Gobierno nigeriano comete masacre en protesta contra brutalidad policial

22 octubre 2020

El Gobierno de Nigeria ha puesto en marcha una violencia mortal ante las protestas contra la brutalidad policial que han sacudido el país durante casi dos semanas. El martes por la noche, envió a soldados que utilizaron municiones reales para masacrar a los manifestantes pacíficos y reprimir un movimiento que ha planteado un desafío cada vez más directo al gobierno del corrupto Estado burgués encabezado por el exgeneral y líder golpista, el presidente Muhammadu Buhari.

Las publicaciones en redes sociales muestran a manifestantes muertos y heridos tras el ataque militar contra una gran multitud que había bloqueado las puertas del peaje del puente Lekki-Ikoyi, paralizando una autopista que une la isla de Lagos con Lagos continental en la extensa capital comercial de Nigeria. Si bien la magnitud de la masacre no quedó clara de inmediato, un testigo informó a la BBC de que había visto por lo menos 20 cadáveres y más de 50 heridos. Antes de que las tropas irrumpieran, cortaron las luces y las cámaras de seguridad en la plaza de peaje.

Se informó de que las tropas se llevaron los cuerpos para ocultar el número de muertos, mientras que un profesional médico informó de que se estaba evacuando a los heridos de un hospital cercano por temor a que el ejército viniera a acorralarlos y matarlos.

Las autoridades de Lagos anunciaron el martes la imposición de un toque de queda de 24 horas en toda la ciudad de 20 millones de habitantes, declarando: "No esperaremos y permitiremos que haya anarquía en nuestro estado". Previamente, el ejército nigeriano advirtió que estaba preparado para intervenir contra "elementos subversivos y alborotadores".

No obstante, las multitudes continuaron bloqueando las principales carreteras, incluido el acceso al aeropuerto internacional de la ciudad, mientras que los testigos informaron que una comisaría de policía del distrito de Orile Iganmu de Lagos fue incendiada el martes. Aunque el toque de queda debía comenzar a las 4 de la tarde, las autoridades prorrogaron el plazo hasta las 9 de la noche ante el desafío de las masas, que continuó hasta la noche.

Lo que comenzó como un movimiento que exigía la disolución del odiado SARS (Escuadrón Especial Antirrobo), una unidad de élite de la Policía de Nigeria conocida por matar, torturar y extorsionar a los civiles nigerianos, en particular a los jóvenes del país, ha seguido creciendo.

El Gobierno de Buhari afirmó la semana pasada que había disuelto el SARS, sustituyéndolo por una nueva unidad, denominada Armas y Tácticas Especiales, o SWAT, el mismo nombre que se da a los escuadrones homicidas de la policía de élite de los Estados Unidos. El presidente insiste en que está comprometido con la "reforma de la policía" y que ve a los jóvenes que protestan como un padre lo haría con sus hijos. La reacción brutal del Gobierno en las calles, sin embargo, cuenta una historia muy diferente.

Decenas de personas han perdido la vida en las protestas, mientras que muchas más han sido detenidas por la policía. Una de ellas, una joven de 17 años, identificada solo como Saifullah, perdió su vida en una celda de la cárcel del estado norteño de Kano, según se informa, torturada hasta la muerte.

El Gobierno ha desplegado bandas de matones armados con garrotes y cuchillos contra los manifestantes, hiriendo gravemente a muchos de ellos. La propia policía ha atacado a los manifestantes con gases lacrimógenos, cañones de agua y municiones reales.

Las protestas que exigen el cese de las operaciones de la policía del SARS se remontan al menos a 2017. El Gobierno ha afirmado repetidamente que ha "reformado" la unidad, mientras los propios policías continúan su brutalidad con total impunidad. Según un informe publicado por Amnistía Internacional, la policía del SARS participa habitualmente en asesinatos extrajudiciales, secuestros, violaciones y "torturas que incluyen ahorcamientos, simulacros de ejecuciones, palizas, puñetazos y patadas, quemaduras con cigarrillos, ahogamiento, casi asfixia con bolsas de plástico, obligando a los detenidos a asumir posiciones corporales estresantes y violencia sexual".

Además del odio profundamente arraigado hacia la policía represiva y corrupta, las protestas masivas de Nigeria se ven alimentadas por la ira popular ante las condiciones de desempleo masivo, pobreza endémica y desigualdad social sin parangón en el país más grande de África, con una población de 206 millones de habitantes. Todas estas condiciones de larga data se han visto exacerbadas enormemente por la pandemia de COVID-19 y la desastrosa e incompetente respuesta del Gobierno, combinada con su impulso para reabrir la economía con total indiferencia hacia la vida de los trabajadores.

