La clase obrera, el socialismo y la lucha contra la pandemia

2 abril 2020

En el Programa de transición, el documento fundacional de la Cuarta Internacional, León Trotsky describió las ocupaciones de fábrica que estallaron en Estados Unidos en 1936-37, en medio de la Gran Depresión, como la expresión de “el empeño instintivo de los trabajadores estadounidenses para elevarse al nivel de las tareas impuestas a ellos por la historia”.

Esta perspectiva del gran estratega del socialismo internacional en el siglo veinte ofrece el marco históricamente arraigado para entender el significado de las huelgas salvajes y protestas de los trabajadores de Instacart, Amazon y Whole Foods. También hubo reportes de protestas de trabajadores de General Electric en Massachusetts y Kentucky, de Perdue en Georgia y enfermeros en San Francisco. Todas estas acciones han ocurrido en respuesta a la subordinación criminal de la seguridad de los trabajadores a las ganancias corporativas.

La característica de toda gran crisis es que expone las contradicciones que se han acumulado y que han sido suprimidas por décadas. Todo lo atrasado, anacrónico, corrupto y, en el sentido más profundamente objetivo, absurdo e incluso irracional de la organización económica, la estructura social, la dirección política y la ideología dominante de la sociedad existente está siendo brutal y comprensivamente expuesto.

Lo antes glorificado es repentinamente odiado. Los héroes cuyos logros fueron aclamados son objeto de desprecio universal. La mera imagen de aquellos que representan o que sean vistos como apologistas de la élite gobernante evoca en las masas un sentimiento de indignación, enojo y asco.

La pandemia es tal crisis. En cuestión de unas pocas semanas, ha desacreditado el orden social, político y económico existente para millones de personas. Estados Unidos, por lejos el país más rico del mundo, con los bancos y corporaciones más grandes, y el hogar del mayor número de milmillonarios, ha demostrado ser incapaz de organizar algo que se parezca a una respuesta efectiva a la enfermedad.

No hay un plan para disminuir la velocidad y detener la propagación del virus del COVID-19. El peligro de una pandemia letal ha sido el tema de numerosos estudios médicos y reportes gubernamentales en las últimas dos décadas. Estas advertencias fueron minimizadas e ignoradas. Para un sistema económico y político cuyo principal objetivo es enriquecer a una oligarquía parásita, el desvío de recursos financieros a la investigación y producción en áreas que no generaran altos niveles de ganancias eran vistos como un desperdicio de tiempo y dinero.

El resultado de la política social reaccionaria se puede ver en el paisaje mortal y cada vez más extenso, a medida que la pandemia se propaga en Nueva York, Boston, Detroit, Chicago, Nueva Orleans y Los Ángeles. Ningún estado ni gran ciudad puede esperar que no llegue. Las áreas rurales, que tampoco se escaparán de la pandemia, no cuentan en muchos casos con incluso las instalaciones más básicas para tratar infecciones masivas.

Estados Unidos, que gasta cientos de miles de millones en los sistemas de armas más avanzados para sus múltiples guerras en una u otra parte del mundo, no puede proveer respiradores a sus hospitales ni mascarillas y otro equipo de protección a sus trabajadores de salud. No están disponibles las pruebas necesarias para rastrear y frenar el virus. Miles y miles con síntomas vinculados al coronavirus no tienen cómo saber si están infectados.

Los doctores, enfermeros y todos aquellos dándoles asistencia esencial a los pacientes trabajan de 15 a 18 horas al día y corren el riesgo de contraer la enfermedad. Las camas hospitalarias necesarias para todos los enfermos que necesiten un tratamiento urgente no existen. Las morgues están saturadas. Incluso a los muertos se les niega la dignidad a la que tienen derecho.

La crisis ha expuesto los intereses irreconciliablemente opuestos que están incrustados en la sociedad estadounidense. No hay mayor mentira que “Todos (los capitalistas y trabajadores) estamos en esto juntos”. ¡Ciertamente no! La élite corporativa-financiera en el poder y la clase obrera están viviendo esta crisis en formas profundamente distintas y sus preocupaciones y prioridades están mundos aparte.

Desde el principio, la principal preocupación de la élite corporativa-financiera y sus lacayos políticos en el Partido Demócrata y el Partido Republicano ha sido proteger su riqueza y el sistema de lucro capitalista sobre la cual se basa, frente a los efectos económicos de la pandemia. No fue la cifra de infecciones y muertos lo que impulsó al Gobierno de Trump y al Congreso a actuar, sino la caída repentina y masiva de los precios de las acciones en Wall Street.

Como ocurrió en 2008, pero ahora a una escala más grande, la clase gobernante exigió la inyección inmediata de billones de dólares en los mercados financieros y en los cofres de las corporaciones. Las palabras siempre utilizadas para negarles aumentos salariales a los trabajadores y justificar los recortes masivos en gastos en servicios sociales esenciales —“No hay dinero”— no fueron habladas en los pasillos del Congreso. Aprobó poner a disposición sumas ilimitadas a los bancos y las corporaciones, sin ninguna restricción y control importante en el uso de los fondos. Lo más importante de todo es que el recate de seis billones de dólares —la segunda operación como esta en un poco más de una década— fuera implementado sin afectar en lo mínimo la propiedad y riqueza capitalista. En cuanto a la gran mayoría de la población, la cantidad dedicada a sus necesidades conforma una fracción insignificante del rescate del Congreso.

