Las mentiras en el caso Navalny

por Peter Schwarz
11 septiembre 2020

La relación entre Alemania y Rusia ha alcanzado su punto más bajo desde que Berlín apoyó el golpe proccidental en Ucrania hace seis años y Rusia posteriormente anexó la península de Crimea.

El Gobierno alemán está acusando abiertamente al Estado ruso de envenenar al político opositor Alexei Navalny, que actualmente se encuentra en la Clínica Charité de Berlín. Según los informes, se despertó de un coma el lunes.

La canciller alemana, Angela Merkel, anunció personalmente en una conferencia de prensa la semana pasada que un laboratorio de armas químicas de la Bundeswehr (Fuerzas Armadas) había demostrado “más allá de cualquier duda” que Navalny fue víctima de un ataque con el químico novichock que ataca el sistema nervioso. Pidió al Gobierno ruso que respondiera a “preguntas muy serias”.

En una sesión especial del Comité de Control Parlamentario, que se reúne en secreto, representantes del Gobierno alemán y los servicios secretos no dejaron dudas, según informes de los medios, de que el envenenamiento de Navalny había sido llevado a cabo por las autoridades estatales rusas, con la aprobación de la dirigencia rusa. Se dijo que el veneno era una variante del químico de guerra, uno incluso más peligroso que el utilizado en el caso de los Skripal en Reino Unido. Supuestamente podría ingresar al cuerpo simplemente a través de la inhalación, y su producción y uso requieren habilidades poseídas solo por un actor estatal.

Alemania y la Unión Europea amenazan a Rusia con sanciones. El Gobierno alemán incluso ha puesto en cuestión la finalización del gasoducto Nord Stream 2, el cual está casi terminado y que había defendido categóricamente contra la presión de Estados Unidos y varios Estados de Europa del este.

Los medios alemanes han entrado en modo propagandístico, repitiendo las acusaciones contra el presidente ruso Vladimir Putin con mil variaciones. Setenta y nueve años después de la invasión de Hitler a la Unión Soviética, que cobró más de 25 millones de vidas, los periodistas y políticos alemanes, en editoriales, comentarios y programas de entrevistas, hablan con la arrogancia de personas que ya están planeando la próxima campaña militar contra Moscú.

Cualquiera que exprese dudas o contradiga la narrativa oficial es tildado de “teórico conspirativo”. Esto es lo que le sucedió a la parlamentaria del partido La Izquierda Sevim Dagdelen, entre otros, en el programa de entrevistas “Anne Will” del domingo por la noche. El experto en política exterior de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) Norbert Röttgen, el jefe de la Conferencia de Seguridad de Múnich, Wolfang Ischinger, y el exministro de Medio Ambiente del Partido Verde, Jürgen Trittin, trataron de superarse mutuamente en sus acusaciones contra el Gobierno ruso. Cuando Dagdelen señaló gentilmente que, hasta el momento, no se ha presentado evidencia alguna que identifique a los perpetradores, fue acusada de “jugar juegos de confusión” y “alentar teorías de conspiración indescriptibles”.

El Gobierno ruso niega cualquier responsabilidad en el caso Navalny. Cuestiona si Navalny fue envenenado y ha pedido al Gobierno alemán que “muestre sus cartas” y presente pruebas. Berlín, según Moscú, está mintiendo por sucias razones políticas.

Contradictorio e inverosímil

La evidencia de la participación del Estado ruso es tan contradictoria como inverosímil.

Por ejemplo, las autoridades alemanas hasta ahora no han publicado información ni han entregado pruebas a los investigadores rusos que identifiquen la sustancia química con la que se envenenó a Navalny. Novichok es simplemente un término genérico para varias familias de químicos de guerra.

No se ha dado ninguna explicación de por qué nadie más mostró signos de intoxicación por un químico que afecta el sistema nervioso y que es fatal incluso en las cantidades más pequeñas, si se toca o inhala. Navalny tuvo contacto con numerosas personas entre el momento en que abordó el avión en el que se desmayó, en su ingreso a la clínica en Omsk donde fue tratado por primera vez y su traslado al hospital Charité en Berlín.

