de que es un actor de poca monta en la industria del entretenimiento. Su ayudante Cliff, que vive en una casa rodante detrás de un autocine, es descrito como un “héroe” de una guerra no especificada y como el posible asesino de su esposa. Al margen de Rick, la principal relación de Cliff es con su pitbull, una perra robusta y leal.

Después de que Rick aparece como estrella invitada en un episodio de El FBI en acción, el agente Marvin Schwarzs (Al Pacino) le ofrece la oportunidad de filmar un “spaghetti western”—un western generalmente producido y dirigido por italianos—en Roma. Rick considera entonces que su carrera ha tocado fondo (de hecho, en 1969 Clint Eastwood ya había alcanzado fama internacional por su actuación en varios filmes dirigidos por Sergio Leone y con bandas sonoras de Ennio Morricone).

Mientras tanto, Cliff recoge a una chica llamada Pussycat (Margaret Qualley) y la lleva en auto al rancho Spahn, un antiguo decorado cinematográfico ahora ocupado por la Familia Manson. Más adelante, tras un rodaje de seis meses en Italia, Cliff y el recién casado Rick vuelven a Los Ángeles y pronto confrontan una invasión de domicilio. Juntos, ellos despachan a los intrusos con extrema violencia y brutalidad.

Las escenas más vitales de Había una vez son generalmente los clips cortos de las pasadas actuaciones televisivas y cinematográficas de Rick. Los tramos de diálogo y drama que ocurren entre las secuencias de acción son aburridos. Los intérpretes actúan con poca intensidad porque sus roles y relaciones están truncados y poco desarrollados, excepto en el caso de detalles no esenciales o arbitrarios. De hecho, hasta las escenas finales, la “acción” se limita en gran medida a los viajes de Cliff a gran velocidad por la ciudad mientras suenan melodías muy reconocibles.

Margot Robbie en Había una vez… en Hollywood

Lamentablemente, Tarantino aporta al nuevo filme su cinismo y sinsentido característicos. Había una vez parece muy satisfecho de sí mismo cuando se burla del cantante Robert Goulet estropeando “MacArthur Park” de Jimmy Webb, o muestra los créditos iniciales de la serie televisiva Mannix. Tarantino intenta compensar la historia limitada y básica con referencias culturales insípidas. Lo que constituye meramente un marco físico posible (aunque no muy prometedor) para un drama es tratado por el director y los críticos como una obra de arte completa y acabada.

En líneas generales, Había una vez es una película extremadamente confusa en una obra tremendamente confusa. El trabajo del crítico es tratar de escarbar en el desorden.

Uno de los conceptos principales del nuevo filme de Tarantino—quizás desencadenado por la elección de Donald Trump, pero característico de toda la filmografía de Tarantino—es que el director representa una suerte de oposición plebeya y populista a la élite intelectual y política.

DiCaprio, obviamente tomando su idea del director, se refiere en varias entrevistas a sí mismo y a Pitt como meros “actores de clase trabajadora en un tiempo de transición”. Varios elementos se construyen alrededor de este tema: el personaje de DiCaprio reducido a papeles pequeños como villano de western; el de Pitt subsistiendo en una casa rodante arruinada con su perra; la vulgaridad, el aspecto raído y el declive general de las vidas de los protagonistas.

Esto suena falso inmediatamente. La noción de que un actor de segunda categoría en una mala racha y su amigo y doble representan a la “clase trabajadora” no puede conducir en una dirección saludable. Sin idealizar a nadie, el individualismo y provincialismo que uno encuentra detrás de cámaras en la industria cinematográfica de Hollywood no son representativos de la población en su conjunto.

Margaret Qualley y Brad Pitt en Había una vez… en Hollywood

Esta concepción malsana es confirmada por el carácter cuasi nativista de Había una vez. Por la razón que sea, Tarantino decide agarrárselas con Bruce Lee (interpretado por Mike Moh), el actor y celebridad de artes marciales estadounidense y de origen chino. El filme muestra a Lee como un ególatra desagradable y agrandado al que Cliff le da su merecido—algo salido de una fantasía de Sylvester Stallone (Sharon Lee ha criticado el retrato de su padre: “Puedo entender todo el razonamiento detrás de lo que se muestra en la película. Entiendo que los dos personajes son antihéroes y que esto es una especie de fantasía rabiosa de lo que hubiera ocurrido”. Y agregó: “Entiendo que quieran convertir al personaje de Brad Pitt en un hombre rudo capaz de dar una paliza a Bruce Lee. Pero no tenían que tratarlo de la manera que el Hollywood caucásico lo trató cuando estaba vivo”).