La clase gobernante dio un respiro de alivio. Una vez que se aprobó el rescate, el casino de Wall Street volvió a funcionar y los precios de las acciones subieron 20 por ciento en pocos días. Pero los billones entregados de forma bipartidista por el Congreso —una muestra de unidad en la que el senador Bernie Sanders participó— intensificarán la crisis económica subyacente generada por décadas de parasitismo capitalista vinculado al proceso de financiarización, es decir, la brecha cada vez más grande entre la creación de dinero y el proceso real de producción. A pesar de que los economistas burgueses vehementemente nieguen la teoría laboral marxista del valor, ninguna economía capitalista puede sobrevivir sin gastar el poder de trabajo de la clase obrera. Como lo indicó brevemente Marx, “Todo niño sabe que una nación que dejara de trabajar, no diré que ni por un año, sino por algunas semanas, moriría”.

Así que la demanda de un retorno rápido al trabajo está siendo avanzada rápido. El nuevo lema de la hora es: “La cura para la pandemia no puede ser peor que la enfermedad”. Ignorando las advertencias explícitas de los expertos sobre la pandemia, Trump declaró que los trabajadores necesitan volver al trabajo en dos semanas. El hecho de que esta imprudente decisión, de ser implementada, costaría cientos de miles de vidas fue una cuestión de indiferencia para Trump.

Pero es precisamente en esta cuestión que ha estallado el conflicto profundo e irreconciliable entre los intereses y objetivos de la clase capitalista y aquellos de la clase obrera.

La exigencia capitalista —apoyada por sectores importantes de la prensa— de una reanudación prematura y peligrosa del trabajo es completamente opuesta a la insistencia de la clase obrera de que la pandemia debe ser suprimida deteniendo toda producción no esencial y acatando estrictamente los procedimientos de seguridad para proteger a los trabajadores cuyo trabajo es esencial, tanto en su interés como en el del público al que sirven. A pesar de que el Gobierno de Trump se retractara —en cara a un aumento exponencial en la tasa de infecciones y el aumento rápido en las muertes— los intereses empresariales siguen privando a los trabajadores que proveen servicios esenciales de las condiciones seguras en que dependen sus vidas.

La huelga y acciones de protesta de los trabajadores de Instacart, Amazon y Whole Foods, así como de otros sectores de la clase obrera, no solo revela la polarización de clases en la sociedad. Son un indicador inicial del empeño cada vez mayor de la clase obrera para avanzar una solución progresista a esta crisis, una solución que arranque de las necesidades objetivas de la humanidad en general.

No cabe duda de que las masas obreras apoyan las acciones de los trabajadores de Instacart, Amazon y Whole Foods. Para movilizar y organizar su apoyo, urgimos a los trabajadores a que formen comités de base para coordinar sus luchas y construir la mayor unidad posible en todos los sectores de la clase obrera.

Las acciones industriales requieren una nueva orientación política. Es necesario romper con el sistema bipartidista y capitalista de republicanos y demócratas, que está complemente dominado por la clase capitalista. Es vital que este movimiento, que insiste en la prioridad absoluta de la vida por encima de las ganancias, gane una dirección políticamente consciente, es decir, socialista. La batalla contra la pandemia es inseparable de la lucha de la clase obrera contra el capitalismo.

Hacia este fin, el Partido Socialista por la Igualdad plantea las siguientes demandas:

• Cancelen el rescate de las corporaciones y Wall Street y redirijan inmediatamente los recursos financieros e industriales a luchar contra la pandemia y proveerles a todos los trabajadores de salud, servicios e industriales el equipo necesario para servirles a los afectados por el virus y la sociedad en su conjunto en un entorno seguro.

• Eliminen el lucro de los servicios médicos. Nacionalicen la industria de salud y la farmacéutica sin compensación a los grandes accionistas y ejecutivos y colóquenlas bajo control democrático d ellos trabajadores, científicos e investigadores.

• Nacionalicen Amazon y otras industrias de servicios vitales.

• No reduzcan ni les quiten el salario a los trabajadores que sean despedidos o pierdan horas laborales, durante la duración de la pandemia.

• Inicien una colaboración global de los científicos e investigadores en una lucha mundial contra la pandemia. Pongan fin a las guerras e inviertan billones en combatir las enfermedades, el calentamiento global y otras amenazas existenciales a la vida en este planeta.

Para avanzar este programa, declaramos abiertamente que su realización está ligado a la transferencia de poder político a la clase obrera, apoyada por todas las fuerzas progresistas en la sociedad.

Esta declaración se centra en los acontecimientos en EE. UU. Pero la pandemia es una crisis global que suscita las mismas cuestiones sociales y políticas en cada país. Todos los países —y muchos con recursos que son una fracción de los de EE. UU.— están viviendo la tragedia de esta pandemia. Por ello, la lucha contra la pandemia exige la unidad de la clase obrera a una escala global. No hay campo para el chauvinismo nacionalista y la política de gran potencia en esta lucha.

Hace un siglo, en víspera de la Primera Guerra Mundial, la socialista revolucionaria Rosa Luxemburgo dijo que las alternativas que enfrenta la humanidad eran el socialismo o la barbarie.

Hoy, las alternativas se presentan como el sistema de lucro capitalista y la muerte o el socialismo y la vida.

Llamamos a aquellos que reconozcan la necesidad de esta lucha por el poder obrero y el socialismo a que se unan al Partido Socialista por la Igualdad.

(Publicado originalmente en inglés el 1 de abril de 2020)

David North

 

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