La crisis del juicio político y el imperialismo estadounidense

22 noviembre 2019

La audiencia pública el miércoles en el juicio político contra el presidente Trump citó al embajador de EE. UU. ante la Unión Europea, Gordon Sondland, quien declaró que, contrario a la versión de la Casa Blanca, hubo un “quid pro quo” en la relación de Trump con Ucrania.

El mandatario, según Sondland, ofreció ayuda militar y una invitación al presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, para que visitara la Casa Blanca a cambio de un anuncio de Zelensky que investigaría las actividades del Comité Nacional Demócrata en Ucrania en 2016 y el papel de Hunter Biden. Biden recibió $50.000 al mes de una empresa de gas natural ucraniana, mientras su padre era el vicepresidente y encargado de la política del Gobierno de Obama en Ucrania.

Embajador de EE. UU. ante la Unión Europea, Gordon Sondland, en el centro, finaliza su día de testimonios ante la comisión de inteligencia de la Cámara de Representantes en Capitol Hill, Washington, miércoles 20 de noviembre de 2019 (Anna Moneymaker/Pool Photo via AP)

La aparición de Sondland fue celebrada por los demócratas, la comisión de inteligencia de la Cámara de Representantes y la mayor parte de la prensa, describiéndola como una “pistola humeante” evidenciando la culpabilidad de Trump. Sondland incluso fue comparado a John Dean, el consejero de la Casa Blanca que rindió testimonio contra Richard Nixon durante el escándalo de Watergate, dando paso a la renuncia de Nixon para evitar un inevitable juicio político.

Sin embargo, el testimonio de John Dean fue parte de la exposición de un ataque importante contra los derechos democráticos del pueblo estadounidense. La irrupción en las oficinas del Comité Nacional Demócrata en el complejo Watergate por parte de exagentes de la CIA que trabajaban para Nixon fue el resultado de una campaña prolongada de espionaje político y represión contra los manifestantes contra la guerra en Vietnam, así como el exoficial militar Daniel Ellsberg que filtró los Papeles del Pentágono y otros oponentes políticos.

En el conflicto entre Trump y los demócratas no están involucradas tales cuestiones de derechos democráticos. Están actuando como frentes políticos para la CIA y otras secciones del aparato de seguridad nacional. La importancia del testimonio de Sondland no es lo que reveló sobre Trump, sino sobre la relación diaria del imperialismo estadounidense y Ucrania, una nación pequeña y dependiente que varias Administraciones sucesivas en Washington han convertido en un Estado vasallo.

Los diplomáticos estadounidenses le dictan al presidente ucraniano exactamente cuáles palabras debe utilizar y cuáles promesas debe hacer para apaciguar a sus superiores en Washington. Cuando el presidente Zelensky ofreció pedirle a su fiscal general que emita una declaración de acuerdo a lo exigido por Trump, le dicen que él mismo debe hacer la declaración y que debe ser televisada para aparecer en el registro. Le piden brincar y cuán alto.

En ese sentido, no hay diferencia alguna entre el comportamiento de Trump en 2019 y las acciones de su némesis demócrata, el vicepresidente Biden en 2016. Biden viajó a Ucrania y le dijo al Gobierno que Washington no pagaría los $1 mil millones de asistencia prometida hasta que se cumplieran varias acciones, incluyendo el despido de un fiscal nacional corrupto. Biden incluso presumió en una entrevista televisada en EE. UU. que solo tomó seis horas tras su ultimátum para que el presidente ucraniano despidiera al oficial.

Los apologistas de los demócratas y Biden insisten en que Biden estaba llevando a cabo una política gubernamental oficial de EE. UU., en interés de la “seguridad nacional”, mientras Trump perseguía sus intereses personales, específicamente trapos sucios de un posible rival electoral. Este argumento es cuestionable incluso por sí solo, ya que el fiscal cuyo despido fue exigido por Biden estaba bajo control de la investigación de corrupción en la empresa de gas Burisma, la misma pagándole generosamente al hijo de Biden.

Pero hay una cuestión más fundamental: ¿cuál es el interés de “seguridad nacional” que Biden estaba defendiendo? ¿Por qué es que EE. UU. le está entregando enormes cantidades de ayuda militar y armas a Ucrania? Son los esfuerzos del imperialismo estadounidense durante las últimas dos décadas de convertir a Ucrania en un Estado títere estadounidense dirigido contra Rusia.

