Las potencias europeas apoyan los preparativos de guerra contra Irán

por Peter Schwarz
16 enero 2020

El mundo contuvo la respiración el 3 de enero después de que un dron estadounidense asesinara al general iraní Qasem Soleimani, que estaba de viaje en Irak en misión diplomática oficial. La amenaza de un conflicto que implique a toda la región que podría llegar a ser rápidamente una confrontación global pareció inminente. Destacados medios y figuras políticas hablaron de un "momento 1914", haciendo comparaciones con los disparos en Sarajevo que desencadenaron el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Pero quienquiera que esperara que las potencias europeas protestaran contra el acto criminal de los Estados Unidos y se opusieran a los preparativos de guerra recibieron un duro golpe en seguida.

La canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Emmanuel Macron (Fuente: Nicholas Kamm/POOL via AP)

El primer ministro británico Boris Johnson se precipitó a declarar que "no lamentaremos la muerte de Soleimani", mientras Berlín y París hacían hincapié en que ellos también tenían a Soleimani en sus "listas de terroristas". En la medida en la que hicieron llamamientos a "reducir la intensidad", estos llamamientos iban dirigidos solamente a la víctima, Irán. Ni uno solo de los principales políticos europeos condenó el asesinato brutal, que fue ordenado personalmente por el presidente estadounidense, representó una enorme violación del derecho internacional, y empeoró las ya agudas tensiones en las relaciones internacionales.

El contraste con 2003 es obvio. Hace diecisiete años, París y Berlín condenaron la invasión ilegal de Irak por parte de EE UU. "Quien ignore la legitimidad de las Naciones Unidas y ponga el uso de la fuerza por encima del Estado de derecho asume un grave riesgo", decía el presidente francés Jacques Chirac. El canciller alemán Gerhard Schröder hizo declaraciones semejantes.

La oposición de Chirac y Schröder no fue de ninguna manera de principios. Berlín siguió dejando que EEUU usara sus bases militares en Alemania, y dejó claro que apoyaría la intervención militar en Irak si Bagdad no se doblegaba ante el bullying diplomático de Washington. Sin embargo, sus declaraciones alentaron las protestas globales contra la guerra, en las que participaron millones de personas.

¿Por qué es el caso que hoy, después de las guerras en Irak, Libia y Siria han demostrado ser tan desastrosas, no se oye ninguna protesta oficial comparable, aunque lejos de suspender sus preparativos bélicos, los EE UU los están intensificando?

No tiene nada que ver con ninguna mejora en las relaciones transatlánticas. Desde 2003, estas han empeorado dramáticamente. Casi no pasa una semana sin que Trump o el secretario de Estado Mike Pompeo ataquen o insulten a sus anteriores aliados europeos.

Solo el mes pasado, el congreso estadounidense impuso sanciones para parar la construcción del gasoducto Nord Stream 2, que tenía que unir a Rusia directamente con Alemania, en lo que equivalía a un agravio a un país aliado. Y la rescisión unilateral por parte de Washington del acuerdo nuclear con Irán, el preludio de la actual provocación bélica, tuvo lugar ante la oposición explícita de Alemania, Francia y Reino Unido.

A pesar de esto, las potencias europeas se han unido a los preparativos bélicos de los EE UU. Cualquier crítica quedó reservada puramente a cuestiones tácticas. Como los demócratas estadounidenses y sectores del ejército, ellos acusaron a Trump de haber actuado solo, precipitado y sin una estrategia planeada, de esa manera amenazando los intereses de los EE UU en Medio Oriente.

Pero ellos nunca cuestionan el "derecho" de las potencias imperialistas a intervenir militarmente en Medio Oriente para subordinar a la región a su voluntad y en la persecución de sus intereses. Conceptos como "el derecho de las naciones a la autodeterminación", que la Liga de Naciones y las Naciones Unidas usaron durante décadas como camuflaje democrático, en gran medida se han desvanecido del léxico político. Solo lo sacan a relucir cuando se lo necesita para apoyar a fuerzas separatistas contra alguna potencia rival, como China o Rusia.