Esta es solo una de las muchas anomalías inexplicables en la versión oficial del Gobierno alemán. El diplomático de carrera Frank Elbe, quien dirigió la oficina del ministro de Relaciones Exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher durante cinco años y negoció la Convención sobre la Prohibición de Armas Químicas como jefe de la delegación alemana en Ginebra de 1983 a 1986, escribió en Facebook el viernes: “ Me sorprende que el Ministerio Federal de Defensa concluya que el agente nervioso Novichok fue utilizado contra Navalny “.

Novichok, escribió, pertenece “al grupo de sustancias letales supertóxicas que causan la muerte inmediata”. No tenía sentido, argumentó, modificar un veneno para el sistema nervioso que se suponía que mataba instantáneamente de tal manera que no matara, pero dejara rastros que permitieran su identificación como un químico para el sistema nervioso.

Había algo extraño en este caso, dijo Elbe. “O los perpetradores, fueran quienes fueran, tenían un interés político en señalar el uso del gas nervioso, o los laboratorios extranjeros sacaron conclusiones apresuradas que estaban en línea con la actual actitud negativa general hacia Rusia”.

La afirmación de que solo los actores estatales pueden manejar novichok también es demostrablemente falsa. El veneno se vendió en la década de 1990 por pequeñas sumas de dinero a los servicios secretos occidentales y a los delincuentes económicos, y estos últimos lo utilizaron. Por ejemplo, en 1995, el banquero ruso Ivan Kiwelidi y su secretaria fueron envenenados con él. El químico Leonid Rink confesó en ese momento en un tribunal que había vendido cantidades suficientes a delincuentes para matar a cientos de personas. Dado que los venenos binarios son muy estables, pueden durar décadas.

El caso Navalny no es la razón, sino el pretexto para una nueva etapa en la escalada de la política y el militarismo de gran potencia por parte de Alemania. La histeria de los medios sobre Navalny recuerda la crisis ucraniana de 2014, cuando la prensa alemana glorificó un golpe de Estado llevado a cabo por milicias fascistas armadas, presentándolas como una “revolución democrática”.

El socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier, entonces ministro de Relaciones Exteriores y ahora presidente alemán, viajó personalmente a Kiev para persuadir al presidente prorruso, Viktor Yanukovych, de que renunciara.

También se reunió con el político fascista Oleh Tyahnybok, cuyo Partido Swoboda glorifica a los colaboradores nazis de la Segunda Guerra Mundial. El sucesor de Yanukovych, Petro Poroshenko, uno de los oligarcas más ricos del país, era incluso más corrupto que su predecesor. Aterrorizó a sus oponentes con milicias fascistas, como el infame regimiento de Azov. Pero llevó a Ucrania a la esfera de influencia de la OTAN, que era el verdadero propósito del golpe.

En las semanas previas al golpe de Ucrania, los principales políticos alemanes (incluidos el entonces presidente Joachim Gauck y Steinmeier) habían anunciado una reorientación de gran alcance de la política exterior alemana. El país era demasiado grande “para comentar la política mundial desde el margen”, declararon. Alemania tuvo que defender sus intereses globales, incluso por medios militares.

La OTAN avanzó de manera constante hacia el este hacia Europa del Este, rompiendo los acuerdos firmados en el momento de la reunificación alemana en 1990. Por primera vez desde 1945, los soldados alemanes patrullan hoy la frontera con Rusia. Con el cambio de Ucrania al campo occidental, Bielorrusia es el único país amortiguador que queda entre Rusia y la OTAN.

Berlín ahora ve las protestas contra el dictador bielorruso Alexander Lukashenko como una oportunidad para eliminar también este obstáculo. A diferencia de Ucrania, donde los nacionalistas antirrusos ejercieron una influencia considerable, especialmente en el oeste del país, estas fuerzas son más débiles en Bielorrusia, donde la mayoría habla ruso. La clase trabajadora está jugando un papel más importante en la resistencia al régimen de Lukashenko que en Ucrania. Pero Berlín está haciendo esfuerzos específicos para dirigir el movimiento en una dirección prooccidental. Se están promoviendo fuerzas que piden apoyo occidental, como la candidata presidencial Svetlana Tikhanovskaya.

Disputa sobre Nord Stream 2

La disputa por la construcción del oleoducto Nord Stream 2, cuya interrupción es exigida por cada vez más políticos alemanes, también debe verse en este contexto. Fue un proyecto estratégico desde el principio.