Más allá de todas las afirmaciones de los demócratas de estar impactados de que Trump buscara una “interferencia extranjera” en las elecciones presidenciales de 2020, todas las elecciones presidenciales en Ucrania desde 2004 han estado caracterizadas de una masiva interferencia extranjera, particularmente de EE. UU. Una oficial estadounidense presumió en 2013 que Washington había gastado más de $5 mil millones en sus operaciones para instalar un régimen moldeable y antirruso en Kiev.

Alejar a Ucrania de Rusia ha sido un objetivo clave de la política exterior estadounidense desde la disolución de la Unión Soviética en 1991. Ucrania y Rusia eran los dos mayores componentes de la URSS. Comparten una frontera de más de 2.000 kilómetros y economías que estaban estrechamente integradas. El treinta por ciento de la población ucraniana habla ruso como primera lengua, incluyendo la vasta mayoría de la población de Crimea y de la región del este ucraniano ahora controlada por fuerzas prorrusas.

En ambas guerras mundiales, el imperialismo alemán tomó Ucrania, un objetivo estratégico, con sus suelos fértiles y proximidad a los yacimientos petroleros del Cáucaso. El mayor número de judíos soviéticos masacrados como parte del Holocausto murieron en Ucrania, con atrocidades como Babi Yar, el río en las afueras de Kiev donde 34.000 judíos fueron asesinados con ametralladoras, o la matanza de 50.000 judíos en Odessa.

El imperialismo estadounidense busca lograr lo que el imperialismo alemán no pudo en dos ocasiones: utilizar a Ucrania como una plataforma para la subversión política y la violencia militar contra Rusia. Detrás de las espaldas del pueblo estadounidense, con poca o ninguna discusión pública, el Gobierno estadounidense está enviando enormes cantidades de armas y otro material bélico a Ucrania en una operación que aumenta el peligro de una colisión militar estadounidense con Rusia, un conflicto entre dos potencias que controlan juntas la mayoría de las armas nucleares del mundo.

Las audiencias del juicio político se han concentrado en testigos anti-Trump que son protagonistas de esta reaccionaria política exterior y que hablan con el lenguaje orwelliano del imperialismo estadounidense. Definen la “democracia” en Ucrania en términos del grado en que el Gobierno estadounidense esté de acuerdo con servir como un instrumento de la política exterior estadounidense. Aclaman la “Revolución de la dignidad” en que un presidente electo, Víktor Yanukóvich, fue derrocado porque era visto como un obstáculo a la campaña antirrusa. Aplauden a figuras fascistizantes como el ministro del interior ucraniano, Arsen Avakov, quien patrocina el famoso batallón Azov que marcha bajo esvásticas modificadas y rinde tributos a los ucranianos que colaboraron con los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

No hay nada en esta realidad política que sea mencionado en la cobertura de las audiencias del juicio político en la prensa corporativa pro-Trump o anti-Trump. Por el contrario, presume que la política exterior del Gobierno estadounidense busca promover la libertad y democracia y oponerse a Rusia porque el presidente ruso, Vladimir Putin, es un tirano.

No obstante, el papel del imperialismo estadounidense en Ucrania solo es un ejemplo de las depredaciones del imperialismo estadounidense por todo el mundo, en que un sinfín de tiranos y fascistas, como el príncipe heredero saudita Mohamed bin Salman y el presidente brasileño Jair Bolsonaro, están alineaos con la CIA, el Pentágono y el Departamento de Estado.

La actitud arrogante del Gobierno estadounidense ante la soberanía ucraniana tampoco es una excepción. No hay ninguna diferencia en el papel de Washington en Ucrania durante 2014, su intervención contra el Gobierno de Rajapakse en Sri Lanka en 2015, su respaldo al golpe de Estado abortado en Turquía en 2016 y su apoyo al derrocamiento de Evo Morales en Bolivia hoy.

Las naciones más débiles cuyos gobernantes incomoden al imperialismo estadounidense pagarán el precio y en algunos casos, como en Irak, Venezuela, Siria y Libia —países donde la riqueza petrolera es una importante consideración— el resultado puede ser una invasión, ocupación, golpe militar o una combinación de las tres.

Washington tiene sus manos puestas sobre la garganta del pueblo ucraniano. La cuestión no es si este dominio está siendo utilizado para los fines “personales” inapropiados de Trump, como alegan los demócratas, en vez de los intereses planteados por el aparato de seguridad nacional. La cuestión es la intervención de la clase obrera estadounidense e internacional para liberar al pueblo ucraniano y la población mundial del control mortal de Wall Street y el Pentágono.

(Publicado originalmente en inglés el 20 de noviembre de 2019)

Patrick Martin