Tres décadas después de la disolución de la Unión Soviética, como predijo hace mucho el Comité Internacional, no surgió ninguna nueva era de democracia. En cambio, la anarquía del capitalismo y el sistema obsoleto del Estado-nación han producido un empeoramiento de las rivalidades interimperialistas y una agudización de las tensiones de clase, a la que las élites gobernantes, tanto en Europa como en América, están respondiendo girando hacia el fascismo y la guerra.

Hoy, las potencias europeas están mucho más implicadas en crímenes imperialistas de lo que lo estaban en 2003. Alemania y Francia ahora tienen, los dos, sus propios contingentes militares en Irak para aplicar sus intereses imperialistas. La guerra libia de 2011, que derrocó al régimen de Muamar Gadafi y transformó al país en una guerra civil de pesadilla entre milicias competidoras, fue en gran medida iniciada por Francia. Francia y Alemania también desempeñaron papeles importantes entre bastidores desde el arranque de la guerra siria, incluso apoyando a milicias islamistas. Y en el conflicto de Malí que se intensifica rápidamente, están procurando fortalecer la presencia de los imperialistas europeos en África.

Sin embargo, todavía les queda lograr el objetivo anunciado hace mucho tiempo de establecer a Europa como una potencia mundial mediante un ejército conjunto y una política exterior conjunta capaz de ir "codo a codo" con Washington. A pesar de enormes aumentos del gasto militar, el presupuesto militar conjunto de los miembros europeos de la OTAN asciende a unos $300 mil millones, menos de la mitad de lo que se gasta en los EE UU. Las potencias europeas también están profundamente divididas entre sí. Quieren actuar independientemente de Washington, pero no ven alternativa inmediata a alcanzar un acuerdo con los Estados Unidos hasta que hayan tenido tiempo de rearmarse.

Las publicaciones especializadas en política exterior están llenas de quejas de "que la defensa de Europa sigue dependiendo virtualmente de los Estados Unidos". "Los Estados Unidos y China ven cada vez más sus relaciones con los europeos mediante el prisma de su rivalidad de grandes potencias y presionan deliberadamente a Estados solo para obligarles a ... decantarse por un bando", comenta un artículo del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP) titulado "A Europa todavía la defiende Washington".

"Si los europeos quieren evitar volverse el juguete de grandes potencias rivales, deben explotar mejor su poder en el futuro, defender sus intereses de manera más robusta, y hacerse menos vulnerables a ataques", concluye el DGAP. La Unión Europea debe "aprender a concebirse como potencia geopolítica".

Ello requiere una militarización de la sociedad y un aumento del gasto en defensa que vaya mucho más allá del objetivo actual proclamado oficialmente del dos por ciento del PIB. Financiar esto requerirá ataques bestiales a la clase trabajadora. Esto revela la segunda, y más fundamental razón del apoyo de las potencias europeas al impulso bélico de los EE UU. Temen que una movilización de masas contra la guerra pudiera unirse a las luchas obreras crecientes contra la desigualdad social, lo que amenazaría al régimen capitalista.

En toda Europa los trabajadores están furiosos. En Francia, esto lo ha mostrado el estallido del movimiento de los chalecos amarillos y las huelgas de masas contra la reforma a las jubilaciones de Macron, que todavía sacan a las calles a cientos de miles de personas cinco semanas después.

Mientras que en 2003, las fuerzas de la pseudoizquierda, posestalinistas y verdes podían dominar y mantener el control del movimiento contra la guerra, desde entonces han quedado ampliamente desacreditadas y se han pasado al bando favorable a la guerra. Ninguno de los partidos del establishment, ni de los que se consideran a sí mismos de izquierda ni los de derecha, ha declarado su oposición de palabra al impulso bélico.

La recaída en la barbarie y la guerra puede evitarse solo mediante un movimiento socialista independiente de la clase trabajadora internacional que una la lucha contra la guerra con la lucha contra su fuente: el sistema de la ganancia capitalista. Las condiciones objetivas para el desarrollo de este movimiento de masas ya han madurado. El objetivo del Comité Internacional de la Cuarta Internacional y sus secciones, los Partidos Socialistas por la Igualdad, es dirigir este movimiento y darle una perspectiva política.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 11 de enero de 2020)