El gasoducto, que duplicará la capacidad del Nord Stream 1, el cual comenzó a operar en 2011, hará que Alemania sea independiente de los gasoductos que atraviesan Ucrania, Polonia y Bielorrusia. Estos países no solo obtienen tarifas de tránsito de los oleoductos, sino que también las han utilizado como palanca política.

Con una capacidad total de 110 mil millones de metros cúbicos por año, Nord Stream 1 y 2 juntos transportarían casi todas las importaciones anuales de gas de Alemania. Sin embargo, el gas natural también se transportará desde la costa alemana del mar Báltico a otros países.

Además de la rusa Gazprom, empresas energéticas alemanas, austriacas, francesas y holandesas están participando en la financiación del proyecto, que costará casi 10.000 millones de euros. El presidente de la junta directiva es el excanciller alemán Gerhard Schröder (Partido Socialdemócrata), amigo del presidente Putin.

Nord Stream 2 se enfrenta a una feroz oposición en Europa del este y Estados Unidos. Estos países temen una alianza estratégica entre Berlín y Moscú. En diciembre del año pasado, el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley que imponía severas sanciones a las empresas involucradas en la construcción del gasoducto, una medida sin precedentes contra supuestos aliados. La construcción casi terminada se paralizó debido a que la empresa que operaba el barco especial para el tendido de tuberías se retiró. Berlín y Moscú protestaron con vehemencia contra las sanciones estadounidenses y acordaron continuar la construcción con barcos rusos, que, sin embargo, no estarán disponibles hasta el próximo año cuanto antes.

Si cada vez más políticos alemanes exigen que se cancele el proyecto, esto no significa un cambio fundamental de rumbo. En la relación de Berlín con Moscú, se aplica lo que dijo el primer ministro británico lord Palmerston en el siglo XIX: las grandes potencias no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes.

El imperialismo alemán siempre ha considerado a Europa del Este y Rusia como objetivos preferidos para la expansión. En la Primera Guerra Mundial, bajo la rúbrica de “Europa Central”, buscó subyugar gran parte de Europa del Este. En la Segunda Guerra Mundial, libró una guerra de aniquilación contra la Unión Soviética bajo el lema “Lebensraum im Osten” (espacio vital en el este). En ambos conflictos enfrentó a Rusia (y más tarde a la Unión Soviética) como enemiga de la guerra.

En la década de 1970, Alemania Occidental reanudó su orientación hacia el este a nivel económico. El suministro de gas natural ruso a Alemania fue uno de los primeros resultados de la Ostpolitik de la época. Todavía en 2001, el Bundestag (Parlamento) celebró al recién elegido presidente ruso, Vladimir Putin, con una ovación de pie cuando ofreció una “asociación plena” en un discurso pronunciado en alemán.

Pero el regreso de Alemania a una política de gran potencia mundial ha intensificado los conflictos con Rusia. Están en bandos opuestos en la guerra siria y otros conflictos. Con la acusación de haber envenenado a Navalny, la amenaza de cerrar Nord Stream 2 y el fomento de fuerzas prooccidentales en Bielorrusia, Berlín está aumentando la presión sobre Rusia para obligarla a hacer concesiones políticas o lograr un cambio de régimen.

Al mismo tiempo, el Gobierno alemán se está preparando para feroces conflictos con Estados Unidos y China. La semana pasada, publicó las “Directrices oficiales sobre el Indo-Pacífico”, que afirman que “El Himalaya y el estrecho de Malaca pueden parecer lejanos. Pero nuestra prosperidad y nuestra influencia geopolítica en las próximas décadas se basan precisamente en cómo trabajamos con los Estados del Indo-Pacífico”. Como nación comercial globalmente activa, Alemania, dijo, “no debería contentarse con un papel de espectador allí”.

Alemania se enfrenta tanto a Estados Unidos como a China, que luchan encarnizadamente por el dominio en la región del Indo-Pacífico. Quiere expandir su propia influencia contra ambos, si es posible, con el apoyo de la Unión Europea.

La campaña sobre Navalny debe verse en este contexto. No tiene nada que ver con la defensa de los derechos humanos o la democracia, sino con preparativos de guerra.

(Publicado originalmente en inglés el 10 de septiembre de 2020)