Trump intensifica la confrontación con China

26 agosto 2019

El viernes, mientras los líderes mundiales se reunían en Francia para la cumbre de este fin de semana del G7, el presidente estadounidense Donald Trump lanzó invectivas contra China, quedando apenas a un paso de declararle una guerra económica.

Trump llamó al presidente chino, Xi Jinping, un “enemigo”, anunció aumentos masivos de aranceles sobre todas las importaciones estadounidenses de China y emitió la “orden inmediata” de que las empresas estadounidenses dejen de hacer negocios en el país.

Poco antes del mediodía, Trump las acciones que considera insuficientes de la Reserva Federal para devaluar la divisa estadounidense y hacer más competitivas las exportaciones estadounidenses frente a China y los otros países.

Presidente estadounidense Donald Trump, derecha, y presidente chino Xi Jinping en una ceremonia de bienvenida al Gran Salón del Pueblo en Beijing el jueves, 9 de noviembre de 2017. (AP Photo/Andy Wong)

“Mi única pregunta es, quién es nuestro mayor enemigo, el [presidente de la Reserva Federal] Jay Powell o el presidente Xi Jinping”, tuiteó Trump en una condena extraordinaria tanto de un oficial estadounidense como del mandatario de un Estado soberano.

Esta arremetida, junto con declaraciones previas, equivale a una demanda de que Estados Unidos emplee el dólar como un arma, pese a ser la principal moneda de reserva de la economía mundial, como parte de una guerra de divisas que amenazaría las bases mismas de toda institución en la vida económica y política del mundo.

El presidente estadounidense continuó: “No necesitamos a China y, francamente, nos iría mejor sin ellos… Nuestras grandes empresas estadounidenses tienen la orden inmediata de comenzar a buscar una alternativa a China, incluso trayendo… a sus compañías a CASA y fabricando sus productos en EUA”.

La creciente guerra comercial se produce en medio de una escalada de amenazas y provocaciones militares contra China por parte de EUA. Pocas horas antes de la ráfaga de tuits de Trump, Estados Unidos había enviado un buque de guerra a través del estrecho de Taiwán, tras el anuncio de una nueva compra importante de armas estadounidenses por parte de Taiwán. Washington también prometió respaldar a Vietnam en su conflicto cada vez más agudo con Beijing por territorios en disputa en el mar de China Meridional.

Más temprano este mes, después de que Estados Unidos se retirara oficialmente del tratado INF que prohibía la producción de ciertos misiles nucleares, el secretario de Defensa Mark Esper dijo que le gustaría comenzar a desplegar misiles de medio rango cerca de China en cuestión de “meses”.

Esta semana, Esper dijo que el Pentágono debe concentrarse en la preparación para “conflictos de alta intensidad contra competidores como Rusia y China”, declarando que la producción de armas estadounidense prohibidas en el tratado INF era necesaria para “disuadir el mal comportamiento chino”.

La “orden” de Trump para las empresas estadounidense de dejar China marca un hito en el estallido global del nacionalismo económico, el proteccionismo y los preparativos para conflictos militares. Este proceso haya su expresión más directa en la disputa entre las dos economías más grandes: Estados Unidos con un producto interno bruto de $20 billones y China con $13 billones.

Desde que las protestas en la plaza de Tiananmen fueron aplastadas en 1989, la oligarquía corporativa estadounidense ha utilizado a China como una gran maquiladora, extrayendo ganancias de su masiva clase obrera mientras utilizaba en EUA e internacionalmente la amenaza de “deslocalizar” inversiones para bajar salarios.

Pero, la entrada de compañías basadas en China en industrias de alto valor agregado, como diseño y producción de semiconductores, celulares, herramientas de alta tecnología, aparatos médicos y ópticos, las ha colocado en directa competición con las empresas con sede en EUA, amenazando su control sobre el pozo de ganancias producidas por el sudor de la clase obrera internacional.

Las diatribas del presidente estadounidense reflejan en última instancia el deseo del capitalismo estadounidense para asegurar su dominio menguante por medio de amenazas y, cuando es requerido, por medio del uso de la fuerza militar.

Trump, en su brutal y matón culto del poder, las amenazas y la violencia, representa las características esenciales de la élite gobernante estadounidense: su avaricia sinfín, su brutalidad y su creencia de que “la fuerza funciona”.

Más temprano este mes, el secretario de Estado, Mike Pompeo, hizo una declaración extremadamente reveladora. “Escucho a la gente hablar sobre comercio y cuestiones económicas como si fueran separadas de la seguridad nacional”, dijo Pompeo. “No nos equivoquemos, la capacidad de China, la capacidad del Ejército de Liberación del Pueblo… es un resultado directo de las relaciones comerciales que han construido”.