Según Oxfam, los tres multimillonarios más ricos de África, siendo el nigeriano Aliko Dangote el más rico, tienen más riqueza que el 50 por ciento más pobre de la población africana, es decir, 650 millones de personas en todo el continente. Los cinco nigerianos más ricos tienen un patrimonio neto combinado de 29.900 millones de dólares, según el organismo de ayuda, lo que es suficiente para sacar a 112 millones de nigerianos de la pobreza.

La revuelta actual en Nigeria tiene profundas raíces históricas que se remontan a la opresión colonial ejercida por el imperio británico. La independencia del país fue concedida por Reino Unido en 1960 en virtud de un acuerdo que mantuvo a la reina Isabel como monarca y jefa de Estado de Nigeria. Lejos de significar la liberación de las masas oprimidas, este acuerdo, al igual que otros similares alcanzados en otras partes del continente, dio paso a una burguesía nacional en potencia, deseosa de apoderarse del aparato estatal existente y de las fuerzas de represión heredadas de los colonialistas y comprometida con la defensa de las fronteras artificiales que crearon como garantía de su propia riqueza y poder.

Los cuatro primeros decenios de la independencia se caracterizaron por continuos golpes militares y amargas guerras civiles, incluido el conflicto de Biafra que se cobró la vida de 3,5 millones de personas, en su mayoría niños que murieron de hambre.

Las luchas intestinas de la burguesía nacional nigeriana, que continúan hasta el día de hoy, se han centrado en quién acapara más de la riqueza petrolera del país, que representa el 90 por ciento de los ingresos en divisas y el 80 por ciento de los ingresos del Gobierno y está controlada en gran medida por empresas energéticas transnacionales, entre ellas Royal Dutch Shell, Agip, ExxonMobil, Total S.A. y Chevron.

Las amargas experiencias de Nigeria, al igual que las de toda África y el resto del antiguo mundo colonial, han confirmado la negativa de la teoría de la revolución permanente elaborada por el gran revolucionario ruso León Trotsky y defendida por la Cuarta Internacional que él fundó en 1938. Explicó que, en los países coloniales y oprimidos, solo la lucha de la clase obrera por el poder puede hacer avanzar la lucha contra el imperialismo y asegurar una auténtica liberación nacional y derechos democráticos y sociales para los trabajadores y las masas oprimidas. Esta revolución es permanente en el sentido de que la clase obrera, al haber tomado el poder, no puede limitarse a las tareas democráticas y se verá obligada a llevar a cabo medidas de carácter socialista. Al mismo tiempo, la revolución es permanente en un segundo sentido en que solo puede alcanzar la victoria en la medida en que se extienda en una lucha unificada de la clase obrera internacional por la revolución socialista mundial.

Las condiciones para esa lucha unificada internacional están apareciendo rápidamente, basadas objetivamente en la integración mundial sin precedentes de la producción capitalista y en las condiciones cada vez más similares que enfrentan los trabajadores de todo el mundo.

El surgimiento de protestas masivas simultáneas contra los asesinatos y la brutalidad policial en Nigeria, los Estados Unidos, Chile, Colombia y otros países proporciona una confirmación contundente de que la cuestión fundamental en estas luchas es la clase, no la raza, como plantean el Partido Demócrata y sus satélites pseudoizquierdistas en los Estados Unidos en un intento de desviar y sofocar un movimiento unido de la clase obrera contra el capitalismo.

Mientras los manifestantes nigerianos se inspiraron claramente en las protestas masivas y multirraciales que se produjeron en los Estados Unidos tras los asesinatos policiales de George Floyd, Breonna Taylor y otros, corearon el lema "Nuestras vidas importan", hablando en nombre de los trabajadores y la juventud no solo de Nigeria, sino de todo el planeta.

La policía es la guardiana de la propiedad privada de los medios de producción y de la obscena riqueza acumulada por los oligarcas financieros y corporativos y las capas más privilegiadas de la clase media-alta. Vigilan el enorme abismo de desigualdad social que divide a esta élite gobernante de las masas de trabajadores y oprimidos.

En todos los países, el fin de la brutalidad policial requiere una lucha contra el capitalismo que solo puede librarse con éxito uniendo a la clase obrera a través de las líneas raciales, étnicas y de género, así como a través de las fronteras nacionales en una lucha común por el socialismo.

Está surgiendo un poderoso movimiento revolucionario de la clase obrera no solo en Nigeria sino en toda África y en todo el planeta. La inmensa tarea de proporcionar a este movimiento una dirección política y programática requiere la construcción de secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) en cada país.

(Publicado originalmente en inglés el 21 de octubre de 2020)

Bill Van Auken

 

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