Referencias menores a “los mexicanos” y a Polanski como “ese pendejo polaco” se suman al cariz desagradable de la película.

Esencialmente, el director se presenta como el defensor de los sólidos “valores de la clase trabajadora estadounidense”. Rick y Cliff son unos dones nadie agradables. DiCaprio y Pitt son intérpretes atractivos. Pero, como generalmente ocurre en su cine de manera inconsciente o irreflexiva, Tarantino tiende a celebrar en Había una vez lo retrógrado y pasivo, lo más orientado a lo nacional—los westerns magros, el estilo de vida descuidado, las canciones populares banales.

Es importante decirlo: el kitsch no es arte sino lo opuesto al arte. Y el gusto por el kitsch o su glorificación no es artístico sino el abandono intelectual del deber. Es la peor forma de adoración del hecho cultural consumado.

En 1969 habían jóvenes y trabajadores sensibilizados con la histórica huelga general en Francia, con las grandes batallas industriales en EE.UU., con las masivas protestas contra la guerra de Vietnam, con las revueltas urbanas. Muchos también estaban sacando conclusiones críticas de las convulsiones políticas y la ola de asesinatos. Por supuesto, el verano de 1969, como la WSWS señaló recientemente, también fue testigo del primer aterrizaje humano en la Luna, un evento visto por unos 650 millones de personas.

Con sus limitaciones, películas de la época reflejaron algo de la rebeldía, crítica social y aspiración popular: Busco mi destino, Perdidos en la noche, La pandilla salvaje, Baile de ilusiones, Z, Kes, 2001: odisea del espacio, Érase una vez en el Oeste, Romeo y Julieta, Teorema, If…, Doce del patíbulo, El graduado, Bonnie y Clyde, La leyenda del indomable, Un hombre, Al calor de la noche, A sangre fría, entre otras.

Uno no percibe nada de esto en Había una vez…en Hollywood. La falta de seriedad con que Tarantino trata los asesinatos de Tate también es revelador. Este fue un hecho horrible, tanto en la vida de los afectados, incluido Roman Polanski, un sobreviviente del Holocausto que perdió a su esposa embarazada, como en la vida estadounidense. Al parecer, los asesinatos tenían la intención de ayudar a incitar una “guerra racial” que Manson, quien luego se tatuó una esvástica en la frente, esperaba que estallara. Para Tarantino es el pretexto para un baño de sangre irreal que profundiza el tema de los “estadounidenses normales” exteriorizando su resentimiento y deseo de venganza.

Igualmente desacertada es la decisión del escritor y director de ubicar a los seguidores de Manson en el epicentro de su filme como los opuestos morales y sociales de sus protagonistas comunes y corrientes, presentando a los primeros como representantes de la contracultura hippie. Tarantino explicó a un entrevistador que “Supe incluso de pequeño que esta cultura hippie juvenil era algo nuevo y que sacudía un poco la estructura de la sociedad. … Me asustó un poco, francamente”. El festival de música de Woodstock, que también se produjo en el verano de 1969, “parecía ominoso. Todos pasando el rato en el barro, niños corriendo alrededor desnudos. Parecía libertinaje”.

Esta es una reacción extraña. Como señalamos en el International Workers Bulletin con relación a otro trabajo conformista, de diferente tipo, Forrest Gump (1994), “los marxistas no simpatizaron mucho con la llamada contracultura, pero eso está muy lejos de llamar inadaptado desviado a quien adoptó conductas que se apartaron de la norma aceptada”.

Después de todo, este fue el período en el que el ejército de los EE.UU. estaba en el proceso de matanza de varios millones de vietnamitas, un hecho realmente “ominoso” que hasta ahora no ha despertado el interés de Tarantino.

Con doble intención o no, Había una vez parece respaldar o resignarse de forma implícita al argumento profundamente falso de que Trump fue puesto en la Casa Blanca por la “clase trabajadora blanca”, fanática de las armas, xenófoba, culturalmente envilecida.

La inmersión obsesiva de Tarantino en las ruinas culturales de su tiempo y la pretensión de que representan algo que no son constituye una de sus mayores debilidades. Sirve como justificación y disculpa continuas por la mediocridad y falta de lucidez en sus filmes.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 31 de julio de 2019)