En otras palabras, el crecimiento económico de China es visto por Washington como una amenaza que hay que enfrentar a través de conflictos comerciales hasta una guerra de plena escala.

Las palabras de Pompeo son consistentes con la doctrina de la rivalidad de grandes potencias contra Rusia y China que acogió el Pentágono el año pasado, declarando que “La competición entre grandes potencias, no el terrorismo, es ahora el principal foco de la seguridad nacional estadounidense”.

Librar tales conflictos entre “grandes potencias” requerirá un enfoque de “la sociedad como un todo”, declaró el Pentágono, refiriéndose a lo que se conoce más convencionalmente como la guerra total.

Esto pone de relieve el significado de la “orden” de Trump de que las empresas estadounidenses dejen China. Bajo circunstancias normales, los presidentes estadounidenses no tienen tal poder. Pero, en tiempos de guerra, los presidentes se han arrogado enormes facultades para movilizar la economía y las declaraciones de Trump tienen precisamente ese tono dictatorial. En este contexto, sus repetidas referencias a extender su Presidencia más allá de los términos constitucionales y sus “chistes” sobre cancelar las elecciones de 2020 asumen un aire de viabilidad.

Los estallidos de Trump y la escalada de la guerra comercial claramente estremecieron los mercados financieros. El índice de promedio industrial Dow Jones se deslizó más de 600 puntos. Sus amargas denuncias contra el presidente de la Reserva Federal tan solo intensificarán la sensación de secciones importantes de la élite gobernante, y no solo dentro de Estados Unidos, de que las políticas de Trump estén llevando a un desastre.

Sin embargo, a pesar de las profundas divisiones que existen dentro de la clase gobernante estadounidense, el enfrentamiento con China no acabaría incluso si Trump fuera reemplazado. Si bien hay discrepancias con los métodos de Trump, hay un consenso amplio en contra de China, basado en los intereses globales del imperialismo estadounidense.

Sin embargo, lo que hace que la situación sea incluso más peligrosa es que no existe ninguna oposición políticamente articulada a las políticas de Trump, las cuales están encaminando a Estados Unidos a una colisión con el país más poblado del mundo.

Por tres años seguidos, los demócratas han votado a favor de aumentos en el gasto militar sin precedentes, yendo de $619 mil millones en 2016 a $738 mil millones en 2020.

El New York Times, un órgano no oficial del Partido Demócrata, ha exigido que asuma una postura más agresiva contra las empresas tecnológicas chinas, Huawei y ZTE. Un comentario este año manifestó que “necesitamos desamarrar la economía estadounidense de China”. El columnista del Times, Bret Stephens escribió otro artículo intitulado “Estados Unidos necesita más bombas nucleares” que respalda completamente la violación del tratado INF por parte de la Casa Blanca y su carrera nuclear contra China.

Como lo dijo Steve Bannon, el ideólogo ultraderechista a quien se le ha atribuido ingeniar la victoria de Trump en 2016, comentó: “Los demócratas son igual de agresivos con [China] como los republicanos”. O como Robert Daly del Kissinger Institute señaló: “Hay un consenso bipartidista de que China es el mayor desafío estratégico de largo plazo de Estados Unidos”.

Cada poro del capitalismo estadounidense exuda un nacionalismo virulento, xenofobia, proteccionismo y dictadura —toda la mugre que caracterizó el fascismo del siglo veinte—.

Nadie debería tener ilusión alguna. No son palabras vacías cuando el secretario de Defensa, Esper, afirma que el Pentágono está preparándose para “conflictos de alta intensidad contra competidores como Rusia y China”. El imperialismo estadounidense, armado hasta los dientes con armas nucleares, está en un curso de guerra.

Pero la clase obrera estadounidense, cuyos hijos e hijas serían enviados a combatir en el exterior y que morirían bajo las ruinas ardientes de las ciudades estadounidenses en un holocausto nuclear, no quiere una guerra. Ellos, junto a los trabajadores en China, Rusia e internacionalmente, son la única fuerza social que puede detenerlo.

Como escribió el Comité Internacional de la Cuarta Internacional en su declaración de 2016, “El socialismo y la lucha contra la guerra”:

Desde la publicación de esta declaración, la clase obrera ha entrado en lucha por todo el mundo: desde China hasta India, las protestas de los “chalecos amarillos” en Francia, la lucha por los derechos democráticos en Hong Kong y Puerto Rico, la huelga de trabajadores de autopartes en México y, en unas pocas semanas, se avecina una explosiva batalla de los trabajadores automotores por empleos, condiciones y salarios dignos.

Es precisamente la enorme e inmensamente poderosa fuerza social de la clase obrera internacional que debe movilizarse para detener los planes de guerra y esquemas dictatoriales de las élites gobernantes capitalistas.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 24 de agosto de 2019)

Andre Damon